domingo, 8 de agosto de 2010

Asesor Presidencial

Loquito le dicen sus compañeros de trabajo. Su frágil figura aniñada lo hacen verse quince años más joven de lo que realmente es. Nunca se peina. No es necesario. Su pelo echado para adelante no le crece y nunca se le cae, permanece fijo en su cabeza de forma de gota de agua. Todos los días llega al Palacio Municipal a trabajar en su puesto de auxiliar de la dirección. Con su voz chillona y de gran volumen, Miguelito atiende los requerimientos de su grupo de trabajo. Si es necesario va hasta por las tortas. Es un ser noble dentro de toda su locura. 
Sus colegas de labor lo conocen desde que siendo un adolescente entró a trabajar al Municipio. Ha visto pasar a siete presidentes municipales y uno de ellos llegó a ser secretario de Hacienda hace dos sexenios.


Sucede como en muchos casos que Miguelito es un arma secreta para el partido en el que radica desde hace mucho tiempo. Nunca acabó la primaria como todos los munícipes del pueblo, pero se dedicó de lleno a hacer crucigramas, a ver programas de concursos y a oir el radio cada que podía. El no tiene nada en la cabeza anormal, sólo sabe más que cualquier persona del poblado. La estrategia desde entonces ha sido cuidarlo y abanderarlo de tal manera que siga asesorando a todos los insignes presidentes municipales del lugar para que saliendo de aquí, gracias a este Miguelto, se sigan animando por pelear un lugar para presidentes de la República. Un diamante pulido, este asesor encubierto.
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laj

Fin

Cada Quien

Aurelio es un joven veinteañero que tiene aún cara de niño, pero cuerpo de señor. Las penurias de trabajar en el ramo de la construcción lo han hecho multiplicar sus carnes. A pesar de la rudeza de sus hombros, espalda y brazos, la carita de niño suaviza el entorno global de todo su cuerpo.

Una mañana dominical iba a hacer ejercicio al deportivo que queda por su casa. Intempestivamente, una perra que traía jalando de su cadena una morena delgada con caderas perfectas, se le abalanzó y se le aventó, mordiéndolo en el cuello. La dueña, de nombre Sheily, que parecía una mujer que exclusivamente existía en las revistas, en los eventos donde hay actrices y modelos, se acercó a quitarle a su animal, la Güera.


Pero sucedió algo muy loco. Los dos... ¡se enamoraron! 
Después del susto para Aurelio, se comenzaron a abrazar con ternura sin igual. Un brillo en los ojos de ambos dio lugar a unos besotes de ensueño. En la boca, en el cuerpo, en todas partes. Le lamió con sensualidad la sangre que en ese instante manaba de su cuello de campesino rudo. Se olvidaron del tiempo, de la vida, de todo. Sólo se estaban amando fundidos en un abrazo excepcional. Unico.

Próximamente se anunciará a toda la comunidad el enlace matrimonial de esta nueva pareja.

La Güera será desposada por Aurelio, recio hombre de palabra. Se espera que los padrinos por parte de La Güera, la perra, sean su ama, Sheily y su novio, Ezequiel. Por parte de él, sus padrinos serán su madre, Rosy y su padre, Alonso.
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¡Enhorabuena!




Fin

domingo, 25 de julio de 2010

Médicos


Es increíble lo que le acaba de pasar a doña Trini, la del seis, esta semana en el hospital de zona de la colonia donde vivimos. Cuenta ya repuestita la vecina que, unos fuertes dolores en el estómago, del lado derecho y en la parte baja, por donde está el hígado, la llevaron a consultar a su doctor. El facultativo le dijo que era cuestión de vida o muerte internarla de inmediato. Doña Trini siguió al pie de la letra las instrucciones del médico y no le dio tiempo siquiera de regresar a su casa. Avisó a sus hijos y esposo y de inmediato la vistieron para operarla de probable cáncer maligno en el estómago, con ramificaciones hacia el hígado. Estaba un poco incómoda porque llevaba tres días sin bañarse y no por sucia, sino que, como es común en esta ciudad, en la colonia donde vivimos falta el vital líquido muy seguido. El galeno la roció con alcohol y después de esperar a que el anestesista hiciera su parte,comenzó con el ritual. Las enfermeras en turno, asistían con una responsabilidad encomiable a su jefe.
Doña Trini despertó en su cuarto, bueno, no. No era propiamente su cuarto, mas bien una gran habitación que compartía con once camas más, con sus respectivas pacientes encima de cada una de ellas. Había mujeres que esperaban dar a luz, dos lo acababan de hacer, una estaba agonizante y tres más por enfermedades disímbolas entre sí: anemia, tifoidea y lupus. Era un mosaico multicolor ese lugar. Sólo había un familiar por cama porque como es hospital del gobierno, no puede estar más de un pariente con el enfermo y se deben estar intercambiando una tarjeta los familiares, expedida por el mismo instituto benefactor para entrar y salir del mismo.


