sábado, 17 de marzo de 2012

Vivaldi


Es terriblemente incómodo lo que le ha pasado al solista de la Orquesta de Cámara de Plomería y Anexas de la ciudad. Resulta que estando interpretando las "4 Estaciones", de Antonio Vivaldi, en el tramo del Verano, entre movimiento y movimiento, en ese instante en que se hace --o debe hacerse-- un silencio sepulcral, el solista con violín al hombro soltó un flato de esos traicioneros. De los que salen haciendo gorgojitos. No sé cómo explicarlo porque es muy incómodo hasta para mí, fiel observador de las normas sociales y de la no-crítica.

Como todo un profesional, siguió en lo suyo. No dejando que el aroma impregnara a sus compañeros de profesión, ni que viajara hasta los asistentes de las filas frontales, hizo una inspiración que casi provoca el aplauso al unísono del respetable. En este gesto se notó su elevada educación. Se acomodó el pañal y siguió adelante.

El concierto terminó sin ninguna novedad.



Fin
LAJ








miércoles, 14 de marzo de 2012

Pícaro Vendedor

Todos los maridos estaban hartos del vendedor de agua que entregaba los garrafones llenos con líquido de sabe Dios dónde. Sabían que enamoraba a todas las vecinas en la unidad habitacional por donde pasaba diariamente a entregar su mercancía a domicilio y aprovechando las ausencias de sus hombres.

Era un fauno tremendo. No tenía reparos si la cliente era chaparra, gordita o de forma hombruna. A todas, se sabía, las había hecho suyas. Su mirada siempre estaba ardiente. Su color negro chapopote y su camisetita blanca de tirantes, aunado a un olor a sudor rancio y su fuerte personalidad, atraía las miradas de todas ellas. Pero su fama había trascendido fronteras. Se le conocía en otras unidades de los alrededores y había mujeres que se reunían para irlo a ver aunque fuera de lejecitos. 

El no era guapo, pero sabía como ver, hablar y tratar a cualquier mujer. Vendía su mercancía de dudosa procedencia ágilmente. 

Se formó un grupo de maridos engañados quienes ya fueron a poner una queja a la Procu, levantando actas en contra de este pícaro desalmado, que aprovechando las ausencias de los maridos, les roba el corazón a sus amadas.



Fin
LAJ










Soledad

"¡Qué se mueran los feos!", retumbó una poderosa voz en todos los cielos. De repente me encontré vagando solo por las arenas del desierto en el que se había convertido la Tierra.

Fin
LAJ

viernes, 9 de marzo de 2012

Pelos

Hace algunos años , no diré si fue en nuestro país o en otro, estaba plácidamente tomando el sol en la playa. A lo lejos oía un alboroto con voces netamente femeninas. 

Aquí diré que hay lugares en el mundo que aún conservan sus tradiciones ancestrales. Algunas son muy pícaras, otras detestables y unas más, simplemente raras. 

Pues oyendo el ruido que se provocaba en los vestidores del balneario que estaba en la playa, me acerqué, como curiosa persona que soy , a investigar.

En primer lugar había una extraña pelea: dos mujeres adultas entablaban una discusión absurda, a mi parecer, pero con la característica que las dos estaban completamente desnudas. Una le reclamaba a la otra su propia belleza; la más joven, enfurecida, le mostraba el final de sus pechos, como orgullosa.  Acercándome más, pude ver que la mayor hacía lo mismo: le enseñaba el final de sus bubis, que algún día fueron gorditas, cachetonas y firmes. Parecía que estaban discutiendo por ver quién de las dos las tenía más bonitas. 

Grande fue mi sorpresa al encontrar un lugar más cercano, casi a ras de piso, para darme cuenta que lo que presumía una a otra eran sus pelos. Exactamente: dije pelos.

 En esta región, pude averiguar por libros antiguos y por el decir propio de algunos nativos, que la mujer que tuviera más pelos en las bubis se les consideraban unas verdaderas diosas. Eran el prototipo de la belleza del lugar. 

Pues una de las señoras en los vestidores del balneario, parecía que tenía una escobetilla para peinar las crines de los caballos, en cada una de sus terminaciones carnosas en el pecho. La otra hacía gala de un par de cucuruchitos con adornos de bigotes de revolucionario; chinitos, chinitos; podía ver con mi mirada limpia. A mi mente llegó la imagen de una piñata de siete picos. ¿Por qué? No lo sé.

La diversión se acabó cuando llegó una dama que era considerada en el lugar como la mujer-lobo, y no porque le aullara a la luna en las noches o porque persiguiera inocentes caperucitas en los bosques. Tenía pelos desde las orejas hasta las encías, pasando por los codos y las rodillas. El área de belleza que la hacía hermosa para el lugar, sobra decir que no se podía ver nada de su piel, aunque estuviera sin una sola prenda de vestir. Estaba alfombrada de pelos.

La discusión previa entre las dos exóticas bellezas terminó cuando vieron esa humillante diosa bonita ante sus ojos. Como castigadas y muy avergonzadas se retiraron con sigilo de los vestidores. 


Fin
laj



















 
   








 























Acá Donde Estoy

Ayer me enteré que te mudaste. ¿Cómo fue? Me prometiste que esperarías a que regresara de mi viaje. Este raro y largo viaje.

Cada que me asomo a nuestra casa encuentro una disposición de las cosas distinta. Los muebles los cambiaste. El piso es, es... no sé. La pintura ahora es muy colorida y veo que ahora hay niños. Ya no te veo.

Cada que pienso en ti recuerdo nuestros buenos tiempos con cariño.
Espera. No tardo en regresar.

Acá el tiempo pasa de otra forma. Aquí donde estoy no hay eso que llamamos prisa. Pero no sé decirte cuando regresaré exactamente. Siempre hay algo por hacer. ¿Sabes? No veo la cara de la gente, pero siento paz, una infinita paz. ¿Sabes por qué?

Te extraño. Prometo que regresaré nomás me den permiso aquí donde estoy.

Cuando me asomo a nuestro cuarto no te encuentro. Eso me pone triste. Pero cuando regreso acá donde estoy, todo deja de preocuparme. A veces me dan ganas de llorar porque de veras te extraño, pero sé que cuando regrese a nuestra casa, contigo, todo será distinto. 

