miércoles, 28 de diciembre de 2011

Zona de Confort

Ataviada con una blusa nueva de seda, falda larga color marrón, un saco corto y zapatos de aguja que combinaban con todo su atuendo, Eritropoyetina Sambiña tomaba el tren de las ocho de la mañana para llegar puntual a su cita. Sabía que era un albur ir. Quizás Dragoberto Griselino, su antiguo amante, nunca llegaría a esa cita que habían acordado hacía un año. Pero ella iba con toda la ilusión de verlo nuevamente. 

Cuando llegó a su destino, el reloj marcaba las 10:15 a.m. El cielo estaba despejado y el sol brillaba, pero no daba calor. Aún se sentían las reminiscencias del invierno. Nerviosa volteaba para todas partes esperando ver nuevamente a ese ser tan tierno y delicado que conoció en una reunión de amigos hacía más de un año. A pesar de estar felizmente casada, buscaba salir del ahogo de esos 35 años de aburrimiento y rutina diaria. 
Pasaron dos horas y media y nada. Eri se levantaba por su cuarto café de la mañana, esperando amorosamente a ese ser que se había vuelto etéreo. La estación de trenes albergaba ya mucha gente en un ronroneo de ruidos que no la sacaban de su ensimismamiento cariñoso. Al dar las seis de la tarde supo que su amado no llegaría.
Tuvo que regresar a su morada gris de sueños rotos y al frío cobijo de las cosas seguras.
laj

martes, 27 de diciembre de 2011

Un Bebé Especial

¿Conmoción? ¿Desvarío? ¿Sorpresa? No lo sé, pero agencias noticiosas de todo el mundo están dando a conocer una noticia que desde ayer por la tarde ya se sabía, pero que habían querido guardarla en secreto por lo grave del asunto. Tal vez no es tan grave. Tal vez sólo es una curiosidad de la vida. Aún no se sabe bien a bien por qué pasan estas cosas. La cuestión es que un reportero europeo, cuyo nombre me permito omitir, filtró a Internet la nota que en estos momentos está dando la vuelta al mundo a la velocidad de la red.

En un pueblo olvidado de uno de los estados más pobres de este país, una señora primeriza dio a luz un zapato. Así es. A mí no me pregunten ni me manden mails amenazantes reclamándome. Yo no puedo ni ofrecer disculpas ni dar explicaciones. Sólo soy un informador de las cosas.

Un zapato talla 28.5, dicen los que estaban ahí. Es un zapato cómodo, de ante o gamuza, no se ponen de acuerdo aún. De un tamaño regular y en buenas condiciones. Es un zapato del lado derecho para hombre, sospechan por la talla. Es de fino corte y alargado en la punta. Estilizado, pues.

La señora está confundida y su marido más. El señor se echa la culpa por no haber dejado la bebida --específicamente pulque-- desde hace tiempo. La familia y amigos poco a poco se van alejando del hospital donde todo esto está ocurriendo. Los médicos dicen que el zapato está en buenas condiciones, goza de buena salud y la señora Abicaela Saroti está consciente que cuidará de él con amor de madre y con el cariño más absoluto que pueda.

La gente de la prensa no podemos entrar a entrevistarla porque la señora se pasa el día amamantando a su pequeño campeón.


laj






Aquella Vieja Canción de la Infancia

Estaba en la radio esa canción que oía cuando era niño. Cuando el aroma a sopa y a carne con frijoles era algo esperado. El jugaba con su carrito de juguete que apenas cabía en su mano. Era rojo y se empezaba a despintar. Tendría a lo mejor seis años y ese recuerdo le asaltaba la mente cada que se sentía solo o frustrado. Recuerda como todo era alegría en esa casa llena de amor. La casa de Abuelita, pensaba. Cuántos gratos recuerdos. Ahí sólo se derramaban lágrimas de felicidad. La familia reunida hasta altas horas de la noche, cuando el frío de la madrugada forzaba la retirada de los invitados. Esa era una vida digna.

La canción seguía. No pudo continuar comiendo. Un doloroso y amargo sentimiento atravesaron su pecho. Recordó que algún día había sido una persona de bien, amada. Sorbía los mocos y en cada movimiento había un espantoso dolor. Un dolor de saber que aún conservaba algo de ser humano en ese cuerpo dañado por tanta sustancia ajena al que lo había acostumbrado. Ya no pudo comer más. Ya no quiso seguir haciéndolo. Se secó los ojos y se limpió la nariz con una servilleta a medio usar, pagó y salió de esa fondita en la que comía.

Pocos días después se supo que se había entregado a la policía. Traía cargando más de cincuenta muertos él solito. Pensando en los hijos de todos esos hombres a los que había asesinado, se colgó con los retazos de una vieja sábana en su celda. Cuando estaba dejando este mundo volvió a llorar y escuchaba con cariño aquella vieja y triste canción que le recordaba tanto a la casa de su Abuelita, cuando entonces era un niño amado que jugaba con su carrito rojo.
 

laj






 

lunes, 26 de diciembre de 2011

10 Razones por las que no te Contratan en una Empresa.Hombres.

1.- Tienes más de 25 años, vas para el área de Ventas y en un exmen-diagnóstico pones que tu más grande anhelo es aprender a tocar el arpa.

2.- Estás muy feo para los estándares de esa empresa.


3.- En la entrevista inicial, te toca la psicóloga más sabrosa y te la pasas rascándote tus partecitas ¡¡¡enfrente de ella!!!

4.- En la sala de espera juegas con tus flatulencias a que tú eras un pirata desalmado que quería acabar con todos los olores del mar.

5.- Pones en "Trabajos Anteriores" que trabajaste en empresas basura como Publixiii.


6.- En el espacio de "Habilidades" pones que lo tuyo, lo tuyo es la falsificación de firmas y documentos.

7.- En "Referencias" se te ocurre poner a un amiguito quien desde siempre, es el que más te ha odiado en esta tierra.

8.- Llevas tu revista de mujeres encueradas y se te olvida en la mesita de la Sala de Espera.

9.- Te sacas un moco, la cerilla o te deslagañas enfrente de la honorable persona de R.H.

10.- Por tener pocas/nulas ganas de trabajar.


laj

Actividades Navidad 2011

Preparándome para ir a trabajar a la Alameda. Ese traje de Santa Claus está muy bonito, pero es muy pesado. Voy a estar en el stand 23. ¡Búsquenme! Se cumplen sueños. Se escuchan ofertas. Se negocia de todo. Se llevan regalos a domicilio. Se lava ajeno. Se plancha ropa. Se cuidan niños. Se amaestran changos. Se lavan autos. Se hace el super. Se avientan globos con agua desde la azotea. Se tocan timbres. Se bajan switches. Se hacen cosquillas. Se va por el pan. Se hace compañía en momentos difíciles. Se llora en velorios. Se dan clases de matemáticas. Se alecciona para hacer el Rubik. Se enseña a tronarse los dedos sin dolor. Se hipnotiza rapidito. Se echan porras. Se cierran calles. Se avientan piedras. Se aplaude en mítines. Se lleva gente para hacer bola en cualquier evento. Se rentan sillas y lonas. Se hacen mantas. Se ayuda a perder el tiempo. Y mil cosas más ¡sin costo!. ¡Yupi!


laj

domingo, 4 de septiembre de 2011

Bella

Cualquier parecido con la Coincidencia, juro por Diosito que es la mera Realidad.



Nadie creería que con esos rasgos tan finos, esa cara tan bonita y ese porte de dama de la alta sociedad Inglesa pudiera hacer un desaguisado como el que armó.


Era una tarde de primavera, cuando el calor dura toda la noche y todo el día. Sólo hay un lapso de dos horas en la madrugada donde afortunadamente uno puede sentir un poquito de frío y descansar del inclemente calor.


Agripina había dejado a sus amigas en sus casas y se dispuso a regresar a su casa a prepararse para el siguiente día que era el tan temido lunes. Cada semáforo en el que se detenía pensaba lo aburrida que era su vida sin su hijo. Ese pequeño truhán que había cambiado el cariño sincero de madre que siempre le había profesado por las dádivas de su ex-marido. Así son los divorcios. Los niños bailan al son que les toquen. Y todos sufren. El ex castiga a su ex y viceversa a través del hijo o hijos.

Nuestra amiga, conforme iba avanzando en camino a su casa, sentía esa imperiosa necesidad de desquite. Esa venganza acumulada a lo largo de tantos años de espantoso matrimonio necesitaban salir de su cuerpo y decir la verdad al mundo. Esos maltratos silenciosos, ese no-cariño profesado y esa violencia verbal que él siempre le propinó. Pero, bueno. Ella no daba paso sin huarache. Era protectora y protegida a la vez de su novio, Icaro. Un hombre de buenas intenciones, con grandes cualidades y, al igual que ella, con un divorcio a cuestas. Se entendían. Se complementaban.. Como dos de los Tres Mosqueteros, se enfrentaban juntos a la maldad del mundo.

La tarde empezaba a convertirse en noche y Agripina, recordando que su amado Icaro estaba de viaje, no llegaba a su casa deliberadamente. Había comprado en una tienda de conveniencia, de esas que permanecen abiertas las 24 del día, un cartón de cervezas y una botella de whisky. Ah, y unos chicharrones, "para que diera más sed", después platicaría.