Cuenta doña Trini que al despertar sentía más dolor en el estómago que al ser ingresada a la sala de operaciones. Señora de cuarenta y cinco años, menudita como era, no toleraba esa incesante punzada, ahora ya no en la parte baja de su lado derecho, sino en todo lo que se dice panza. Gemía y lloriqueaba, pero su hijo, Tomás, que era el que tenía el turno y la tarjeta, la animaba y le decía que era normal; que pronto estaría bien. Eran cerca de las once de la mañana, la operación no duró ni dos horas, pero la señora Trinidad se las estaba viendo duras.  Alrededor de la nueve de la noche, las demás residentes en ese lugar de dolor estaban ya hartas de que la señora Trini no respondiera ni a las medicinas ni al paso del tiempo, que se supone cualquiera de los dos ya la hubieran hecho mejorar por ser la hora que era. La mujer que agonizaba, en esos momentos exhaló su último aliento. La enfermeras llegaron como cuarenta minutos después y como quien mete a su perro a la cajuela del auto, estas insensibles damas de blanco, con caras de fastidio, la retiraron de la cama, desconectaron todos los aparatos, la colocaron en una camilla, se la llevaron sabe Dios a dónde y volvieron a tender la cama con otras sábanas. Así, como si fuera cualquier cosa.
Entonces, como no dejaba dormir a las demás con sus ayes de dolor y su llanto cada vez más escandaloso, decidieron llamarle al doctor que la había operado. Le llamaron y de inmediato se regresó al hospital este adalid de las causas difíciles. Lo agarraron adentro de la estación Salto del Agua del metro, ya iba a punto de transbordar con rumbo a su casa en el oriente de la ciudad. Atento y educado, regresó a seguir cumpliendo con su deber.

Al volver a abrir la misma rajada previa, el médico casi se desmaya. Lo que vieron sus ojillos rojizos y rasgados, fue algo digno de comentarse en todos los círculos sociales y en todos los estratos posibles de este México tan nuestro. Una cubeta de plástico de esas de veinte litros iba poco a poco apareciendo, primero una asa de metal redondeada, que, seguramente era la parte del objeto ajeno al cuerpo de esta señora lo que más le molestaba y dolía. Después poco a poco fue saliendo el contundente artículo de limpieza de su estómago. Uno pudiera pensar que fue un error humano y que a cualquiera le pudo pasar, pero lo que de plano el doctor ya no toleró fue que la cubeta aún traía adentro de la misma, ¡la jerga para trapear los pisos con un poco de agua y oliendo mucho a clarasol!


Al averiguar qué pudo haber pasado, todos quedaron convencidos con el acto de contrición de una de las enfermeras que estuvo presente en el lugar de los hechos. Casandra contó su verdad.


-- Estábamos la Julia, Albina y yo tomando cafecito, doctor, después de que usted hubo acabado la operación, cuando vino doña Mary, la del aseo, ya sabe que le gusta andar metiéndose aquí y allá. Por cierto, antes que se me olvide, creo que se le olvidó suturarle bien la herida a la paciente porque doña Mary, ya ve que es bien metichota, se metió al quirófano y ahí andaba jugando con su cubeta de plástico dándole vueltas en su misma mano como si trajera un aro hula-hula, o algo parecido. Sonó la chicharra de emergencias y las tres enfermeras que estábamos aquí salimos corriendo a toda prisa. Doña Mary se quedó solita y ya ve que es bien maldosa, pues no dudamos que ella haya querido comprobar una teoría añeja que ha tenido en mente. Dice que si se han quedado tijeras, bisturís y fórceps dentro de las panzas de algunas desafortunadas mujeres, ¿cuál sería la diferencia que se les quedara atorada una cubeta de plástico? Y así las cosas, doctor, segurito fue ella.