No te veo. No sé si me extrañas.

Quisiera volver a manejar mi moto como antes lo hacía. Como antes del accidente.


Fin
laj












Fe

Hace treinta meses pedí una pizza por teléfono. Creí que la mercadotecnia del lugar era real. 30 minutos o menos era casi un sueño. Ahora lo entiendo.

Después pasaron treinta días con sus noches. Nada.

Sólo esperaré hasta mañana en que se harán los 30 meses.

A pesar de todo sigo teniendo fe en la humanidad.


Fin
laj

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Zona de Confort

Ataviada con una blusa nueva de seda, falda larga color marrón, un saco corto y zapatos de aguja que combinaban con todo su atuendo, Eritropoyetina Sambiña tomaba el tren de las ocho de la mañana para llegar puntual a su cita. Sabía que era un albur ir. Quizás Dragoberto Griselino, su antiguo amante, nunca llegaría a esa cita que habían acordado hacía un año. Pero ella iba con toda la ilusión de verlo nuevamente. 

Cuando llegó a su destino, el reloj marcaba las 10:15 a.m. El cielo estaba despejado y el sol brillaba, pero no daba calor. Aún se sentían las reminiscencias del invierno. Nerviosa volteaba para todas partes esperando ver nuevamente a ese ser tan tierno y delicado que conoció en una reunión de amigos hacía más de un año. A pesar de estar felizmente casada, buscaba salir del ahogo de esos 35 años de aburrimiento y rutina diaria. 
Pasaron dos horas y media y nada. Eri se levantaba por su cuarto café de la mañana, esperando amorosamente a ese ser que se había vuelto etéreo. La estación de trenes albergaba ya mucha gente en un ronroneo de ruidos que no la sacaban de su ensimismamiento cariñoso. Al dar las seis de la tarde supo que su amado no llegaría.
Tuvo que regresar a su morada gris de sueños rotos y al frío cobijo de las cosas seguras.
laj

martes, 27 de diciembre de 2011

Un Bebé Especial

¿Conmoción? ¿Desvarío? ¿Sorpresa? No lo sé, pero agencias noticiosas de todo el mundo están dando a conocer una noticia que desde ayer por la tarde ya se sabía, pero que habían querido guardarla en secreto por lo grave del asunto. Tal vez no es tan grave. Tal vez sólo es una curiosidad de la vida. Aún no se sabe bien a bien por qué pasan estas cosas. La cuestión es que un reportero europeo, cuyo nombre me permito omitir, filtró a Internet la nota que en estos momentos está dando la vuelta al mundo a la velocidad de la red.

En un pueblo olvidado de uno de los estados más pobres de este país, una señora primeriza dio a luz un zapato. Así es. A mí no me pregunten ni me manden mails amenazantes reclamándome. Yo no puedo ni ofrecer disculpas ni dar explicaciones. Sólo soy un informador de las cosas.

Un zapato talla 28.5, dicen los que estaban ahí. Es un zapato cómodo, de ante o gamuza, no se ponen de acuerdo aún. De un tamaño regular y en buenas condiciones. Es un zapato del lado derecho para hombre, sospechan por la talla. Es de fino corte y alargado en la punta. Estilizado, pues.

La señora está confundida y su marido más. El señor se echa la culpa por no haber dejado la bebida --específicamente pulque-- desde hace tiempo. La familia y amigos poco a poco se van alejando del hospital donde todo esto está ocurriendo. Los médicos dicen que el zapato está en buenas condiciones, goza de buena salud y la señora Abicaela Saroti está consciente que cuidará de él con amor de madre y con el cariño más absoluto que pueda.

La gente de la prensa no podemos entrar a entrevistarla porque la señora se pasa el día amamantando a su pequeño campeón.


laj






Aquella Vieja Canción de la Infancia

Estaba en la radio esa canción que oía cuando era niño. Cuando el aroma a sopa y a carne con frijoles era algo esperado. El jugaba con su carrito de juguete que apenas cabía en su mano. Era rojo y se empezaba a despintar. Tendría a lo mejor seis años y ese recuerdo le asaltaba la mente cada que se sentía solo o frustrado. Recuerda como todo era alegría en esa casa llena de amor. La casa de Abuelita, pensaba. Cuántos gratos recuerdos. Ahí sólo se derramaban lágrimas de felicidad. La familia reunida hasta altas horas de la noche, cuando el frío de la madrugada forzaba la retirada de los invitados. Esa era una vida digna.

La canción seguía. No pudo continuar comiendo. Un doloroso y amargo sentimiento atravesaron su pecho. Recordó que algún día había sido una persona de bien, amada. Sorbía los mocos y en cada movimiento había un espantoso dolor. Un dolor de saber que aún conservaba algo de ser humano en ese cuerpo dañado por tanta sustancia ajena al que lo había acostumbrado. Ya no pudo comer más. Ya no quiso seguir haciéndolo. Se secó los ojos y se limpió la nariz con una servilleta a medio usar, pagó y salió de esa fondita en la que comía.

Pocos días después se supo que se había entregado a la policía. Traía cargando más de cincuenta muertos él solito. Pensando en los hijos de todos esos hombres a los que había asesinado, se colgó con los retazos de una vieja sábana en su celda. Cuando estaba dejando este mundo volvió a llorar y escuchaba con cariño aquella vieja y triste canción que le recordaba tanto a la casa de su Abuelita, cuando entonces era un niño amado que jugaba con su carrito rojo.
 

laj






 

lunes, 26 de diciembre de 2011

10 Razones por las que no te Contratan en una Empresa.Hombres.

1.- Tienes más de 25 años, vas para el área de Ventas y en un exmen-diagnóstico pones que tu más grande anhelo es aprender a tocar el arpa.

2.- Estás muy feo para los estándares de esa empresa.


3.- En la entrevista inicial, te toca la psicóloga más sabrosa y te la pasas rascándote tus partecitas ¡¡¡enfrente de ella!!!

4.- En la sala de espera juegas con tus flatulencias a que tú eras un pirata desalmado que quería acabar con todos los olores del mar.