Una mujer enojada es un tsunami, huracán, torbellino, terremoto juntos. Ella, habiendo visitado el día anterior a su psicóloga, juntas habían descubierto cosas que ella sola nunca se hubiera podido dar cuenta. La manipulación con que la familia de su ex la habían tratado fue una situación que desencadenó una furia al compás del minutero del reloj de su sala. Llegó a su casa, se apoltronó en el sillón y comenzó a beber y a levantar el teléfono. El maldito teléfono.

Cautiva paciente de una dietista graduada en una  escuela Patrulla por correspondencia, le recomendaba tomarse gotas antes de sus alimentos. No sé qué tenían esas gotas, pero desde mi visión de narrador, creo que hubo una combinación explosiva de cuatro factores fundamentales: soledad, sed de venganza, alcoholismo y drogadicción.

Extrañaba a su gordo que se había ido al mar a pescar atunes.; la ira desmedida que provocaron las conclusiones a las que llegó su terapeuta; las veintisiete cervezas que en total se terminó, más toda la botella de whisky; y en especial esas gotas para adelgazar o quitar el hambre, fueron la lumbre que encendieron la mecha de un coctel bastante peligroso.

--Hola-- dijo, amable. Había marcado el teléfono de la casa de su ex suegra.
"¡Hija de toda su pinche, puta, perra madre!"... eso sí, conservó su educación hablándole de usted a su ex madre postiza. Y ahí comenzó todo.


Pudo haber sido una ofensa inusitada, inédita. Pero la señora rondaba casi los setenta y cinco años de edad y no era justo una agresión tan artera. Pero Agripina buscaba venganza, sangre. La señora se defendió como pudo. Le llamó a su hijo, el ex de ella y a sus hijas. Era un sinfin de llamadas. Un caos.


Siendo casi las doce de la noche sonó el teléfono de la casa de Foforito. Hermano menor de Agri. Un hombre culto, sin tendencia a los conflictos. De cabellera rubia y ojos claros, su único problema en la vida había sido cómo deshacerse de tantas admiradoras. Esa noche su vida cambiaría.


¡Ring!
--¿Diga?
Era Icaro pidiéndole, rogándole, suplicándole al gran Foforito que se encaminara a casa de su amada. La misión era que ella no fuera a hacer una locura. Como ir a atentar contra la vida de alguien. Como detener una masacre de vecinos, que probablemente en esos momentos se estuviera llevando a cabo. Como fracturar de una vez por todas tantas ofensas que Agri le estuviera soltando a la familia de su ex.


Foforito, casi inconsciente de tanto sueño que tenía, decidió dejar a un lado sus responsabilidades del siguiente día yendo a casa de su hermana a tratar de resarcir o evitar cualquier daño a terceros. Como pudo se echó encima una chamarra y salió al hostil mundo de la ciudad nocturna. Un taxista aventurero al fin le hizo la parada y juntos viajaron cerca de media hora para llegar a la casa de su consanguínea.


Al estar en casa de su hermana, Foforito le envió un mensaje mentiroso a su cuñado Icaro, avisándole que ya estaba en casa de su hermana y que no había por qué preocuparse. El estaba al mando. Icaro entonces se consideró a salvo y a su amada también. Entonces apagó su celular y se durmió hasta el otro día. Foforito acababa de llegar al verdadero manicomio.


"¡Agri, ábreme. Soy yo, Foforito!".
Agripina abrió la puerta y enseguida su hermano notó que ahí habían estado bebiendo y fumando cuando menos treinta personas. Se espantó cuando vio que solamente su hermana, cara de Blancanieves, era la única que había estado ahí. Ella salió a recibirlo con el teléfono en la mano y los ojos bailándole, ingobernables. "Pásale, hermanito". Y siguió la retahíla de insultos a la o las personas que estaban del otro lado de la línea.


Esa noche Foforito escuchó todas las malas palabras que se sabía y que había escuchado a lo largo de sus más de cuarenta años. El trataba de que ella entrara en razón. Recurrió a varios métodos. Distracción; Psicología inversa; Golpes a la nuca; Cacerolazos en un ojo; Gritos de comadre; todo. Todo lo que su alma de ser humano consciente le dictó. Pero nada resultó. Nada.


Agri le llamó a media familia de su feo ex. Casi nadie se escapó y entonces, evocando a Shakespeare comenzó un soliloqiuio más convincemte y devastador que el mismísimo "Ser o No Ser", de Hamlet. No hubo tragedia aquí, por poco, pero el diálogo interno que sostuvo en voz alta Agri, a la vista aterrorizada de su pacífico hermano,  fue algo que tocaría las fibras más sensibles de cualquier persona que le guste el arte, el teatro, la vida.


Y empezó una serie interminable de preguntas sin respuesta.


"¿Por qué, Hijo, si yo te he querido tanto, por qué me respondes con esa arrogancia, esa misma manera de tu padre de mostrar su superioridad dentro de su misma y sabida inferioridad ante la vida, ante mí, ante todo?
¿Si sabes que yo te amo, por qué esa manera tan fea de ignorarme, de tratarme mal?
¿Qué me importa? ¡Si tú ni mi hijo eres, cabrón, estúpido! ¡Tu verdadera madre está en la cárcel y era una puta! ¿Y tu papá? ¡Ah, pendejo! ¡Si supieras que tu verdadero padre está en la cárcel en Centroamérica, no estarías de altanero; ojete! ¡Si yo conozco su historia, cabroncito! ¡A mí no me vas a decir qué hacer o que tú eres muy nais, si yo conozco toda tu pinche historia! ¡Tú y tu pinche padre se pueden ir mucho a chingar a su madre! ¡Esa puta vieja que es mamá de mi ex es una tapadera!. ¡Todo le solapaba a su hijito tarado, vividor! ¡Sólo vivió de mí! ¡Y no nada más él!. ¡Toda su familia comía de mi sueldo! ¡Noooooo! ¡Ay, papá! ¿Por qué te moriste? ¿Por qué dejaste a mis hermanos solos tan pronto? ¡Mis hermanitos estaban tan chiquitos y mi mamá se tuvo que poner a trabajar dejándolos solos! ¡Buuuuuaaaaaa! ¡Snif! ¡Ah, pinche exsuegra, vieja tapadera, alcahueta jija de la chingada! ¡Ahorita me las vas a pagar pinche viejita puta!".


Demoledor. Absurdo. Incoherente. Pero acaso, necesario. La catarsis tiene muchas caras.


Foforito lloraba como Magdalena para ese momento. La abrazó y le dijo que pensara en mamá, en la familia, en sus otros hermanos, en sus tías. Le pidió que no fuera a hacer una locura como querer matar a un ser tan insignificante como su ex y ella parecía como querer escucharlo.


Agripina había cedido a los ruegos filiales de Foforito de dejar de hacer llamadas obscenas y la encaminó a su cama. Eran las dos y diez de la mañana. En las primeras horas del lunes.


Foforito desconectó el teléfono fijo, pero, Agripina, dentro de su mismo viaje de cigarros, pastillas para adelgazar, cervezas, whisky, chicharrones y demás, como que nomás hizo la finta y sacó su celular sabe Dios de dónde y se puso a seguir llamando por teléfono otras tres horas. En lo que daban las cinco de la mañana. Toda su furia telefónica fue patrocinada por todo lo que se tomó, por su sed de venganza y por la educación de los vecinos que no le tocaron o le rompieron una ventana para que parara su desmadre horrible que les dedicó esa noche.
.

Siguiente día, lunes 5:30 a.m. Agripina se levantó, bueno, es un decir, porque nunca durmió. Se bañó, despertó a Foforito, que se había quedado profundamente dormido en el sillón, descansando hora y media y también se dio un regaderazo en el baño de la sala. Antes de bañarse, Agri le preguntó tiernamente a su hermano: "¿Qué pasó? ¿Qué hiciste? ¿Por qué está todo tirado?".


Frase final demoledora:


"¿A dónde quieres ir a desayunar, hermanito?".



Como música de fondo puede ir "Campanas Tubulares", la de la película El Exorcista o El Tema de Benny Hill y salen unos payasos corriendo detrás de unas cortinas con ojos y nariz de bolita.





Fin
LAJ






Seres de la Noche

Soy afecto --bueno, era-- a hacer ejercicio en las noches en un parque que está por la salida a Cuernavaca. Regularmente llego a las 10:00 p.m. y acabo poco antes de la media noche. Me gusta ir ahí porque está vigilado y aún hay gente que ocupa esos horarios. Corro, salto la cuerda un rato, hago un poco de box y ejercicios en el suelo, acabando con yoga.


Platicando con los guardias del lugar, dicen que últimamente han estado muy nerviosos. Confiesan ambos que las cosas ya no suelen ser como eran hasta hacía unas dos semanas. Dice uno de ellos, que hay gente que llega en grupos y así hacen ejercicios todos juntos. Pero también, dice el otro, hay personas que se  juntan a hacer reuniones como de brujería. No está prohibido que la gente haga ruedas y se agarren de las manos y haga cánticos de la naturaleza que sean. Adentro del parque es difícil poder cuidar a tanto usuario, no por la cantidad de gente que va diario, sino porque es bastante extenso, considerando una montaña y un lago adentro de él.