El galeno sólo suspiró por haber encontrado la verdad y suspendió dos días a las tres enfermeras por descuidadas. A doña Mary consiguió que el área de Recursos Humanos le diera un castigo ejemplar. De estar trabajando en todos los pisos, ahora sólo iba a poder estar en el de los recién nacidos, el 3, para que procurara tener más cuidado y atención con su trabajo.


¡Se lo merece!


A doña Trini realmente no le pasaba nada. Sucede que esa mañana había hecho un gran coraje con el señor del camión de la basura, que al dejarle las bolsas y darle los buenos días, el empleado de limpia no le respondió, y al echarle moneditas al botecito que invariablemente traen los camiones de basura para que la gente coopere para el refresco, no le dijo gracias. Entró en un estado de enojo que le provocó esos dolores tan tremendos en el mero hígado. Ya ahí anda como nueva con una rajada en la panza de treinta y siete puntadas. 


Con la extracción de la cubeta, se cierra un capítulo más en nuestro país de lo admirable y resistente que puede ser el cuerpo de las mexicanas.




laj

sábado, 24 de julio de 2010

Aparición Caribeña


Trabajo en la recepción de un hotel en una de las joyas turísticas del país. El BBG. En plena parte alta de la península de Yucatán, el negocio ha ido creciendo de tal modo que los dueños han adquirido los dos pequeños hoteles que le circundaban, uno al lado izquierdo y el otro en la parte opuesta.  En la expansión el hotel original está cada vez más grande. Y cada vez ganando más playa.


Este lugar está indicado para gente joven, soltera que viene a deschongarse. Hay espectáculos específicamente para adultos, van strippers y bailarinas exóticas, y hay un día en la semana que se llama "everything goes", todo se vale, en español. Es el día que más trabajo tenemos y más gente va. No necesariamente son huéspedes, pero en el patio central del BBG desfila cualquier cantidad de turistas, generalmente intoxicados con alcohol o alguna droga de esas inhaladas o fumadas, sin riesgo de ser sancionados, pues estando adentro del hotel nadie está en riesgo de perder su libertad. Amén de que uno de los dueños es miembro del Consejo de Administración de la Asociación Mexicana de Hotelería.


En cada uno de los cuatro restaurantes con los que contamos, Comida Italiana, Comida Oriental, Comida Mexicana y Comida del Mar, se pueden ver a los comensales muy decentes tomando sus sagrados alimentos. Respetando el dress code, código de vestimenta, de cada uno de los locales donde se sirven las deliciosas viandas especializadas. En unas horas más tarde-- el espectáculo empieza a las 11.30 y acaba como a la una de la mañana-- todos están absolutamente transformados. Nosotros como empleados del lugar no tenemos acceso al show. Pero después nos dejan ver los animadores algunas de las fotos que llegan a tomar dentro de sus espectáculos. Es algo para estar despierto toda la noche. No hay escenas de coitos, ni de cuestiones de actividad homosexual. Todo lo demás, sí. Hay una gran holgura en cuanto a cuestiones éticas o de moralina barata. Quien decide entrar al show sale con pareja cuando menos para esa noche.


El hotel, con las adaptaciones de crecimiento se ha hecho muy grande. De tener originalmente 104 cuartos, ahora ya cuenta con 389, debido a la anexión de sus dos ex competidores anteriores. Al entrar al BBG hay que caminar por un pasillo de unos quince metros de largo donde hay cuadros colgados de litografías de la revolución mexicana y sarapes muy mexicanos, del otro hay un extenso espejo que seduce a los visitantes. Al acabar el pasillo, del lado izquierdo está la recepción donde les damos entrada y salida (check-in y check-out) a los huéspedes. A partir de ahí si uno toma hacia la izquierda se va al hotel más antiguo, que son dos edificios paralelos, uno enfrente del otro. Se unen al final como en una herradura cuadrada y se intercomunican con un pasillo por cada piso. Los balcones se encuentran cara a cara y enmedio de ellos hay un andador con prados muy cuidados y flores diversas sembradas y gigantescos árboles que en el día dan una sombra salvadora. Antes de tomar el pasillo central, sale otro pequeño andador que da a la piscina principal. En las noches siempre está el bar abierto y hay hot dogs hasta las tres de la mañana, hora que acaba el servicio.