5.- Pones en "Trabajos Anteriores" que trabajaste en empresas basura como Publixiii.


6.- En el espacio de "Habilidades" pones que lo tuyo, lo tuyo es la falsificación de firmas y documentos.

7.- En "Referencias" se te ocurre poner a un amiguito quien desde siempre, es el que más te ha odiado en esta tierra.

8.- Llevas tu revista de mujeres encueradas y se te olvida en la mesita de la Sala de Espera.

9.- Te sacas un moco, la cerilla o te deslagañas enfrente de la honorable persona de R.H.

10.- Por tener pocas/nulas ganas de trabajar.


laj

Actividades Navidad 2011

Preparándome para ir a trabajar a la Alameda. Ese traje de Santa Claus está muy bonito, pero es muy pesado. Voy a estar en el stand 23. ¡Búsquenme! Se cumplen sueños. Se escuchan ofertas. Se negocia de todo. Se llevan regalos a domicilio. Se lava ajeno. Se plancha ropa. Se cuidan niños. Se amaestran changos. Se lavan autos. Se hace el super. Se avientan globos con agua desde la azotea. Se tocan timbres. Se bajan switches. Se hacen cosquillas. Se va por el pan. Se hace compañía en momentos difíciles. Se llora en velorios. Se dan clases de matemáticas. Se alecciona para hacer el Rubik. Se enseña a tronarse los dedos sin dolor. Se hipnotiza rapidito. Se echan porras. Se cierran calles. Se avientan piedras. Se aplaude en mítines. Se lleva gente para hacer bola en cualquier evento. Se rentan sillas y lonas. Se hacen mantas. Se ayuda a perder el tiempo. Y mil cosas más ¡sin costo!. ¡Yupi!


laj

domingo, 4 de septiembre de 2011

Bella

Cualquier parecido con la Coincidencia, juro por Diosito que es la mera Realidad.



Nadie creería que con esos rasgos tan finos, esa cara tan bonita y ese porte de dama de la alta sociedad Inglesa pudiera hacer un desaguisado como el que armó.


Era una tarde de primavera, cuando el calor dura toda la noche y todo el día. Sólo hay un lapso de dos horas en la madrugada donde afortunadamente uno puede sentir un poquito de frío y descansar del inclemente calor.


Agripina había dejado a sus amigas en sus casas y se dispuso a regresar a su casa a prepararse para el siguiente día que era el tan temido lunes. Cada semáforo en el que se detenía pensaba lo aburrida que era su vida sin su hijo. Ese pequeño truhán que había cambiado el cariño sincero de madre que siempre le había profesado por las dádivas de su ex-marido. Así son los divorcios. Los niños bailan al son que les toquen. Y todos sufren. El ex castiga a su ex y viceversa a través del hijo o hijos.

Nuestra amiga, conforme iba avanzando en camino a su casa, sentía esa imperiosa necesidad de desquite. Esa venganza acumulada a lo largo de tantos años de espantoso matrimonio necesitaban salir de su cuerpo y decir la verdad al mundo. Esos maltratos silenciosos, ese no-cariño profesado y esa violencia verbal que él siempre le propinó. Pero, bueno. Ella no daba paso sin huarache. Era protectora y protegida a la vez de su novio, Icaro. Un hombre de buenas intenciones, con grandes cualidades y, al igual que ella, con un divorcio a cuestas. Se entendían. Se complementaban.. Como dos de los Tres Mosqueteros, se enfrentaban juntos a la maldad del mundo.

La tarde empezaba a convertirse en noche y Agripina, recordando que su amado Icaro estaba de viaje, no llegaba a su casa deliberadamente. Había comprado en una tienda de conveniencia, de esas que permanecen abiertas las 24 del día, un cartón de cervezas y una botella de whisky. Ah, y unos chicharrones, "para que diera más sed", después platicaría.

Una mujer enojada es un tsunami, huracán, torbellino, terremoto juntos. Ella, habiendo visitado el día anterior a su psicóloga, juntas habían descubierto cosas que ella sola nunca se hubiera podido dar cuenta. La manipulación con que la familia de su ex la habían tratado fue una situación que desencadenó una furia al compás del minutero del reloj de su sala. Llegó a su casa, se apoltronó en el sillón y comenzó a beber y a levantar el teléfono. El maldito teléfono.

Cautiva paciente de una dietista graduada en una  escuela Patrulla por correspondencia, le recomendaba tomarse gotas antes de sus alimentos. No sé qué tenían esas gotas, pero desde mi visión de narrador, creo que hubo una combinación explosiva de cuatro factores fundamentales: soledad, sed de venganza, alcoholismo y drogadicción.

Extrañaba a su gordo que se había ido al mar a pescar atunes.; la ira desmedida que provocaron las conclusiones a las que llegó su terapeuta; las veintisiete cervezas que en total se terminó, más toda la botella de whisky; y en especial esas gotas para adelgazar o quitar el hambre, fueron la lumbre que encendieron la mecha de un coctel bastante peligroso.

--Hola-- dijo, amable. Había marcado el teléfono de la casa de su ex suegra.
"¡Hija de toda su pinche, puta, perra madre!"... eso sí, conservó su educación hablándole de usted a su ex madre postiza. Y ahí comenzó todo.


Pudo haber sido una ofensa inusitada, inédita. Pero la señora rondaba casi los setenta y cinco años de edad y no era justo una agresión tan artera. Pero Agripina buscaba venganza, sangre. La señora se defendió como pudo. Le llamó a su hijo, el ex de ella y a sus hijas. Era un sinfin de llamadas. Un caos.


Siendo casi las doce de la noche sonó el teléfono de la casa de Foforito. Hermano menor de Agri. Un hombre culto, sin tendencia a los conflictos. De cabellera rubia y ojos claros, su único problema en la vida había sido cómo deshacerse de tantas admiradoras. Esa noche su vida cambiaría.


¡Ring!
--¿Diga?
Era Icaro pidiéndole, rogándole, suplicándole al gran Foforito que se encaminara a casa de su amada. La misión era que ella no fuera a hacer una locura. Como ir a atentar contra la vida de alguien. Como detener una masacre de vecinos, que probablemente en esos momentos se estuviera llevando a cabo. Como fracturar de una vez por todas tantas ofensas que Agri le estuviera soltando a la familia de su ex.