A mí no me consta, pero he visto gente que lleva capuchones cubriéndoles la cabeza. Bajan de sus automóviles con bolsas y morrales en sus manos. Hacen una reunión y empiezan a tender tapetes sobre el suelo. Colocan cráneos humanos, no sé si son reales o falsos sobre una estaca de unos dos metros de altura y encienden veladoras, así como amarran pequeñoa animales muertos de sus cuatro patas contra el suelo, como mapaches, armadillos y ardillas. Esto con el fin de desangrarlos para utilizar su hirviente sangre en tomársela mezclada con aguardiente. 


Una noche, mientras hacía ejercicios de estiramiento en una ladera del cerro, siendo casi la medianoche, pude escuchar más bullicio del normal mientras estas personas se reunían. Alrededor de una fogata, estaba atado un hombre joven de unos veinte años tratando de zafarse de las amarras que tenía en las muñecas, pegado al piso. En la tremenda y cómplice oscuridad de la noche, pude ver desde atrás de un arbusto frondoso que también amarraban a un bebé. "¿Cómo puede haber tanta maldita maldad en el mundo?'". Me preguntaba mientras un encapuchado encajaba un puntiagudo cuchillo en el corazón del bebé y del hombre que estaban tirados en el piso y después de sacárselos, mordió un pedazo de sus respectivos corazones.


Los casi treinta miembros de ese extraño clan mordieron cada corazón hasta que los desaparecieron. Sigilosamente apagaron el fuego que habían encendido y se esfumaron entre las sombras nocturnas. Mi azoro era rebasado por la la imagen diabólica que apenas había visto. Fui testigo de algo que había leído en los libros de historia Azteca. Esa raza guerrera que hacía sacrificios humanos y los ofrecía al Dios Sol para que apareciera nuevamente el astro rey al otro día.


Fue una pesadilla. Esa noche tuve que quedarme en el parque y esperar a que dieran las cinco de la mañana para que abrieran las puertas del parque y poder salir de ahí


Antes de abandonar el lugar de ejercicio busqué al vigilante en turno y le platiqué lo que había presenciado. Ya no eran los que yo había conocido. Había un hombre pequeño, malencarado y de aliento a pescado podrido. El me dijo que mucha gente les había contado esa historia, pero que si quería ir a platicar con el delegado lo podía hacer. Su indolencia la percibí como sospechosa. Fui a la oficina de este importante funcionario y la sangre se me heló al ver los cuadros que tenía colgando en las paredes de su arreglada y pulcra oficina: fotografías de reuniones del temido Ku Klux Klan, esa organización racista que no admite la presencia de negros, asiáticos o alguna otra raza que no fuera la aria en el mundo. No me esperé a conocerlo, salí huyendo de ahí. 


Tengo mucho miedo que me vaya a pasar algo. Hoy, en la media hora libre que nos dan para salir al patio de la prisión, dos reos me quisieron matar con un desarmador que me intentaron clavar en el cuello. Sé que no debí haberme metido en problemas platicando todo lo que había visto. 


Ahora sé que nunca debí haber confiado en el sacerdote de la iglesia ni en el maldito conserje de la escuela primaria de la zona. No sé cómo ni quién, pero uno de los dos es el co-líder de esta secta junto con el delegado, y el otro es el que consigue los corazones fresquecitos. Dios se apiade de mí.




Fin
LAJ



.












jueves, 2 de junio de 2011

Sangüichito

No eran muchas mis ganas de cenar las lentejas que seguían hirviendo en la lumbre. Era ya tarde para salir a buscar algo más para cenar, cuando providencialmente me asomé a la olla y vi que por algún motivo fortuito que desconozco yacía una enorme, peluda y suculenta rata, que estaba despellejándose por lo caliente del agua y había quedado ahogada a los pocos segundo de haberse caído a mi perol de barro. Como pude esperé a que se terminara de cocinar --de una vez-- y procedí a sacarla, la sequé y empecé a rebanarla. La fortuna estaba conmigo. Ya tenía preparada una cabecita de canario, de esos que crío desde hace muchos años y patas asadas de paloma, de las que agarro en la azotea con cajas de zapatos vacíos  y moronas de pan como trampa. La sopa estaba lista y noté que me faltaba mayonesa o crema para untarle a ese sandwich que tenía en mente hacer 

"¡La sangre!", dije, emocionado. Desangré al roedor aquél y el líquido rojo lo puse en un sartén aparte. La sofreí con cebolla picada, un poco de ajo y salsa inglesa. Me sirvió para untársela al pan  y le agregúé rebanadas delgadas de pepino y de jitomate. Un ojo del infortunado animal salía por una orilla de mi emparedado viéndome como con rencor, pero al momento de morderlo y tragármelo, todo acabó. Cada bocado era necesario dárselo aprisa. Y no porque me diera asco, muy al contrario, se me hacía agua la boca y gozaba apasionadamente cada que mis dientes y lengua hacían contacto con las partes de estos animalitos divinos. Un ligero temblor, casi un escalofrío benévolo me daba cada que se juntaban mis dientes y mi saliva para ir pasando esos bocados maravillosos.

 
Ahora, aparte de criar canarios y cazar palomas furtivas en la azotea de mi casa, también tengo un criadero de ratas de todo tipo, pero cuido mucho en no avisarle a nadie que pueda interesarse en volverse un gourmet de alta escuela.



Fin
laj











martes, 14 de diciembre de 2010

Un Travieso General

Hay un edificio o mejor dicho, una serie de pequeños edificios, de tres a cuatro pisos, en el norponiente de esta ciudad donde se reúnen las fuerzas armadas de mi país. Este edificio al que hoy me quiero referir, fue construido hace apenas unos veinte años. En ese entonces eran pocas las construcciones en donde metían elevadores volados con vista panorámica y construidos de puro cristal. Bueno, pues así fue construido este. Sin tanta altura, desde que fue construido, todas las personas que trabajaban ahí o iban de visita preferían subir por el cubo de cristal que por las aburridas escaleras.


Siendo proveedor en los inicios de esa creación arquitectónica en pequeño, me enteré que un general murió adentro del elevador. No era tan grande el señor, pero se sabía que nunca quiso subirse, pero fue presionado por sus amigos sexagenarios, que sin saberlo ni quererlo, le orillaron a la muerte.

El General Epitacio murió por miedo y nerviosismo extremo, cosa que desencadenó un letal infarto al corazón, dijo el médico militar que realizó la autopsia, el día que osó subirse para probarle a sus amigos que él no era cobarde. Esto fue dos años después de construido el dispositivo sube y baja de personas.

Se le conocía a don Epitacio como un hombre vacilador y que siempre estaba de buen humor. El día que murió, esa misma noche, dice el velador, el elevador de cristal empezó a tomar vida propia. "Se cerraban las puertas, se abrían, se volvían a cerrar y a abrir y el elevador funcionaba en un caos total cerca de tres horas en las madrugadas", contaba angustiado el señor que cuidaba de noche hasta estos días ese edificio en particular de las fuerzas castrenses.

Desde ese entonces, veinte años, se ha repetido un fenómeno que a muchos ha dado por bautizar como el fantasma del elevador. 

Aun siendo de día, y no importando quién vaya  a bordo, en esos escasos tres  pisos que cubre el ascensor, dicen que el ánima del capi hace de las suyas a la gente que "osa" subirse a "su" elevador. Y es que habiendo muerto en él, el capitán no se ha querido ir reclamando como suyo ese espacio de dos por dos metros cuadrados, cristales incluidos.


Se han reportado tocamientos, jalones de mechas, zapes, gaznatazos, capiruchos, malteadas, beso a papi, beso a chato, mordidas de tortas, tamales, o golosinas que vaya comiendo la gente, cocos, piquetes de ojos, y un sinfín de travesuras, que no pasan de ser eso, travesuras. De hecho, es un capitán muy educado, porque dentro de su picardía, hace las cosas sin lastimar, sólo hace sentir su presencia en el ascensor, para que quede bien claro quien está a cargo en ese su sitio, su lugar.

La zona Militar decidió desde hace diez años poner cámaras adentro del elevador, pero no se llega a captar ninguna figura que no sean los cuerpos móviles de quienes se suben inocentemente a tomar el elevador. Se nota, lógicamente sus reacciones ante las acometidas del fantasma malandrín, pero él nunca se llega a apreciar.

Una tarde que fui a entregar mercancía y que me disponía a salir del edificio, me encontraba en el tercer piso y pedí el elevador. Me subí y detrás de mí salió de la nada para subirse, literalmente: de la nada, un general, me imagino que eso era por las cuatro estrellas en sus hombros y en su gorra. Se veía muy, muy cansado el señor, era delgado, más alto que yo y con algo de barba sin rasurar, y en el brazo derecho traía como cargando algo, un libro, creo que era.

-- Buenas tardes, le dije. El muy mamón no me peló. Estaba volteado viendo a través de los cristales la montaña que se alcanza a ver si uno mira hacia el norte. Llegamos a la planta baja y me quise hacer para atrás para que saliera el señor primero, como forma de respeto. Ya no estaba. O nunca hubo alguien ahí.

De inmediato avisé a vigilancia y nada más se rieron de mí. Apesadumbrado iba de camino a mi auto, cuando en un reflejo de un cristal de la oficina de recepción, pude ver que traía mis cabellos todos levantados como loco y al final del mismo unas ligas de colores que no sé cómo ni en qué momento me las puso ese descarado  e insensato fantasma del general Epitacio.