Hace dos años, Jacinto, un chef que tenía problemas de ansiedad desde que se separó de su esposa, se suicidó en el ala sur del hotel, en la última parte anexada, clavándose un cuchillo cebollero en el estómago, atravesándose de lado a lado en una de las habitaciones de ese lado del BBG. Esa noche, al terminar su jornada, eran las doce de la medianoche, desvió su camino hacia el edificio del último hotel anexado y previamente nos había visitado en la recepción, metiéndose al espacio donde tenemos y controlamos las llaves. Después supimos que había agarrado la llave del cuarto 322. Se encerró y ahí quedó. En la mañana del otro día, a las siete, hora en que se hace el cambio de turno, vimos la falta de la llave. De inmediato acudimos con la llave maestra que siempre está en la caja fuerte del hotel y fuimos más de seis personas hacia allá. El gerente del hotel, gente de recursos humanos, y supervisores de recepción y yo estábamos de testigos para saber qué era lo qué había pasado. Atravesamos la otra alberca en forma de óvalo grande que adornaba la entrada a la otra ala del BBG y ahí íbamos preocupados porque la esposa de Jacinto había llamado alarmada diciendo que su marido no había llegado a su casa esa noche. Esperamos lo peor.


Y lo que vimos fue eso: lo peor que pudo haber pasado. Con la televisión encendida, el cuerpo inerte de nuestro ex empleado yacía acostado boca abajo con el gran cuchillo saliendo por la parte baja de la espalda y habiendo entrado a la altura del ombligo. Llamamos a la policía y al forense y en unas horas ya habían limpiado el cuarto.


Recuerdo mucho su cara de susto con la que se despidió de esta vida. Los ojos tan abiertos y esa expresión tan, tan aterradora. Se ve que en el último instante "vio" algo que lo llenó de pánico y parece ser que se había arrepentido de su terrible decisión. Sus ojos abiertos al máximo y esa mueca son hasta la fecha algo que me llena de intranquilidad, de zozobra.


No nada más yo tengo esa sensación. Ya somos casi todos los empleados de este BBG que lo hemos visto en el pasillo, afuera de ese tenebroso cuarto 322. Todas las noches, sin excepción, su silueta difuminada y que hace un contraste extraño con la tibia luz lunar, se aparece recargado en el barandal y da la impresión de que está fumando. Después se lleva las manos a la cara y hace como si llorara. Después se mete al cuarto y no vuelve a salir. Siempre es en el lapso de las 12 a la dos de la mañana. También muchos huéspedes han tenido la mala fortuna de encontrárselo y más de uno han salido huyendo del BBG despavoridos para no volver jamás. 


El caso es tan conocido, que a los trasnochadores en los espectáculos propios del hotel, se les invita a pasar a ver a Jacinto, el fantasma del BBG, como una atracción turística más. Tienen que estar en completa calma y silencio para que entre la medianoche y las dos de la mañana aparezca la silueta del desafortunado chef. Ha habido muchos turistas o huéspedes que no han soportado el pavoroso momento y al otro día se retiran no sólo del hotel, sino del país. Otros más le han tomado fotos y esos mismos testimonios navegan ahora en sus redes sociales por Internet.


Todas las noches, puntual a la cita, llega la hora en que Jacinto sale a llorar su desgracia. Lola, una hermana menor de él, al hablar con las autoridades, dice que Jacinto se llevó el chasco de su vida, al comprobar que la mujer con la que tenía apenas dos semanas de casado, hacía dos años, no era en realidad mujer. Era un hombre delgado de ojos muy grandes y fulgurantes que se hizo pasar por fémina para poder entrar al país, ya que era oriundo de Centro América. Se dio cuenta de eso un patético día que le enjabonaba todo el cuerpo en la regadera.


Nunca se casó con Nancy. El se llamaba Agustín.




laj

lunes, 12 de julio de 2010

Anemia Cerebral

Son personas extrañas que vienen afuera de mi casa en las noches. Quieren envenenar la comida de mi refrigerador para que me muera. Están afuera del cubo de mi departamento en las noches. Los veo por el ojillo que está en la puerta. Antes de que lleguen me voy a un basurero a conseguir comida para no comer la que tengo en el refri Creo que ya le echaron algo.