Foforito, casi inconsciente de tanto sueño que tenía, decidió dejar a un lado sus responsabilidades del siguiente día yendo a casa de su hermana a tratar de resarcir o evitar cualquier daño a terceros. Como pudo se echó encima una chamarra y salió al hostil mundo de la ciudad nocturna. Un taxista aventurero al fin le hizo la parada y juntos viajaron cerca de media hora para llegar a la casa de su consanguínea.


Al estar en casa de su hermana, Foforito le envió un mensaje mentiroso a su cuñado Icaro, avisándole que ya estaba en casa de su hermana y que no había por qué preocuparse. El estaba al mando. Icaro entonces se consideró a salvo y a su amada también. Entonces apagó su celular y se durmió hasta el otro día. Foforito acababa de llegar al verdadero manicomio.


"¡Agri, ábreme. Soy yo, Foforito!".
Agripina abrió la puerta y enseguida su hermano notó que ahí habían estado bebiendo y fumando cuando menos treinta personas. Se espantó cuando vio que solamente su hermana, cara de Blancanieves, era la única que había estado ahí. Ella salió a recibirlo con el teléfono en la mano y los ojos bailándole, ingobernables. "Pásale, hermanito". Y siguió la retahíla de insultos a la o las personas que estaban del otro lado de la línea.


Esa noche Foforito escuchó todas las malas palabras que se sabía y que había escuchado a lo largo de sus más de cuarenta años. El trataba de que ella entrara en razón. Recurrió a varios métodos. Distracción; Psicología inversa; Golpes a la nuca; Cacerolazos en un ojo; Gritos de comadre; todo. Todo lo que su alma de ser humano consciente le dictó. Pero nada resultó. Nada.


Agri le llamó a media familia de su feo ex. Casi nadie se escapó y entonces, evocando a Shakespeare comenzó un soliloqiuio más convincemte y devastador que el mismísimo "Ser o No Ser", de Hamlet. No hubo tragedia aquí, por poco, pero el diálogo interno que sostuvo en voz alta Agri, a la vista aterrorizada de su pacífico hermano,  fue algo que tocaría las fibras más sensibles de cualquier persona que le guste el arte, el teatro, la vida.


Y empezó una serie interminable de preguntas sin respuesta.


"¿Por qué, Hijo, si yo te he querido tanto, por qué me respondes con esa arrogancia, esa misma manera de tu padre de mostrar su superioridad dentro de su misma y sabida inferioridad ante la vida, ante mí, ante todo?
¿Si sabes que yo te amo, por qué esa manera tan fea de ignorarme, de tratarme mal?
¿Qué me importa? ¡Si tú ni mi hijo eres, cabrón, estúpido! ¡Tu verdadera madre está en la cárcel y era una puta! ¿Y tu papá? ¡Ah, pendejo! ¡Si supieras que tu verdadero padre está en la cárcel en Centroamérica, no estarías de altanero; ojete! ¡Si yo conozco su historia, cabroncito! ¡A mí no me vas a decir qué hacer o que tú eres muy nais, si yo conozco toda tu pinche historia! ¡Tú y tu pinche padre se pueden ir mucho a chingar a su madre! ¡Esa puta vieja que es mamá de mi ex es una tapadera!. ¡Todo le solapaba a su hijito tarado, vividor! ¡Sólo vivió de mí! ¡Y no nada más él!. ¡Toda su familia comía de mi sueldo! ¡Noooooo! ¡Ay, papá! ¿Por qué te moriste? ¿Por qué dejaste a mis hermanos solos tan pronto? ¡Mis hermanitos estaban tan chiquitos y mi mamá se tuvo que poner a trabajar dejándolos solos! ¡Buuuuuaaaaaa! ¡Snif! ¡Ah, pinche exsuegra, vieja tapadera, alcahueta jija de la chingada! ¡Ahorita me las vas a pagar pinche viejita puta!".


Demoledor. Absurdo. Incoherente. Pero acaso, necesario. La catarsis tiene muchas caras.


Foforito lloraba como Magdalena para ese momento. La abrazó y le dijo que pensara en mamá, en la familia, en sus otros hermanos, en sus tías. Le pidió que no fuera a hacer una locura como querer matar a un ser tan insignificante como su ex y ella parecía como querer escucharlo.


Agripina había cedido a los ruegos filiales de Foforito de dejar de hacer llamadas obscenas y la encaminó a su cama. Eran las dos y diez de la mañana. En las primeras horas del lunes.


Foforito desconectó el teléfono fijo, pero, Agripina, dentro de su mismo viaje de cigarros, pastillas para adelgazar, cervezas, whisky, chicharrones y demás, como que nomás hizo la finta y sacó su celular sabe Dios de dónde y se puso a seguir llamando por teléfono otras tres horas. En lo que daban las cinco de la mañana. Toda su furia telefónica fue patrocinada por todo lo que se tomó, por su sed de venganza y por la educación de los vecinos que no le tocaron o le rompieron una ventana para que parara su desmadre horrible que les dedicó esa noche.
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Siguiente día, lunes 5:30 a.m. Agripina se levantó, bueno, es un decir, porque nunca durmió. Se bañó, despertó a Foforito, que se había quedado profundamente dormido en el sillón, descansando hora y media y también se dio un regaderazo en el baño de la sala. Antes de bañarse, Agri le preguntó tiernamente a su hermano: "¿Qué pasó? ¿Qué hiciste? ¿Por qué está todo tirado?".


Frase final demoledora:


"¿A dónde quieres ir a desayunar, hermanito?".



Como música de fondo puede ir "Campanas Tubulares", la de la película El Exorcista o El Tema de Benny Hill y salen unos payasos corriendo detrás de unas cortinas con ojos y nariz de bolita.





Fin
LAJ






Seres de la Noche

Soy afecto --bueno, era-- a hacer ejercicio en las noches en un parque que está por la salida a Cuernavaca. Regularmente llego a las 10:00 p.m. y acabo poco antes de la media noche. Me gusta ir ahí porque está vigilado y aún hay gente que ocupa esos horarios. Corro, salto la cuerda un rato, hago un poco de box y ejercicios en el suelo, acabando con yoga.