Fin
LAJ


Fantasma en ascensor en china

jueves, 4 de noviembre de 2010

Muertes Raras V

Exquisito Mamerto era un ser de decir y vestir impecables. Se distinguió siempre entre su familia y la gente que lo conoció como un dandy. Un dechado de virtudes en cuanto a la limpieza. Su casa rechinaba de limpio, su carro lo traía siempre oliendo a desodorante olor bosque frondoso y su persona era la fiel imagen de la pulcritud. Al peluquero iba diario para que le recortara cualquier imperfección que hubiera brotado de un día para otro. Compraba tratamientos para la piel y no salía del spa del club deportivo al que regularmente asistía.


En plena época de crear niños, Exquisito M. solía recortarse el pelito que sale alrededor de las partes blandas de su cuerpo. Utilizaba siempre unas tijeras del número 3 para cortar pollo, que se las había recomendado su amigo, el peluquero, para tener resultados fascinantes. 


Sus conquistas siempre le chuleaban su atinado corte "casquete pelón" que usaba como moda muy suya.


Un funesto día, Exquisito Mamerto se hacía su corte diario ahí donde no da el sol, cuando por la ventana del cuarto de su casa, vio que en la calle pasaba una morena de cintura de avispa y un cuerpo suculento. Por andar de baboso, se cortó la trompita que la naturaleza le dio, aullando grotescamente.


Murió desangrado.
R.I.P.




Fin 
laj



jueves, 14 de octubre de 2010

Ataque Bigotón

Está cundiendo una epidemia de proporciones bíblicas en los estados del norte, noreste, noroeste y todos los del sur del país. Zoólogos, físicos, antropólogos y científicos de todo el mundo están llegando a la ciudad de México para reunirse con las más altas autoridades sanitarias y llegar a un punto de acuerdo para detener esto que puede convertirse en una pandemia de características casi letales por necesidad.


Resulta que donde existe ganado bovino, hay murciélagos que campantemente les gusta alimentarse de estos grandes animales durante las noches. Pues bien, debido a las constantes travesías que llevan a cabo estos ratones con alas por aquí y por allá, se han transformado genéticamente con el paso de los últimos meses. Esto ha provocado que les salga bigote a cada murciélago que vuela y se alimenta de los bóvidois que pastan al aire libre en los estados del país. Mucha gente pensará: "¿y eso qué tiene de espectacular, pues se sabe que los murciélagos siempre han usado un bigotito como el de los ratones?". Bueno, pues ahí está el meollo del asunto, el bigote que les ha brotado a estos animalitos voladores se asemeja al de los seres humanos. Y no digo nada más al de los hombres, porque debido a este latoso comportamiento de andar mordiendo vacas en las noches, en las rancherías,¡ los murciélagos han inoculado un virus que se multiplica a una velocidad espantosamente rápida al sexo femenino al tomar leche!

Las compañías que venden leche están a un tris de quebrar porque la población ya sabe de dónde viene ese mal que "abigotona" a las mujeres de casa. Sólo se han salvado aquellas damas que no consumen leche de ningún tipo; ni light, ni deslactosada, ni entera, ni bautizada. Esas son las sanas y no les sale ese folículo piloso que aunque se lo rasuren ahí está dando guerra al salir una y otra vez y hasta la fecha no hay cura.


Mas que un problema de estética, es ya de salud pública, porque se están empezando a dar casos a lo largo del país de que van seis mujeres que se suicidan por tan molesto intruso. Tres de ellas eran menores de edad.
El Gobierno de México quiere detener esto antes de que haya enfrentamientos con los caballeros, que en un ataque de celos puedan desgreñar a sus ahora rivales de pelos en la cara. 

Todo en la vida tiene sus dos partes de la historia, y mientras las compañías lecheras sudan la gota gorda por saber cómo le van a hacer para subsistir, las compañías de navajas y rastrillos están teniendo ganancias económicas insospechadas.

Por lo pronto, si es usted mujer y no quiere lucir como charro sin sombrero, no tome ningún tipo de leche; y si es hombre y quiere que le salga bigote, ni lo intente, no sirve. Las autoridades, no tardan en convocar a una conferencia de prensa a todos los medios nacionales e internacionales para explicar lo que está sucediendo.




Fin
laj












lunes, 11 de octubre de 2010

¿Qué?

Epícteto Antúnez era un hombre forjado a sí mismo, bajo las normas rudas del campo y de sus antecesores 
en un pueblo donde ser hombre era una cualidad, una virtud de la cual no escapaban los pertenecientes a esta población, a una disciplina de soldado en guerra. Tenía siete familias. Lo quería así y las podía mantener. El régimen de usos y costumbres en este poblado del sur del país era el órgano rector y lo que Epícteto hacía no era criticado, al contrario, era bien visto. 

Acostumbrado a comer jabalíes, murciélagos, ratones de campo, topos, castores, tigres de bengala, jaguares y los animalitos propios de la zona, diariamente salía a cazar con ocho de los hijos que en total tenía con sus siete mujeres y les enseñaba el uso de las armas, tácticas de guerrillas y el fino arte de saber cómo esconderse en la selva y sobrevivir a toda costa a cualquier peligro.

Una fría mañana, el sol no acababa de aparecer por el este, ahí iban todos sus ocho hijos y él. De improviso Velino, el mayor de todos, que contaba con dieciséis años, cayó con todo y el rifle que llevaba agarrado, a un cenote de agua cristalina que nunca habían visto. Los cenotes son ojos de agua que no son muy extensos, éste debía medir como ocho metros de ancho y generalmente llegan a tener una profundidad de ¡setenta y cinco metros en adelante! Don Epícteto, apurado se arrojó al agua, acordándose en el aire que no sabía nadar. Sus otros hijos hicieron exactamente lo mismo.


Estos cenotes siempre están comunicados por cámaras profundas que conectan a todo el planeta Tierra por medio de ríos y mares subterráneos. Alrededor de estos lugares mágicos, se tejen historias desde hace muchas generaciones mayas, que cuentan que quien entra a uno de estos lugares húmedos, tendrá vida eterna. Pero maldito será aquél que quiera llevarse las piedras preciosas y los tesoros que aún conservan algunos ojos de agua. Hay dioses cuidando eternamente estos designios sagrados.


Sus ocho hijos: Velino, Tiburcio, Eufrosino, Gumersindo, Espiridión, Margarito, Claudio y Taurino y él, se ahogaron a los pocos minutos de querer salvarse unos a otros. Sus madres y las mujeres de este hombre lloraron la desdicha y les hicieron un ritual en la entrada de este cenote que estaba tapizado con hojas de árboles y por eso nunca lo vio Velino y cayó a él, provocando esta tragedia.


A seiscientos kilómetros de ahí, ya muy cerca de la parte más septentrional de la península de Yucatán, cuentan ciertos cartógrafos y antropólogos que no hace muchos meses, se ha establecido una tribu de nueve hombres, que decidieron aposentarse en una zona abierta, rodeada de pequeñas montañas, circundada por unos veinticinco cenotes que se cree que aún permanecen vírgenes. 


Nadie sabe de dónde han llegado estos hombres, ni cuándo se irán. Lo que sí es que cuidan y procuran mucho esta zona, la misma donde yacen estos hermosos cenotes sagrados y todos los días salen a cazar animales y a perseguir doncellas.




laj
Fin



martes, 28 de septiembre de 2010

Mi Mascota Gerarda

Desde hace muchos años había querido tener como mascota a una rata. Hace unos pocos meses que mi sueño desde niño se pudo hacer realidad. Todo empezó una tarde fría de enero que lavaba los trastes abstraído en mis pensamientos. Pensando siempre en el futuro. ¿Qué me depararía? ¿Qué sería de mí en unos meses? ¿Qué estaría haciendo en cinco años? ¿Cómo me veía?  Y todas esas cosas que uno se cuestiona cuando está en pleno uso de sus facultades de hombre joven. 


En un rincón por abajo del calentador que se encuentra muy cerca del fregadero, vi cómo algo se asomó e inmediatamente se escondió a toda velocidad. Sospechaba que podía ser una gran cucaracha, de esas que tienen alas y parecen más bien como ratones, del tamaño tan tremebundo que pueden llegar a alcanzar. Se sabe que las tortillas duras y las sobras de frutas y vegetales alimentan tan saludablemente a estos insectos que alcanzan dimensiones insospechadas. Deliberadamente dejé algunos trastes sucios para en la noche, para ver si volvía a aparecer ese animal que no pude distinguir bien a bien qué era específicamente. En la noche no hubo respuesta alguna. Y así pasaron dos semanas sin ver nada que pareciera raro o se moviera cerca de la zona de los trastes.


Esa tarde milagrosa, tallaba con la fibra los platos y la mugre que les colgaba. Al enjuagar, con el rabillo de mi ojo izquierdo pude notar la presencia de algo, nuevamente. Me estuve quieto. No me moví y volteé poco a poco la cabeza para ver lo que estaba ahí como esperándome. En la radio sonaba algo de Rod Stewart. 