Son unas seis personas. Como van de noche y se meten a la casa y a veces desde afuera, veo cinco personas de sexo masculino y una mujer de gran edad. Los seis son adultos mayores sin dientes, con miradas extraviadas, pero de gran ferocidad. Aunque no tienen ni un solo diente, mueven la boca de tal modo que parece que van a atacarme a mordidas. Caminan encorvados y paso a pasito, van echando vaho con las exhalaciones que realizan cada dos o tres pasitos. Las caras no las he podido ver bien, pues las veo a través de la mirilla y con el reflejo de la noche es complicadísimo reconocer sus rasgos. Sólo por la manera en la que se menean al caminar sé que una de ellos es una mujer. Con la cabeza agachada y una pañoleta o un tipo de gorra o sombrero amarrados, se visten para irme a visitar. No se quedan quietos, sino que cuando tocan la puerta, dan vueltas en círculos y se alejan y se acercan. Sus expresiones no me gustan por eso no les abro. Sé que me vienen a envenenar porque hace algunos años unas gitanas me predijeron esto que ahorita justamente me está pasando. Esas dos gitanas que gritaban en el centro de Coyoacán aquel día de hace unos diez años, "¡te leo tu suerte, pásale, no le saques!". Me causaron tanta gracia esos gritos que accedí a que me leyeran mi destino. No me dijeron nada deslumbrante ni sobresaliente, mas que esto actual. "Llegará un día en que gente a la que maltrataste y ya murieron te visitarán y te querrán envenenar. Serán implacables, lo lograrán. Tu muerte será dolorosa y lenta, muy lenta". Obviamente me reí de todo y de esto último, más.


A la vuelta de los años me encuentro con esto. ¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Cómo supieron esas gitanas adivinas de esto tan terriblemente cruel que me está pasando? En las noches no pego un ojo por lo mismo. Necesito cambiarme de casa o hallar otro lugar para dormir, pero no conozco a nadie. Me da miedo que aparte de que envenenan mi comida se lleven mis cosas. Que me dejen sin mi departamento chulo. Estoy muy angustiado y a veces en las mañanas no me puedo concentrar en mi trabajo de plomero. ¡Dios mío de mi vida!


No sé qué hacer. Hoy es martes y son las seis de la tarde. Acabé de trabajar hace unos cuarenta y cinco minutos y se acerca la noche. El estómago me duele. Hay una sensación de temblores interminables en mis piernas y en mis brazos. La cabeza me duele incesantemente. Un rato la nuca, otro las sienes, al rato la frente. La mandíbuila la traigo trabada todo el día. Mis vecinos me ven raro y procuran evitarme. En los pasillos de la unidad donde vivo saludo a gente que regularmente saludaba y ya nadie me contesta. No sé, a veces pienso si todo esto es real o estoy cayendo en un precipicio de desorden mental.


Sé que todo es cierto porque cuando ando viajando en la noche consiguiendo desperdicios de comida y esperando que estas personas extrañas se vayan de mi casa, veo en el oscuro cielo estrellado caras de familiares y amigos que me dicen que me cuide, que me alertan que estoy corriendo un grave peligro; que a nadie le diga una sola palabra, que estoy por morir. En estas caras que veo en el cielo no está ninguna de las seis que me visitan periódicamente. De hecho no reconozco a ninguna de estas seis personas. No sé qué quieren, no sé quiénes son.


Me voy a meter a una iglesia y me voy a dejar morir. Ya no quisiera regresar a mi casa. Necesito que alguien me ayude, ¡ya no aguanto más!


Ya sé, esta noche los enfrentaré, sean quienes sean; quieran lo que quieran. Me armaré de valor y seré un guerrero, la batalla será épica. Moriré como un héroe.


Al llegar a su casa, el personaje de esta historia revisa que no esté nadie afuera de su casa. Con cuidadoso sigilo entra a su departamento y se percata que su refrigerador está abierto con la poca comida regada por el piso. Respirando apresuradamente y con el corazón dándole tamborazos agarra un martillo de su herramienta habitual, se acerca silencioso a su recámara y no puede entrar a ella. 



La policía encontró su cuerpo colgado y pegado a la pared con una infinidad de clavos utilizados para tan vil propósito. Desnudo y con la cara mordisqueada, quedando irreconocible y desfigurado, la gente del forense lo bajó y vio que en la espalda llevaba grabada una frase en clave que los expertos dijeron que era el claro signo de una venganza gitana. Nadie quiso dedicarse a investigar el caso.