Platicando con los guardias del lugar, dicen que últimamente han estado muy nerviosos. Confiesan ambos que las cosas ya no suelen ser como eran hasta hacía unas dos semanas. Dice uno de ellos, que hay gente que llega en grupos y así hacen ejercicios todos juntos. Pero también, dice el otro, hay personas que se  juntan a hacer reuniones como de brujería. No está prohibido que la gente haga ruedas y se agarren de las manos y haga cánticos de la naturaleza que sean. Adentro del parque es difícil poder cuidar a tanto usuario, no por la cantidad de gente que va diario, sino porque es bastante extenso, considerando una montaña y un lago adentro de él.


A mí no me consta, pero he visto gente que lleva capuchones cubriéndoles la cabeza. Bajan de sus automóviles con bolsas y morrales en sus manos. Hacen una reunión y empiezan a tender tapetes sobre el suelo. Colocan cráneos humanos, no sé si son reales o falsos sobre una estaca de unos dos metros de altura y encienden veladoras, así como amarran pequeñoa animales muertos de sus cuatro patas contra el suelo, como mapaches, armadillos y ardillas. Esto con el fin de desangrarlos para utilizar su hirviente sangre en tomársela mezclada con aguardiente. 


Una noche, mientras hacía ejercicios de estiramiento en una ladera del cerro, siendo casi la medianoche, pude escuchar más bullicio del normal mientras estas personas se reunían. Alrededor de una fogata, estaba atado un hombre joven de unos veinte años tratando de zafarse de las amarras que tenía en las muñecas, pegado al piso. En la tremenda y cómplice oscuridad de la noche, pude ver desde atrás de un arbusto frondoso que también amarraban a un bebé. "¿Cómo puede haber tanta maldita maldad en el mundo?'". Me preguntaba mientras un encapuchado encajaba un puntiagudo cuchillo en el corazón del bebé y del hombre que estaban tirados en el piso y después de sacárselos, mordió un pedazo de sus respectivos corazones.


Los casi treinta miembros de ese extraño clan mordieron cada corazón hasta que los desaparecieron. Sigilosamente apagaron el fuego que habían encendido y se esfumaron entre las sombras nocturnas. Mi azoro era rebasado por la la imagen diabólica que apenas había visto. Fui testigo de algo que había leído en los libros de historia Azteca. Esa raza guerrera que hacía sacrificios humanos y los ofrecía al Dios Sol para que apareciera nuevamente el astro rey al otro día.


Fue una pesadilla. Esa noche tuve que quedarme en el parque y esperar a que dieran las cinco de la mañana para que abrieran las puertas del parque y poder salir de ahí


Antes de abandonar el lugar de ejercicio busqué al vigilante en turno y le platiqué lo que había presenciado. Ya no eran los que yo había conocido. Había un hombre pequeño, malencarado y de aliento a pescado podrido. El me dijo que mucha gente les había contado esa historia, pero que si quería ir a platicar con el delegado lo podía hacer. Su indolencia la percibí como sospechosa. Fui a la oficina de este importante funcionario y la sangre se me heló al ver los cuadros que tenía colgando en las paredes de su arreglada y pulcra oficina: fotografías de reuniones del temido Ku Klux Klan, esa organización racista que no admite la presencia de negros, asiáticos o alguna otra raza que no fuera la aria en el mundo. No me esperé a conocerlo, salí huyendo de ahí. 


Tengo mucho miedo que me vaya a pasar algo. Hoy, en la media hora libre que nos dan para salir al patio de la prisión, dos reos me quisieron matar con un desarmador que me intentaron clavar en el cuello. Sé que no debí haberme metido en problemas platicando todo lo que había visto. 


Ahora sé que nunca debí haber confiado en el sacerdote de la iglesia ni en el maldito conserje de la escuela primaria de la zona. No sé cómo ni quién, pero uno de los dos es el co-líder de esta secta junto con el delegado, y el otro es el que consigue los corazones fresquecitos. Dios se apiade de mí.




Fin
LAJ



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jueves, 2 de junio de 2011

Sangüichito

No eran muchas mis ganas de cenar las lentejas que seguían hirviendo en la lumbre. Era ya tarde para salir a buscar algo más para cenar, cuando providencialmente me asomé a la olla y vi que por algún motivo fortuito que desconozco yacía una enorme, peluda y suculenta rata, que estaba despellejándose por lo caliente del agua y había quedado ahogada a los pocos segundo de haberse caído a mi perol de barro. Como pude esperé a que se terminara de cocinar --de una vez-- y procedí a sacarla, la sequé y empecé a rebanarla. La fortuna estaba conmigo. Ya tenía preparada una cabecita de canario, de esos que crío desde hace muchos años y patas asadas de paloma, de las que agarro en la azotea con cajas de zapatos vacíos  y moronas de pan como trampa. La sopa estaba lista y noté que me faltaba mayonesa o crema para untarle a ese sandwich que tenía en mente hacer 

"¡La sangre!", dije, emocionado. Desangré al roedor aquél y el líquido rojo lo puse en un sartén aparte. La sofreí con cebolla picada, un poco de ajo y salsa inglesa. Me sirvió para untársela al pan  y le agregúé rebanadas delgadas de pepino y de jitomate. Un ojo del infortunado animal salía por una orilla de mi emparedado viéndome como con rencor, pero al momento de morderlo y tragármelo, todo acabó. Cada bocado era necesario dárselo aprisa. Y no porque me diera asco, muy al contrario, se me hacía agua la boca y gozaba apasionadamente cada que mis dientes y lengua hacían contacto con las partes de estos animalitos divinos. Un ligero temblor, casi un escalofrío benévolo me daba cada que se juntaban mis dientes y mi saliva para ir pasando esos bocados maravillosos.

 
Ahora, aparte de criar canarios y cazar palomas furtivas en la azotea de mi casa, también tengo un criadero de ratas de todo tipo, pero cuido mucho en no avisarle a nadie que pueda interesarse en volverse un gourmet de alta escuela.