Al voltear completamente pude ver a ese animal que para mí es la neta sobre todos los demás. Yo no quería ni un cuyo ni un hamster, gordos y perezosos. Yo quería a la reina de todas y todos. Agil, atrevida, astuta, osada, arrojada, agresiva, respetable, temida, nunca entendida. Quería una rata. Y una gran rata gris estaba ahí viéndome fijamente a mis ojos. Dicen los libros de ciencia que una roedor de estos tiene una sensibilidad más allá de lo imaginable y puede detectar que humano se puede acercar a ella para hacerle daño o quién se le acerca con intenciones nobles. Esta era de un tamaño no muy grande. Mediría unos cuarenta centímetros, más la cola pelona y rosa, rosa, de otro tanto. Desde ese primer instante que nuestras miradas se encontraron, pude admirar lo bella que era. Su pelaje gris plata brillante la hacía sin lugar a dudas un ejemplar de genética incomparable. Sin quitarme el ojo de encima se fue deslizando cautelosamente justo enfrente de mí. Estaba siendo salpicada por el agua de la llave que corría sin detenerse. Traté de adivinar qué era lo que quería este ser tan espectacular. Con cuidado quité un poco de los restos de jitomate que aún permanecían en un plato como sobras de la comida anterior  y con mis dedos pulgar e índice le acerqué un trocito con todo mi cariño y así lo tomó ella. Extendió sus dos patitas delanteras con una paz y una sumisión como nunca he visto cosa parecida. Me dedicó una mirada de tierna gratitud y agachó su cabecita para roer con calma su bocado. Mientras comía, cerré la llave del agua y volteó hacia mí como dándome las gracias. ¡Son unos animales bellísimos! 

Se lavó sus patitas o manitas, con más cariño y se me quedó mirando como diciéndome "¿me puedo quedar a tu lado?". Me sequé y le extendí mi mano derecha para que subiera a ella. Como que dudó. Los hombros se le elevaron debajo de toda esa alfombra peluda gris plata, para dar paso a un estiramiento sin mover las cuatro patas de su lugar. Entonces subió con mucha parsimonia, pero confiando en mí. Una vez arriba me hacía cosquillas con sus largos bigotes y parecía que era feliz. Yo sí que lo era. De niño había tenido un perro, pero no me gustó mucho porque cuando creció un buen día se desapareció y nunca supe otra vez de él. Esta mascota era tangible, real y nunca hubiera pensado en lo fácil que me había sido hacerme de ella. Creí que iba a tener que irme al basurero de la esquina, de noche y acechar hasta saltar sobre una de ellas, capturarla y adoptarla como mascota. No fue así.


Le llamé Gerarda. Era revoltosa y quién sabe si era hombre o mujer, yo le puse Gerarda.


Al llevarla a la escuela y al andar por la calle surtió el efecto que esperaba. La gente gruñía, unos vomitaban, niñas gritaban y hubo gente que trataba de pegarle con piedras grandotas. Al ver mi temple y que Gerarda no se les iba a los tobillos a morderlos, creyeron en mi palabra que era una buena ratita. Si hubiera sido persona hubieran dicho que era buena gente. Ella sabía quién se acercaba y con qué intenciones. Nadie nunca quiso acariciarla. Pero eso parecía no importarle. Me la pasaba dándole cachitos de bombones o de frutas o chocolatito, mientras yo estaba en clase o platicando con mis amistades. Como si fuera un halcón o un cotorro, ella andaba sobre mi hombro derecho muy digna, muy segura de que ése era su lugar: la cima del mundo. Cuando estaba muy contenta se paraba en sus dos patas traseras y ejecutaba una como marcha o baile, ahí la veía con orgullo y ella estaba radiante. Era una rata maravillosa.

                        
Gente del vecindario dicen que Gerarda mató a Don Cuco, pero yo les digo que él se murió de viejito. Ellos insisten que no, que la leptospirosis no da nomás porque sí. Da por estar en contacto con los orines o heces de los roedores y Gerarda convivía demasiado cerca de los vecinos. Nadie lo sabe, pero le daba agüita de los tinacos de la azotea. No nada más ha muerto este señor, ya van tres más y nueve más han enfermado de males, algunos raros y otras no tanto. Fiebre hemorrágica con síndrome renal, ébola, tuberculosis, hepatitis, salmnelosis, cólera, peste bubónica, tifus y rabia. 
 

Por cierto que Gerarda sí ha mordido gente, pero no es para tanto. Un día mordió a El Kansas, un muchacho sin hogar que anda de aquí para allá y que creo que no le pasó nada a él. La pobre rata mía ha estado con fiebre, diarrea y con un abundante vómito. Parece que se va a morir. La tengo hospitalizada y elevo mis ruegos para que esta gran mascota mía se salve. Ya le mandé decir una misa. ¡Ay! Estoy bien seguro que ella no ha tenido nada que ver con los males y muertes de la demás gente. Hace dos días me salió un escaso salpullido del lado derecho del cuello, donde solía cargarla, y siento un rarísimo dolor en la garganta que por ratos me impide respirar. Ha de ser por tantas presiones y tanto estrés que me ha provocado la enfermedad de Gerarda.




Fin
laj













lunes, 20 de septiembre de 2010

La Casona

La vieja casona de la calle del camellón con sus tres niveles siempre ha dominado el panorama de esa esquina donde está la escuela que es a su vez kinder, primaria y secundaria. Un añejo rumor se ha vuelto a esparcir en estos días. Dice la gente de la colonia que en esa casa espantan. En ella vivieron hace muchos años una familia conformada por un padre que era militar, su esposa y dos hijas de rostros bellísimos y de cuerpos envidiables. Tendrían en aquél entonces unos veinte y veintidos años, respectivamente. El frío polar que se siente al pasar por afuera de la casa es de antología. Es muy raro que uno vaya caminando y al pasar frente o a un lado de esta construcción antigua, el cuerpo perciba una estremecedora onda fría que enchina la piel.

El padre fue un general altamente condecorado en su labor en una guerra en el Oriente Medio hace más de veinte años. Su vida entera la ha pasado afuera de su casa sin ver crecer a sus dos hermosas criaturas. Su esposa ha sido la madre mexicana promedio. Descuidada, abnegada, sin cariño por parte del marido y pendiente del desarrollo de sus hijas Fernanda y Alejandra. Estas dos niñas, vivían normalmente, las dos estudiaban la universidad en aquel entonces. El general Enrique era un ser muy rígido porque así lo exigía la naturaleza de su puesto y las ganas de seguir manteniendo a otras dos familias más. Su esposa Graciela entendía que su destino era aguantar lo que el cielo le enviara de sufrimientos, pero siempre junto a su esposo y al padre de sus hijas. Graciela no repelaba, siempre estaba afanándose en hacerle grata la vida a su esposo infiel que llegaba a altas horas de la noche y en las mañanas se bañaba y se salía de la casa sin siquiera despedirse. Las hijas estaban acostumbradas a ser ignoradas por el padre. Ellas estaban en lo suyo. Fernanda, que era la mayor, tenía como novio a un muchacho que estaba a punto de recibirse como médico cirujano, y Ale ya planeaba su boda con su novio, un ingeniero civil con el que llevaba tres años de sana relación. Eran unas chicas normales, a pesar de haber crecido sin casi conocer a su padre.


Dice la gente que tiene más tiempo en los alrededores que una tarde el padre, en un arranque de celos asesinó a sus dos hijas con sus respectivos novios mientras comían junto con su esposa. Una bala para cada yerno frustrado y uno para cada una de sus hijas ilusionadas y envueltas en un manto de sueños truncados en ese momento. La escena fue indescriptible. Horrible, cuentan los policías que pudieron entrar a la vieja casona después del cuádruple crimen.


El general tenía tan buenas relaciones a nivel gubernamental, que una policía local no le iba a impedir seguir viviendo como a él le gustaba. Simplemente fue a presentar su declaración a la delegación y salió como la fresca mañana de ahí, para regresar a su casa. Entonces Graciela ya no encontró razón alguna para seguir tolerando las faltas de respeto y el que su exótico esposo la ignorara soberbiamente. Ella creyó que una vez que se llevaron a los cuerpos al servicio médico forense y su esposo a la delegación, él nunca regresaría. No contaba con las leyes y el personal de justicia que retuerce los caminos por apenas unos pesos.

La señora Graciela quedó muy afectada después de ver cómo impunemente su media naranja había asesinado a sangre fría a sus hijas y a sus prometedores novios. Después de haberles alojado una bala en la cabeza de cada uno, se sirvió un poco de bisteces con queso y un vaso con agua de sabor que estaban en la mesa. Graciela espantada llamó a la policía, pero ahora se daba cuenta que había sido para nada.

La historia citadina cuenta que una mañana , muy temprano, Enrique, el general retirado se estaba bañando disponiéndose para salir a Dios sabe donde, cuando Graciela enloqueció. Fue al garaje y sacó un recipiente de un litro donde su esposo tenía guardada la gasolina. Regó la puerta del baño y recargándose en ella se prendió fuego a manera de que las llamas y el mismo peso de su cuerpo arrinconaran eternamente a ese asesino mano suelta. Los alaridos de la señora se escucharon muy lejos de la casona antigua. Los dos murieron calcinados.

La señorita encargada de mostrar esta casa para poderla vender, dice que percibe algo muy extraño cada que le da un tour a los interesados en esta casa de tristes recuerdos. Generalmente quien se interesa es gente que no es del rumbo. Porque los que vivimos en la zona sabemos que a todas horas se oyen lamentos infrahumanos; discusiones a gritos, sollozos y maldiciones; aunque sabemos que la casa está vacía y nadie vive ahí. Los perros al pasar por fuera, como si vieran al mismísimo demonio, se detienen, pelan los ojos y salen aullando en dirección contraria. No hay persona de la colonia que no sepa que a esta casona se le conoce como la casa embrujada de la zona. 