 Con las maldiciones gitanas nunca hay que meterse y mucho menos burlarse.



 laj

sábado, 3 de julio de 2010

Amor del Bueno

Cansada, con los ojos rojos de tanto tiempo de estar juntos, queriéndose, pero con mirada de amor aún, Sixtina seguía deleitándose con esos ricos tacos de cerilla que escarbaba de las orejas de su novio, Rubén. El, acostado sobre sus piernas, se dejaba querer. 


En la banca del parque España, los sábados por las mañanas, muy temprano, repetían una y otra vez su linda y tierna escena de cerillofagia. Alternadamente cambiaban el lugar de privilegio hasta que el cerumen de cada uno desaparecía. Los taquitos los acompañaban con unos ricos chiles chipotle y un refresco de toronja de dos litros.



laj

miércoles, 30 de junio de 2010

Osito Panda

Hay cada historia en este país, que nos las han hecho pasar como buenas siendo un auténtico bodrio, una falsedad. Tal es la historia del Osito Panda, que hasta una cantante de la década de los 80´s  le compuso una canción y se convocó a todo México a buscarle un nombre al animalito. Tohui, fue el nombre ganador. Niño, en náhuatl, por cierto.


Pues bien, resulta que este osito nos lo mostraron las cámaras de televisión unos dos meses y después ya no. Las tomas televisadas eran desde lejos. Ya no había entrevistas con la directora del zoológico de Chapultepec en esos meses siguientes. La cantante se hizo millonaria a raíz de esa canción que nos zumbó los oídos cerca de dos años a todo el país.


Paralelamente, en esos meses, un gran narcotraficante de la sierra de Guerrero, escapaba de la cárcel y cuentan las malas lenguas que se fue a refugiar justo a la casa de los animales, ahí en Chapultepec. Dicen que era primo lejano de la directora del zoo, por lo que recurrió a ella para pedirle ayuda. Joaquina, que así se llamaba, le ofreció un disfraz que ella había usado hacía unos meses, cuando era actriz de teatro y aún no tomaba las riendas de la dirección del zoológico. El disfraz era un oso panda de tamaño humano.


Teniendo la sartén por el mango, Joaquina envió a China a Tohui panda a desarrollarse en su mero ambiente natural y lo que hizo después es algo que muy pocas personas conocemos en México. Ya le había dado el disfraz a su primo lejano, y era para que le buscara algún salvoconducto para algún estado de la república, o con sus conectes, hasta a lo mejor en otro país. Pero no. Quiso no descuidar dos frentes. Primero, la fama que también a ella le había dado el dichoso Tohui por estar viviendo ahí en Chapultepec. Y después, el ocultar el hecho de mandarlo a China sin que el pueblo bueno mexicano se enterara. 


Las entrevistas iban y venían y ella, Joaquina Rosiniesca, se llenó de fama, de gloria, de dinero. Desde la ventana de su oficina, donde siempre eran las entrevistas, se podía ver al labregón malandrín de Israel Cano Tintero. Bueno, sólo algunas personas sabíamos este detalle. 


El disfraz le quedaba tan bien, que lo único que tuvo que aprender Israel, el narco evadido de el Reclusorio Norte, fue a moverse con esa gran botarga encima, a soportar el calor de estar ahí debajo del sol sentado y a comer ramas de bambú con la misma gracia que tienen los veradaderos pandas.Lo único que le daba un poco de trabajo era darse marometas y tomar agua sin que se notara que el oso tenía lengua humana. La labor no fue tan ardua. Su prima le prestaba un recoveco como zotehuela que estaba al lado y un poco atrás de su oficina para que se quedara a dormir y ahí podía checar en video miles de casetes que ahí estaban. Los vio todos una y otra vez. Nadie hubiera podido adivinar que este narco se hizo pasar seis meses por el adorable y gracioso Tohui.


Israel ya se paseaba sin disfraz por las oficinas de su prima y en eso, no falta un pinche chismoso en cualquier oficina y que lo reconoce. Dio aviso de inmediato a las autoridades y se armó la grande. Joaquina pensó rápido y pidió al botijón de Tohui ya crecido de regreso desde China. Israel nunca echó de cabeza a su familiar y lo regresaron a la sombra a purgar los 105 años que le faltaban. El zoológico fue cerrado quince dias dizque para reparaciones varias, quien haya vivido esa etapa en 1980 se acordará.