Fin
laj











martes, 14 de diciembre de 2010

Un Travieso General

Hay un edificio o mejor dicho, una serie de pequeños edificios, de tres a cuatro pisos, en el norponiente de esta ciudad donde se reúnen las fuerzas armadas de mi país. Este edificio al que hoy me quiero referir, fue construido hace apenas unos veinte años. En ese entonces eran pocas las construcciones en donde metían elevadores volados con vista panorámica y construidos de puro cristal. Bueno, pues así fue construido este. Sin tanta altura, desde que fue construido, todas las personas que trabajaban ahí o iban de visita preferían subir por el cubo de cristal que por las aburridas escaleras.


Siendo proveedor en los inicios de esa creación arquitectónica en pequeño, me enteré que un general murió adentro del elevador. No era tan grande el señor, pero se sabía que nunca quiso subirse, pero fue presionado por sus amigos sexagenarios, que sin saberlo ni quererlo, le orillaron a la muerte.

El General Epitacio murió por miedo y nerviosismo extremo, cosa que desencadenó un letal infarto al corazón, dijo el médico militar que realizó la autopsia, el día que osó subirse para probarle a sus amigos que él no era cobarde. Esto fue dos años después de construido el dispositivo sube y baja de personas.

Se le conocía a don Epitacio como un hombre vacilador y que siempre estaba de buen humor. El día que murió, esa misma noche, dice el velador, el elevador de cristal empezó a tomar vida propia. "Se cerraban las puertas, se abrían, se volvían a cerrar y a abrir y el elevador funcionaba en un caos total cerca de tres horas en las madrugadas", contaba angustiado el señor que cuidaba de noche hasta estos días ese edificio en particular de las fuerzas castrenses.

Desde ese entonces, veinte años, se ha repetido un fenómeno que a muchos ha dado por bautizar como el fantasma del elevador. 

Aun siendo de día, y no importando quién vaya  a bordo, en esos escasos tres  pisos que cubre el ascensor, dicen que el ánima del capi hace de las suyas a la gente que "osa" subirse a "su" elevador. Y es que habiendo muerto en él, el capitán no se ha querido ir reclamando como suyo ese espacio de dos por dos metros cuadrados, cristales incluidos.


Se han reportado tocamientos, jalones de mechas, zapes, gaznatazos, capiruchos, malteadas, beso a papi, beso a chato, mordidas de tortas, tamales, o golosinas que vaya comiendo la gente, cocos, piquetes de ojos, y un sinfín de travesuras, que no pasan de ser eso, travesuras. De hecho, es un capitán muy educado, porque dentro de su picardía, hace las cosas sin lastimar, sólo hace sentir su presencia en el ascensor, para que quede bien claro quien está a cargo en ese su sitio, su lugar.

La zona Militar decidió desde hace diez años poner cámaras adentro del elevador, pero no se llega a captar ninguna figura que no sean los cuerpos móviles de quienes se suben inocentemente a tomar el elevador. Se nota, lógicamente sus reacciones ante las acometidas del fantasma malandrín, pero él nunca se llega a apreciar.

Una tarde que fui a entregar mercancía y que me disponía a salir del edificio, me encontraba en el tercer piso y pedí el elevador. Me subí y detrás de mí salió de la nada para subirse, literalmente: de la nada, un general, me imagino que eso era por las cuatro estrellas en sus hombros y en su gorra. Se veía muy, muy cansado el señor, era delgado, más alto que yo y con algo de barba sin rasurar, y en el brazo derecho traía como cargando algo, un libro, creo que era.

-- Buenas tardes, le dije. El muy mamón no me peló. Estaba volteado viendo a través de los cristales la montaña que se alcanza a ver si uno mira hacia el norte. Llegamos a la planta baja y me quise hacer para atrás para que saliera el señor primero, como forma de respeto. Ya no estaba. O nunca hubo alguien ahí.

De inmediato avisé a vigilancia y nada más se rieron de mí. Apesadumbrado iba de camino a mi auto, cuando en un reflejo de un cristal de la oficina de recepción, pude ver que traía mis cabellos todos levantados como loco y al final del mismo unas ligas de colores que no sé cómo ni en qué momento me las puso ese descarado  e insensato fantasma del general Epitacio.




Fin
LAJ


Fantasma en ascensor en china

jueves, 4 de noviembre de 2010

Muertes Raras V

Exquisito Mamerto era un ser de decir y vestir impecables. Se distinguió siempre entre su familia y la gente que lo conoció como un dandy. Un dechado de virtudes en cuanto a la limpieza. Su casa rechinaba de limpio, su carro lo traía siempre oliendo a desodorante olor bosque frondoso y su persona era la fiel imagen de la pulcritud. Al peluquero iba diario para que le recortara cualquier imperfección que hubiera brotado de un día para otro. Compraba tratamientos para la piel y no salía del spa del club deportivo al que regularmente asistía.


En plena época de crear niños, Exquisito M. solía recortarse el pelito que sale alrededor de las partes blandas de su cuerpo. Utilizaba siempre unas tijeras del número 3 para cortar pollo, que se las había recomendado su amigo, el peluquero, para tener resultados fascinantes. 


Sus conquistas siempre le chuleaban su atinado corte "casquete pelón" que usaba como moda muy suya.


Un funesto día, Exquisito Mamerto se hacía su corte diario ahí donde no da el sol, cuando por la ventana del cuarto de su casa, vio que en la calle pasaba una morena de cintura de avispa y un cuerpo suculento. Por andar de baboso, se cortó la trompita que la naturaleza le dio, aullando grotescamente.


Murió desangrado.
R.I.P.




Fin 
laj



jueves, 14 de octubre de 2010

Ataque Bigotón

Está cundiendo una epidemia de proporciones bíblicas en los estados del norte, noreste, noroeste y todos los del sur del país. Zoólogos, físicos, antropólogos y científicos de todo el mundo están llegando a la ciudad de México para reunirse con las más altas autoridades sanitarias y llegar a un punto de acuerdo para detener esto que puede convertirse en una pandemia de características casi letales por necesidad.