Pareciera como si la familia de cuatro integrantes aún viviera ahí. A altas horas de la noche, entre las tres y las cinco de la mañana, se escucha el tintineo de copas chocando entre sí, brindando. Y después de unos minutos cuatro balazos espaciados por unos diez segundos entre uno y otro, acompañados de gritos de dolor espeluznantes.


La vendedora parece ser que ya encontró compradores. Es una familia de sólo gente adulta, un señor de unos sesenta años, una señora que debe ser su esposa de unos sesenta también y dos hijas de unos veinte y veintidos años, respectivamente.


El día de la entrega de llaves quise asomarme para ver el momento. Caminan despacio, pareciera que la vida les debiera algo porque ven con rencor a su alrededor, llevan la cabeza gacha, como tristes, como cansados. No debería decirlo, pero esa palidez cadavérica que noto en sus rostros me tiene intranquilo, preocupado.



Fin
laj




viernes, 10 de septiembre de 2010

Deudor

Ya no esperaba nada de la vida hasta que llegaste. Nunca creí que huir iba a ser el verbo que más repetiría y practicaría en mi vida.

Siendo la abonera incansable del refri, estufa y televisión que compré hace dos años y aún no acabo de pagar, tuve que salir de mi casa huyendo, dejando todo atrás y embarcándome a Alaska, para que ahí nadie me encontrara.

Supe por comunicación con mis familiares y amigos que te cobraste con mi casa.

No importa. Acá no gasto y no pienso regresar. Vivo en un iglú con siete parejas de eskimales que me dieron refugio a cambio de que pesque todo el día para ellos. Aprendí a comer focas, pingüinos y ballenas. Extraño mis frijolitos charros, esos que me hacía la Tía Lupe y las tarjetas de crédito.



Fin
laj




.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Progresando

No puedo olvidar el día que me quedé sin trabajo.


Mi ira estaba desatada. El disgusto existencial que tenía con la vida y con toda la raza humana, ese día había hecho crisis. Alcanzó su punto máximo cuando, estando en el súper, y casi a un paso de llegar a la caja a pagar mis mercancías colocadas en mi carrito, sin decir agua va, la cajera sacó un cartoncito que decía: "Fuera de Servicio" de uno de sus cajones y con veloz habilidad lo colocó en el espacio dispuesto para colocar la mercancía. Sacó el dinero de cada apartado de su caja y se fue caminando muy derechita de la espalda, desapareciendo entre la multitud de gente, con rumbo a las oficinas del centro comercial que estaban en un piso superior. 



Cuarenta y cinco minutos estuve parado esperando a pagar civilizadamente mis cosas y la fulana ésa realizó ese movimiento que me hizo dejar mi carrito cargado de cosas y salir enojadísimo. No tenía aire ni estómago para reclamar. Ese día en la mañana me habían corrido de mi trabajo después de treinta años. Dicen que se me vio mascando chicle dentro de las oficinas. Lo que se me hizo francamente injusto, pues sí mascaba chicle, pero en la cafetería y aún faltaban dos minutos para las tres de la tarde. Ese debió haber sido Juan Francisco, siempre me ha tenido tirria y no sé yo por qué. Supuse que había sido él porque cuando tomé mis cosas y me empecé a despedir, había una mirada brillante y triunfal en ese par de ojos café rata, que no podía ocultar. Mi salida le dio un gusto enorme. Siempre estaba riñendo conmigo. Me presumía cosas y luego, cuando yo le platicaba algo, creía él que se lo decía para hacerlo sentir menos. Está loco. El debió haber ido con el chisme con la señorita Claudia, de Recursos Humanos. Y ella tan chula. Ya no me pude despedir de ella, pues sólo trabaja medio tiempo y porque los cheques de liquidación los da el cajero, un chaparrito insignificante cuyo nombre nunca se me grabó.


Después de salir del centro comercial sin haber hecho una sola compra, decidí gratificar mi día tan malo con una cena en el restaurante que está saliendo por la puerta sur. Para pedir mesa hice una fila de unos diez minutos. Como nunca falta, una señora de bigotes güeros se metió y no faltó quien reclamó, entre ellos, yo. La pasaron de todas maneras antes, a la incivil aquella y su recua de siete personas. Había mucha gente, ya era de noche, casi las ocho y se notaba que las meseras eran insuficientes para esta tarea de atender tantas mesas. Con los nervios casi deshechos, tomé asiento y me tocó al lado de una mesa donde había tres niñitos de menos de cuatro años, los tres se pegaban, jugueteaban y gritaban a todo pulmón. En la parte de atrás estaba una mesa de adolescentes toma-café que van a ligar a la mesera y se la pasan pidiendo tres horas de puro cafecito de dieciséis pesos. La música ambiental tocaba Abba, luego Phil Collins y alcancé a oir a Rod Stewart antes de levantarme y hacer uno de mis escándalos que a veces son necesarios.


Pedí hablar con el Gerente, pero éste era un individuo que se veía que apenas comenzaba en estas labores del trato con la gente y a trabajar en su vida total. Las mangas del traje le cubrían las manos y la corbata la traía toda chueca. Los pantalones del traje azul marino brilloso, brilloso, tapaban por completo unos zapatos que se adivinaban ya muy gastados a juzgar por el grueso de las tapas que en un descuido se asomaban por debajo del largo pantalón. Su bigote mal afeitado y un olor a sudor del Metro, así como un gallote en la cabeza, me hicieron incomodarme más. Habían pasado ya quince minutos y nada que me servían mi hamburguesa. Al irme a sentar vi que la señorita ya traía mi orden y de inmediato pedí la cuenta. Se tardó otros quince minutos en llevármela. No le hace, la espera ya no fue tan ardua, pues comiendo hamburguesa y bebiendo café me tranquilicé un poco. 


Al revisar mi cuenta vi que me había dado otra, por supuesto más cara. Era la cuenta de la señora de bigotes rubios con siete acompañantes, que estaban ya en la caja, nada tontos pagando una cuenta que era como cuatro veces más barata de lo que debían pagar. Queriendo correr a la caja, una mesa de nueve viejecitos, cada uno con una andadera me impidieron el paso, traté de hacerle ver a la mesera su error y ella lo negó todo. Me advirtió que esa era mi cuenta y que si no quería pagar que lo viera directamente con la policía que estaba en la puerta. Una policía chaparrita, morena, con ojos de espanto y con la mirada perdida cuidaba el local.  No había cómo pasar delante de estos venerables señores que me impidieron evitar agarrar a la güera bigotona y sus secuaces. Esperé. Pensé que si la policía estaba ahí era experta en desentrañar misterios y arreglar conflictos. Antes de pagar pasé con ella y de tirón le expliqué el malentendido que había ocurrido con mi cuenta. Adjetivos más, adjetivos menos, después que acabé mi monólogo le pregunté: "¿Qué me aconseja hacer?". Ella, con esa cara de simio y con una comprensión cero del asunto, se limitó a preguntarme con un hosco sonido, creo que un gruñido proveniente desde lo más profundo de su garganta: "¿Muhhhééé?" 


No pagué la cuenta. Se la sorrajé en la cara y salía  toda prisa de ahí. Ya oía a las patrullas tras de mí y siendo yo más listo crucé por las callecitas para ir a mi casa en vez de andar por las avenidas. Abriendo el zaguán de la puerta principal de mi casa, una mano se posó sobre mi espalda acompañada de una voz que me dijo: "¡No ponga resistencia y acompáñenos al M.P.!"


Después de tres días de estar en los separos, me hicieron pagar la cuenta y al final salí. En esas setenta y dos horas conocí a lo más granado del hampa de la zona. El Chino, sujeto que vende artículos de dudosa procedencia en las calles de la colonia; El Sapo, un chavo todo idiota, que a cada rato lo refunden por andar manoseando mujeres y hombres en los microbuses; El Hierbas, cruel comerciante de droga en pequeño, consigue de toda clase, tamaño, tipo y origen; y El Neto, recio hombre de negocios con tratos entre las policías de todo tipo y clase en el país y allende las fronteras.



Adentro me hice de contactos muy interesantes. Ya basta de andar dejando currículas aquí y allá para que luego ni me hablen. Ahora he empezado a vislumbrar un negocio que va a cambiar mi vida y la de los míos. El progreso está a tiro de piedra.



Fin
laj



viernes, 20 de agosto de 2010

Risueño

Siendo rey Felipe II en España, en México en la época de la Colonia existieron Tribunales Eclesiásticos establecidos para inquirir y castigar los delitos contra la fe. Antes de llevar a cabo sus acciones de castigo, se le daba un "tiempo de gracia" al acusado, que era el periodo de un mes. Se efectuaban predicaciones para efectuar autodenuncias, tras las cuales el autodenunciado y por lo tanto, arrepentido, era perdonado. En caso que el acusado no se arrepintiera de su grave falta de fe, se le iniciaba un proceso, condenando a los que no se arrepentían y a los llamados "relapos" (reincidentes de herejía) a diversas penas, entre ellas estaba la máxima que era morir quemado en la hoguera. Se buscaba la confesión del acusado, para lo que la Santa Inquisición creo el método de la tortura.