Resulta que donde existe ganado bovino, hay murciélagos que campantemente les gusta alimentarse de estos grandes animales durante las noches. Pues bien, debido a las constantes travesías que llevan a cabo estos ratones con alas por aquí y por allá, se han transformado genéticamente con el paso de los últimos meses. Esto ha provocado que les salga bigote a cada murciélago que vuela y se alimenta de los bóvidois que pastan al aire libre en los estados del país. Mucha gente pensará: "¿y eso qué tiene de espectacular, pues se sabe que los murciélagos siempre han usado un bigotito como el de los ratones?". Bueno, pues ahí está el meollo del asunto, el bigote que les ha brotado a estos animalitos voladores se asemeja al de los seres humanos. Y no digo nada más al de los hombres, porque debido a este latoso comportamiento de andar mordiendo vacas en las noches, en las rancherías,¡ los murciélagos han inoculado un virus que se multiplica a una velocidad espantosamente rápida al sexo femenino al tomar leche!

Las compañías que venden leche están a un tris de quebrar porque la población ya sabe de dónde viene ese mal que "abigotona" a las mujeres de casa. Sólo se han salvado aquellas damas que no consumen leche de ningún tipo; ni light, ni deslactosada, ni entera, ni bautizada. Esas son las sanas y no les sale ese folículo piloso que aunque se lo rasuren ahí está dando guerra al salir una y otra vez y hasta la fecha no hay cura.


Mas que un problema de estética, es ya de salud pública, porque se están empezando a dar casos a lo largo del país de que van seis mujeres que se suicidan por tan molesto intruso. Tres de ellas eran menores de edad.
El Gobierno de México quiere detener esto antes de que haya enfrentamientos con los caballeros, que en un ataque de celos puedan desgreñar a sus ahora rivales de pelos en la cara. 

Todo en la vida tiene sus dos partes de la historia, y mientras las compañías lecheras sudan la gota gorda por saber cómo le van a hacer para subsistir, las compañías de navajas y rastrillos están teniendo ganancias económicas insospechadas.

Por lo pronto, si es usted mujer y no quiere lucir como charro sin sombrero, no tome ningún tipo de leche; y si es hombre y quiere que le salga bigote, ni lo intente, no sirve. Las autoridades, no tardan en convocar a una conferencia de prensa a todos los medios nacionales e internacionales para explicar lo que está sucediendo.




Fin
laj












lunes, 11 de octubre de 2010

¿Qué?

Epícteto Antúnez era un hombre forjado a sí mismo, bajo las normas rudas del campo y de sus antecesores 
en un pueblo donde ser hombre era una cualidad, una virtud de la cual no escapaban los pertenecientes a esta población, a una disciplina de soldado en guerra. Tenía siete familias. Lo quería así y las podía mantener. El régimen de usos y costumbres en este poblado del sur del país era el órgano rector y lo que Epícteto hacía no era criticado, al contrario, era bien visto. 

Acostumbrado a comer jabalíes, murciélagos, ratones de campo, topos, castores, tigres de bengala, jaguares y los animalitos propios de la zona, diariamente salía a cazar con ocho de los hijos que en total tenía con sus siete mujeres y les enseñaba el uso de las armas, tácticas de guerrillas y el fino arte de saber cómo esconderse en la selva y sobrevivir a toda costa a cualquier peligro.

Una fría mañana, el sol no acababa de aparecer por el este, ahí iban todos sus ocho hijos y él. De improviso Velino, el mayor de todos, que contaba con dieciséis años, cayó con todo y el rifle que llevaba agarrado, a un cenote de agua cristalina que nunca habían visto. Los cenotes son ojos de agua que no son muy extensos, éste debía medir como ocho metros de ancho y generalmente llegan a tener una profundidad de ¡setenta y cinco metros en adelante! Don Epícteto, apurado se arrojó al agua, acordándose en el aire que no sabía nadar. Sus otros hijos hicieron exactamente lo mismo.


Estos cenotes siempre están comunicados por cámaras profundas que conectan a todo el planeta Tierra por medio de ríos y mares subterráneos. Alrededor de estos lugares mágicos, se tejen historias desde hace muchas generaciones mayas, que cuentan que quien entra a uno de estos lugares húmedos, tendrá vida eterna. Pero maldito será aquél que quiera llevarse las piedras preciosas y los tesoros que aún conservan algunos ojos de agua. Hay dioses cuidando eternamente estos designios sagrados.


Sus ocho hijos: Velino, Tiburcio, Eufrosino, Gumersindo, Espiridión, Margarito, Claudio y Taurino y él, se ahogaron a los pocos minutos de querer salvarse unos a otros. Sus madres y las mujeres de este hombre lloraron la desdicha y les hicieron un ritual en la entrada de este cenote que estaba tapizado con hojas de árboles y por eso nunca lo vio Velino y cayó a él, provocando esta tragedia.


A seiscientos kilómetros de ahí, ya muy cerca de la parte más septentrional de la península de Yucatán, cuentan ciertos cartógrafos y antropólogos que no hace muchos meses, se ha establecido una tribu de nueve hombres, que decidieron aposentarse en una zona abierta, rodeada de pequeñas montañas, circundada por unos veinticinco cenotes que se cree que aún permanecen vírgenes. 


Nadie sabe de dónde han llegado estos hombres, ni cuándo se irán. Lo que sí es que cuidan y procuran mucho esta zona, la misma donde yacen estos hermosos cenotes sagrados y todos los días salen a cazar animales y a perseguir doncellas.




laj
Fin



martes, 28 de septiembre de 2010

Mi Mascota Gerarda

Desde hace muchos años había querido tener como mascota a una rata. Hace unos pocos meses que mi sueño desde niño se pudo hacer realidad. Todo empezó una tarde fría de enero que lavaba los trastes abstraído en mis pensamientos. Pensando siempre en el futuro. ¿Qué me depararía? ¿Qué sería de mí en unos meses? ¿Qué estaría haciendo en cinco años? ¿Cómo me veía?  Y todas esas cosas que uno se cuestiona cuando está en pleno uso de sus facultades de hombre joven. 


En un rincón por abajo del calentador que se encuentra muy cerca del fregadero, vi cómo algo se asomó e inmediatamente se escondió a toda velocidad. Sospechaba que podía ser una gran cucaracha, de esas que tienen alas y parecen más bien como ratones, del tamaño tan tremebundo que pueden llegar a alcanzar. Se sabe que las tortillas duras y las sobras de frutas y vegetales alimentan tan saludablemente a estos insectos que alcanzan dimensiones insospechadas. Deliberadamente dejé algunos trastes sucios para en la noche, para ver si volvía a aparecer ese animal que no pude distinguir bien a bien qué era específicamente. En la noche no hubo respuesta alguna. Y así pasaron dos semanas sin ver nada que pareciera raro o se moviera cerca de la zona de los trastes.


Esa tarde milagrosa, tallaba con la fibra los platos y la mugre que les colgaba. Al enjuagar, con el rabillo de mi ojo izquierdo pude notar la presencia de algo, nuevamente. Me estuve quieto. No me moví y volteé poco a poco la cabeza para ver lo que estaba ahí como esperándome. En la radio sonaba algo de Rod Stewart. 

Al voltear completamente pude ver a ese animal que para mí es la neta sobre todos los demás. Yo no quería ni un cuyo ni un hamster, gordos y perezosos. Yo quería a la reina de todas y todos. Agil, atrevida, astuta, osada, arrojada, agresiva, respetable, temida, nunca entendida. Quería una rata. Y una gran rata gris estaba ahí viéndome fijamente a mis ojos. Dicen los libros de ciencia que una roedor de estos tiene una sensibilidad más allá de lo imaginable y puede detectar que humano se puede acercar a ella para hacerle daño o quién se le acerca con intenciones nobles. Esta era de un tamaño no muy grande. Mediría unos cuarenta centímetros, más la cola pelona y rosa, rosa, de otro tanto. Desde ese primer instante que nuestras miradas se encontraron, pude admirar lo bella que era. Su pelaje gris plata brillante la hacía sin lugar a dudas un ejemplar de genética incomparable. Sin quitarme el ojo de encima se fue deslizando cautelosamente justo enfrente de mí. Estaba siendo salpicada por el agua de la llave que corría sin detenerse. Traté de adivinar qué era lo que quería este ser tan espectacular. Con cuidado quité un poco de los restos de jitomate que aún permanecían en un plato como sobras de la comida anterior  y con mis dedos pulgar e índice le acerqué un trocito con todo mi cariño y así lo tomó ella. Extendió sus dos patitas delanteras con una paz y una sumisión como nunca he visto cosa parecida. Me dedicó una mirada de tierna gratitud y agachó su cabecita para roer con calma su bocado. Mientras comía, cerré la llave del agua y volteó hacia mí como dándome las gracias. ¡Son unos animales bellísimos! 

Se lavó sus patitas o manitas, con más cariño y se me quedó mirando como diciéndome "¿me puedo quedar a tu lado?". Me sequé y le extendí mi mano derecha para que subiera a ella. Como que dudó. Los hombros se le elevaron debajo de toda esa alfombra peluda gris plata, para dar paso a un estiramiento sin mover las cuatro patas de su lugar. Entonces subió con mucha parsimonia, pero confiando en mí. Una vez arriba me hacía cosquillas con sus largos bigotes y parecía que era feliz. Yo sí que lo era. De niño había tenido un perro, pero no me gustó mucho porque cuando creció un buen día se desapareció y nunca supe otra vez de él. Esta mascota era tangible, real y nunca hubiera pensado en lo fácil que me había sido hacerme de ella. Creí que iba a tener que irme al basurero de la esquina, de noche y acechar hasta saltar sobre una de ellas, capturarla y adoptarla como mascota. No fue así.


Le llamé Gerarda. Era revoltosa y quién sabe si era hombre o mujer, yo le puse Gerarda.


Al llevarla a la escuela y al andar por la calle surtió el efecto que esperaba. La gente gruñía, unos vomitaban, niñas gritaban y hubo gente que trataba de pegarle con piedras grandotas. Al ver mi temple y que Gerarda no se les iba a los tobillos a morderlos, creyeron en mi palabra que era una buena ratita. Si hubiera sido persona hubieran dicho que era buena gente. Ella sabía quién se acercaba y con qué intenciones. Nadie nunca quiso acariciarla. Pero eso parecía no importarle. Me la pasaba dándole cachitos de bombones o de frutas o chocolatito, mientras yo estaba en clase o platicando con mis amistades. Como si fuera un halcón o un cotorro, ella andaba sobre mi hombro derecho muy digna, muy segura de que ése era su lugar: la cima del mundo. Cuando estaba muy contenta se paraba en sus dos patas traseras y ejecutaba una como marcha o baile, ahí la veía con orgullo y ella estaba radiante. Era una rata maravillosa.

                        
Gente del vecindario dicen que Gerarda mató a Don Cuco, pero yo les digo que él se murió de viejito. Ellos insisten que no, que la leptospirosis no da nomás porque sí. Da por estar en contacto con los orines o heces de los roedores y Gerarda convivía demasiado cerca de los vecinos. Nadie lo sabe, pero le daba agüita de los tinacos de la azotea. No nada más ha muerto este señor, ya van tres más y nueve más han enfermado de males, algunos raros y otras no tanto. Fiebre hemorrágica con síndrome renal, ébola, tuberculosis, hepatitis, salmnelosis, cólera, peste bubónica, tifus y rabia. 
 

Por cierto que Gerarda sí ha mordido gente, pero no es para tanto. Un día mordió a El Kansas, un muchacho sin hogar que anda de aquí para allá y que creo que no le pasó nada a él. La pobre rata mía ha estado con fiebre, diarrea y con un abundante vómito. Parece que se va a morir. La tengo hospitalizada y elevo mis ruegos para que esta gran mascota mía se salve. Ya le mandé decir una misa. ¡Ay! Estoy bien seguro que ella no ha tenido nada que ver con los males y muertes de la demás gente. Hace dos días me salió un escaso salpullido del lado derecho del cuello, donde solía cargarla, y siento un rarísimo dolor en la garganta que por ratos me impide respirar. Ha de ser por tantas presiones y tanto estrés que me ha provocado la enfermedad de Gerarda.




Fin
laj