Como conocemos, había diversas clases de torturas para que la gente dijera que sí, que había tenido pensamientos impuros, o que se habían acostado con alguien que no fuera su respectivo cónyuge o que se habían robado algo, o lo que es peor:  que hubieran renegado de la fe teniendo otra religión u otro ser a quien adorar que no fuera Dios. Suciedad personal, también. Si practicaban adivinación, brujería o superchería, también. Aberraciones sexuales y cosas no establecidas en la Biblia eran consideradas dignas de castigo. Animalismo, igual.


 Todos se vigilaban entre sí y ay de aquél habitante de la ciudad que lo encontraran en alguna de las faltas anteriores porque de inmediato corrían a avisarle al Santo Oficio conformado por sacerdotes ordenados para guardar la fe y pugnar por la salvación de las almas de sus fieles. 
Entre las actividades de tortura estaba: las cosquillas directas a las plantas de los pies descalzos de los acusados con la pluma de una pichón peregrino, muchos ya no llegaban al juicio porque morían irremisiblemente de la risa. 

Una muy cruel era hacerles la clásica "bolita"; entre diez a doce sacerdotes se arremangaban la sotana y al sospechoso de haber atentado contra las buenas costumbres eclesiásticas lo colocaban en la esquina de un calabozo y cada padre se le echaba encima con saña. Cuentan historias que aún se conservan en libros antiguos, que generalmente la víctima de esta cruel tortura acababa confesando su pecado. 


El potro de castigo, era algo sumamente doloroso. A quien estuviera señalado lo acostaban en un potro de salto, como el que se utiliza en la gimnasia y lo extendían boca abajo, teniendo cuidado de amarrarle bien las muñecas y los tobillos a dos postes que se hallaban uno delante y otro detrás del aparato. Estas cuerdas que sostenían al infeliz que padecía este trago amargo, a su vez lo jalaba una polea estirando al máximo su cuerpo y, o confesaban o se morían con las vísceras, pulmones y vértebras reventados. 



Los garrotazos era de lo más efectivo. Había quien aguantaba hasta treinta y cinco golpes en la cabeza antes de decidir decir su falta. Los que no, se desvanecían muertos frente a la gente que no se perdía estos perversos espectáculos.



La ley fuga con piedras de gran tamaño era otra bestialidad de estos animales atrasados.
Una era matarlos de aburrimiento enviándolos a un convento en completo estado de aislamiento. No veían a nadie y se la pasaban todo el día dentro de una pieza que sólo contaba con un catre y un cubo de madera para ir por agua al río sólo una vez por día; adentro de un gran castillo enclavado en las montañas.
Los colgaban del cuello como si los fueran a ahorcar y cuando la cabeza se empezaba a separar del cuello los soltaban. Así una y mil veces hasta que pasara  lo que tenía que pasar.
Los agarraban de los pulgares y justo a la mitad del dedo de cada mano los trepaban a un árbol esperando  resultados favorables. Claro, si antes no se separaban los dedos y los castigados no se desangraban.



 Con el paso del tiempo, estos desalmados de la Inquisición fueron creando instrumentos ya no de tortura, sino de tortura y muerte. Hablando de éstos últimos, crearon un sarcófago tipo egipcio, en el que al infeliz que se sospechaba de él o ella, los metían de pie, con los brazos pegados al cuerpo y extendidos y desde abajo hasta arriba y por dentro, tenía unos picos de acero tan puntiagudos que al cerrar el sarcófago, los treinta picos que tenía de cada lado, se clavaban en la piel del desdichado que se encontrara adentro y le reventaba todo el cuerpo en un instante. Guillotina, jaulas de tortura, silla de clavos, aplanacerebros, emparedados por paredes, cinturón de castidad para él y para ella, fueron algunas de las lindezas que cvrearon estos hijos de Satán.



Cuando ella o él confesaban alguna falta, cada miembro del tribunal platicaba a solas con el acusado., se les obligaba a usar el Sambenito, ese capotillo que llevaba gorra y los cubría durante unos quince días, mientras se les pasaban las ganas por seguir delinquiendo en contra de la iglesia Católica. Así, la demás gente los reconocía como pecadores que estaban tratando de ser salvados de las garras del mal. Si era dama y joven, generalmente les pedían favores de la carne. ¡Todo está documentado! Si eran hombres, les pedían que se portaran bien y los obligaban a dar una cantidad de limosnas o tierras o propiedades de por vida, a estos padrecitos abusivos. Ellos sí juzgaban y aplicaban la sanción que mejor les parecía, pero, ¿ y a ellos quién o quiénes los juzgaba y castigaba? Nadie.



Eran tan exagerados estos señores de la Santa Inquisición que un día se llevaron a un señor que se estaba sacando un moco abajo de un poste. Después en el juicio dirían que no fue el hecho de escarbarse la nariz, sino el placer gozoso que reflejaba el rostro de este individuo que murió ahogado en un tonel de agua, al practicarle varias inmersiones tomándole de los cabellos y obligándolo a tragar agua y a respirar casi nada. Sus pulmones reventaron.


 La gente al ser gente siempre estaba tentada por las debilidades propias del ser humano. Los siete pecados capitales y más se asomaban a diario y sólo hacía falta un chismoso para que se llevaran a alguien a ser torturado. Agarraban parejo tanto con hombres como con mujeres.


Todos los señalados esperaban siempre evitar morir quemados en leña verde, que era la pena máxima que decidía el supremo Tribunal, cuando veían y reconocían que el mal provocado había sido exageradamente mayor. Aunque no siempre era así. Dependía mucho de qué humor hubieran amanecido los padrecitos. Cuentan los libros que una vez quemaron a una señora acusándola de bruja porque una vecina la vio haciendo monitos tipo vudú y les clavaba agujas. La señora se espantó tanto que nunca pudo explicar a estos venerables señores de la Santa Inquisición, que eran sus trapos que hacía para ejercitar sus manos porque padecía artritis. La quemaron ahí donde ahora es el Zócalo de la Ciudad de México. Un domingo a las doce del día para que nadie se quedara sin asistir.


La Santa Inquisición dejó de hacer tanta infame actividad cuando un domingo en la tarde, degollaron a un campesino que lo encontraron alzándole la falda a una señora que no era su esposa y, lo que los obligó a declarar la muerte inmediata fue esa cara, siempre la cara, de placer que puso después de ver hacia adentro de lo más íntimo de esta señora que, por cierto, dice la historia, nunca se quejó. 


Al campesino le dio un ataque de risa justo cuando lo conducían a colocarse para que le separaran la cabeza con una pala muy afilada. No mostraba resentimiento, menos arrepentimiento y sí mucha diversión. Se veía que la estaba pasando bien. El verdugo muy en lo suyo. En la parte de atrás de donde se encontraban el condenado y el encargado de darle muerte, estaba una mesa con doce sacerdotes frotándose las manos para ver sangre. Sus ojos estaban desorbitados, esperando que la cabeza se desprendiera del cuerpo. Pero empezaron a ponerse incómodos cuando la risa del condenado los comenzaba a contagiar. Apuraron la orden para que el verdugo diera el lancetazo mortal y lo hizo. ¡Crock! El golpazo fue certero y rápido. Se vio que no sufrió el pobre campesino. Pero, siempre hay un pero en la historia de cualquier país. Su cabeza rodó unos seis metros y nunca cerró los ojos. De hecho, seguía riéndose más aún de que todavía su cabeza estuviera unida a su cuerpo. ¡Su cuerpo se convulsionó y se puso de pie! ¡Comenzó a bailar con una gracia que la gente que se congregó a este espectáculo ya estaba agarrando el ritmo y querían bailar al son del cuerpo sin cabeza! La cabeza, a la distancia, seguía los contoneos de su cuerpo ¡y se reía de sí mismo! Más de uno de los sacerdotes del Tribunal Supremos de esta infamia llamada Santa Inquisición, pidieron ser relevados y algunos más salieron a España de inmediato, olvidándose de sus fieles seguidores y de salvar almas por medio del castigo inhumano.


Ese día se puede buscar en la Historia de México y en los archivos nacionales como la Tarde del Risueño. La cabeza de este campesino se dejó de reír hasta el otro día. El cuerpo sólo bailó dos horas más después de que los padrecitos salieron vomitando y huyendo hacia su patria.



Durante dos semanas sólo se habló de esa tarde, de la cabeza risueña y del cuerpo bailarín.





Fin
laj



jueves, 19 de agosto de 2010

Al Pie de los Volcanes

Hace exactamente veintitres años, una mañana de agosto, agarré mis pants, me puse mis tenis, mi gorra de estambre negra, una sudadera de algodón bien calientita, como veinte pesos y mis llaves. Salí del departamento. Aún la madrugada sabía a noche. El esmog estaba abajo, flotando a la altura de los ojos. Los ruidos que invadían mi alrededor eran de automóviles que se oían en mi camino a la calzada Zaragoza. Al lavarme la cara desperté más rápido que siempre. El frío era normal para esas horas y para esa época del año. 

Había una ruta de microbús que decían Ozumba y que era exactamente el que debía abordar para llegar al lugar de entrenamiento. Eran casi las seis de la mañana y el transporte ya llevaba media ocupación. El tryecto lo tuve que hacer la mitad de pie.


Los amantes de la carrera han de saber que entrenar a un nivel más alto al de la ciudad de México-- que ya de por sí es alto, 2240 metros sobre el nivel del mar--, hace que los pulmones y el corazón crezcan y la sangre se nutra con más oxígeno. Por lo tanto, se adquiere una condición física de excelencia. A los maratonistas mexicanos se los llevaban al Nevado de Toluca y a los andarines, los llevaban a hacer campamentos de altura en La Paz, Bolivia.


Mi entrenador en ese entonces fue un corredor que nunca logró destacar tanto como algunos otros entrenadores que llegué a tener más adelante. Pero era una persona divertida. El Enterrador, le decían algunos miembros del gremio. Así como era, había acondicionado el pequeño pedazo de tierra plana al pie de el Popocatépetl y de la Mujer Dormida, ahí en Amecameca, para entrenar con sus quince o dieciséis elementos humanos que lo acompañaban a entrenar a Chapultepec, el Desierto de los Leones, La Marquesa, o donde él decidiera dónde se correría, qué días y a qué hora. Yo era uno de esos elementos. Mi hermano, otro. Ese día no me pudo acompañar no sé por qué.



Me bajé del microbús a las siete y cinco de la mañana y caminé como siempre unos dos kilómetros hacia unos maizales y al lado de un riachuelo, flanqueado por unos árboles frondosos que hacían ir viendo al lugar como digno de una postal. Era un paisaje memorable, de verdad. El cielo me recibió con esa limpieza que sólo se ve en lugares afuera de las ciudades. Un azul portentoso y una que otra pluma blanca en el cielo que pretendían ser nubes.El camino me iba acercando a los dos imponentes y majestuosos volcanes que poco a poco iban caminando hacia mí. El viento que soplaba era no frío, era helado. Helado pero aguantable. Era ese rumor gélido que poco a poco se va metiendo a la nariz y por arte de magia saca líquido de la misma .No se puede controlar. El mismo clima abrazaba a mi cuerpo y era necesario moverme, hacer calistenia, empezar a calentar, a correr.


Llegué antes que todos. La cita era a las ocho y faltaba media hora para saludar a los amigos que poco a poco se irían reuniendo a la hora acordada. Decidí comenzar a correr. Ese día, según mi bitácora, me tocaban correr quince kilómetros. En ese entonces era como decir: come un helado. Los hacía con gusto, con muchas ganas y con una emoción de niño. Calculé que el circuito tendría unos cuatro kilómetros. Recorrí una recta como de ochocientos metros, era un camino plano, de tierra dura. A mi lado nacía una ladera que me indicaba que subiendo unos dos metros de esa lomita había todo un campo maíz, que corría paralela al camino de terracería. Era muy cómodo pisar esa tierra. El panorama se había hecho un poco agreste, pero los volcanes quedaban a mi espalda. Después de la recta inicial venía otra recta con una inclinación de unos cuarenta y cinco grados hacia la izquierda. A mi izquierda siempre estaba la lomita y arriba los maizales, del lado derecho estaba pelón, descampado, el único árbol que se veía estaba como a unos dos kilómetros. Cuando se acabó esa segunda recta estaba otra pequeña de unos doscientos metros. En la terminación de este tramo del circuito que corría, se asomaban unas cinco casitas de lámina y afuera de ellas estaban unos seis perros que al verme se levantaron y a lo lejos empezaron a ladrarme. Estaban lejos. Sabía por consejos de mis padres, de familiares y de amigos que no debía tenerles miedo y demostrarles quién era el que mandaba bajo cualquier circunstancia y en cualquier lugar.

El aire frío del lugar se había convertido en una mezcla de calor incómodo con el movimiento de cada zancada. Las mejillas las sentía ardiendo y me deleitaba oyendo mis pisadas sobre esa pìsta improvisada que la naturaleza me regalaba. Mi respiración se acompasaba con mis pies. Era un concierto de sonidos sordos, de bajo volumen. El sudor me humedecía la espalda y la cara. Los volcanes con sus picos nevados me seguían ahora de mi lado izquierdo. En pocos metros estaría nuevamente de frente hacia ellos.


Me acerqué como si nada a estos cánidos, pensando que al verme sin temores, se estarían tranquilos rápido y se irían. Pero no. Mientras más me acercaba, más enojados y más cercanos los veía. Yo tomé las cosas con calma y estaba pensando qué hacer mientras seguía corriendo a mi paso veloz.. Cuando de plano los vi como a veinte metros, ágilmente di media vuelta y traté de ganarles por velocidad. Lo hice preventivamente, para que no me molestaran. Pero fea fue mi sorpresa al ver que al dar el giro sobre mi propio eje, ya estaban royéndome los tobillos y ladrándome a la altura de la cintura cuatro perros de esos seis que había visto hacía apenas unos instantes. Dos los traía ya a los lados y los otros dos  ¡iban enfrente de mí!. Me dio mucho miedo, debo confesarlo. No veía ningún sitio para guarecerme o algunas piedras para atacarlos. Quien sabe si me hubieran dejado hacer algo, pues los traía salte que salte pegados a mi cuerpo, que no se cansaba de correr a toda velocidad. La boca me comenzó a saber como a cobre, el corazón tenía unos latidos mucho más rápidos que los que yo conocía, sentí que se me iba a salir la pipí, el momento era muy difícil. ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!


Traté de dar un golpe de timón para despistarlos y subí a la lomita donde arriba había sólo tierra floja y la huella de maizales. Lo bueno que tenía una condición física muy buena porque a partir de ahí mis pies se hundían zancada tras zancada en la tierra suelta que más bien parecía agua. Aun así, ahí iban los perros tras de mí. Angustia y ansiedad era lo que sentía mi cuerpo.


Me miraban con un odio infinito. Me cansé de que estuvieran divirtiéndose así conmigo, de esa forma tan abusiva y con todo el volumen que aún tenía mi voz después de semejante sustazo me detuve y como si estuviera celebrando un gol, cerré los puños con la cabeza viendo hacia el suelo y haciendo el tronco hacia adelante comencé a gritarles con voz en cuello: "¡Ya cabrones!", "¡Déjenme!", "¡Por favor!", "¡Yo no les estoy haciendo nada!" "¡Yaaaa!".


Mi treta sirvió. No se me ocurrió hacer otra cosa. El cansancio y el terror me orillaron a eso. En ese instante sucedió algo mágico. Como si fueran unos animales mansos, nobles y buenos, sus miradas cambiaron de una de odio infernal a una de ternura y alegría. Los perros, que eran de buen tamaño los cuatro se voltearon a ver entre sí y hasta sus ladridos cambiaron el tono. Puedo asegurar como que dijeron: "¡vámonos!". Y aún más, por las miradas que me echaron los cuatro, pienso que hasta se despidieron de mí. Se dieron cuenta que yo no les iba a hacer ningún daño, que era una buena persona.


Sentía la cara color verde. No tenía saliva. Las piernas apenas me sostenían, se iban bamboleando de un lado a otro. Me fui caminando sobre los maizales y a lo lejos vi a unos señores trepados en unos tractores, pero muy a lo lejos. Cuando llegué al punto de reunión con mis amigos corredores, nadie notó mi palidez de muerte. Cuando uno corre muchos kilómetros es normal perder muchos nutrientes y más normal es andar siempre con caras color amarillas o verdes. Sólo me mareé horriblemente después de saludar a todos, se me nubló la vista y al voltear a ver a los mayestáticos monumentos de volcanes que habían visto todo, noté un alivio instantáneo.





Fin
laj


martes, 10 de agosto de 2010

Muertes Raras IV

Isaías tomaba alcohol con sus amigos y jugueteaba alrededor de las albercas del balneario donde estaban de visita ese fin de semana. Se sabía entre toda la palomilla que a Isaías se le botaba la canica cuando se ponía ebrio. Cuando no se ponía a llorar, le daba por echar pleito con cualquier persona extraña que pasara por donde estaban tomando. Si estaban bebiendo en algún lugar cerrado, el pleito era directo con los meseros o con el personal del bar. Si era al aire libre, algo se le ocurría para estar de desastroso. 


Esa, su última noche en ese lugar lleno de albercas, hizo algo impensable. Discutía con Alfredo que él había sido un famoso clavadista y su amigo se reía en su cara diciéndole que era un mitómano. "¡No! ¡Tienes que creerme, fui casi seleccionado a las Olimpiadas de 1992 en Barcelona, España!", gritaba con voz en cuello. Alfredo se divertía, retándolo: "Tú no eres mas que un pinche pedote". Irritado como nunca se decidió a mostrarle a su amigo que lo que le estaba diciendo era cierto. Dejó su vasito de plástico lleno de ron en el pasto y poco a poco y como pudo se fue desvistiendo hasta quedar en trusa. Los demás sólo le reían divertidos al ver qué barbaridad iba a hacer esta ocasión. 


"¡Mira!", y corrió como poseído a aventarse a la alberca más lejana de las cuatro que estaban cerca de donde convivían.  Su cuerpo elástico se elevó una altura respetable y lanzando cabeza, hombros, brazos y manos hacia adelante, se proyectó al agua con la plasticidad y gracia de un guepardo persiguiendo a una gacela.

¡Poink! 

La oscuridad de la noche y el torrente sanguíneo llenó de alcohol de este ex deportista, no le permitieron fijarse que el pedazo de agua que escogió para aventarse era el chapoteadero. Su cabeza la dejó regada adentro de la alberca para niños y su cuerpo quedó inerte.


Lamentable.



Fin
laj