A treinta años de ese suceso, y una vez que ya me jubilé como director de una área de la Policía Secreta de este país, puedo contar que eso fue lo que realmente pasó. Si alguna vez a usted le tocó ir a ver a Tohui en esos seis meses que fue suplantado por ese desalmado, probablemente lo vio echadote, sin hacer nada. No crea que todos los pandas son así de huevones, no. Lo que sucede es que la botarga estaba bien pesada y por eso Israel Cano Tintero, famoso narco, se la pasaba todo el día sentado.


Yo también quiero hacer una pequeña aportación a México, ahorita que están tan de moda esas cosas. 



laj

Muertes con Misterio III


Cristian gustaba de inyectarse solo. Una combinación de timidez por andar enseñando sus nalguitas a personas ajenas y de arrojo por hacerlo él mismo, lo hacían encargarse de arponearse cuando estaba enfermo o cuando necesitaba vitaminas intramusculares.

Una tarde muy fría se dispuso a repetir el rutinario acto de no necesitar a nadie para inocularse unas unidades de Bedoyecta. Mojó el algodón en el alcohol, jaló el contenido líquido de la ampoyeta a la jeringa, y tomando aire se dio media vuelta e introdujo con decisión la carga vitamínica en su nalga derecha. El mismo clima gélido que se colaba en su fría casa le impidieron por primera vez en su vida hacer una faena perfecta. Temblando, queriéndole atinar al cuarto cuadrante superior externo, --que es donde debe pegar la aguja-- la mano se le movió con tantos temblores que se introdujo la aguja casi en el nervio ciático, arriba de la cintura y donde empieza la espalda. Dice el parte médico forense que las nalgas se le empezaron a hinchar y a poner coloradas, primero y moradas, después. El dolor no lo toleraba, porque aún pudo llamar a la Cruz Verde y ahí les iba explicando lo que sentía, y al llegar los paramédicos ya nada pudieron hacer. Cuentan que los camilleros y personal de la ambulancia lo vieron hecho un pedazo de carne amorfa, pútrida, con moretones desde lo que un día fue la cabeza y hasta los pies. Las nalgas estaban inflamadas de tal forma que en el trayecto al hospital, le reventaron, llenando la parte trasera de la ambulancia de pedacitos de carne nauseabunda. Daba miedo. Daba asco.

El nervio ciático es muy delicado. Cuando se introduce alguna sustancia extraña a él, es mejor no haber nacido por el infame dolor que puede provocar. Fue lo que le pasó a Cristian. La reacción en cadena de descomposición que tuvo su cuerpo fue a causa de ese mal tino que el frío le provocó inyectarse donde no debía. Descanse en paz.



laj






 

jueves, 24 de junio de 2010

Atisbos de Montreal I

Tenía novia, trabajo, amistades --no muchas, pero creo que eran suficientes--, pero mi incansable espíritu de insatisfacción fáustica me llevó a tomar otra decisión poco pensada y mucho menos bien estructurada. Fue otra determinación que se quedó en la cuerda floja de la locura, de la idiotez. Mi vida ha serpenteado por estos sinuosos caminos de las decisiones tomadas con el estómago y no con la cabeza.


Apostando por mi buen inglés y sabiendo que una ciudad se puede conocer en una semana de estar todos los días investigando en Internet, así fue como empecé a conocer Montreal, en Cánada. Todavía veo el nombre y me suena muy padre saber que estuve viviendo ahí y que me atreví a irme como si fuera yo un criminal político, un personaje perseguido por sus creencias religiosas o por estar amenazada mi vida por gente del crimen organizado. También recibían gente que huyera de México por sus preferencial sexuales y su vida estuviera corriendo un peligro inminente.


Habiendo contactado a un conocido allá, que tres meses antes ya había hecho el viaje, yéndose en las mismas condiciones: "Refugio Humanitario", y acompañado de su hijo de 12 años, me iba narrando lo que a mí me interesaba saber antes de emprender la curiosa empresa. Le preguntaba del clima, de la gente, si había trabajo, si éramos bien recibidos, de los lugares a visitar. Sus respuestas siempre fueron en el tono más optimista que haya escuchado. A todo me decía que sí, que no había ningún problema, que ya estaba haciendo migas con unas canadienses que eran muy amables y bonitas. También que había adquirido un teclado, un celular con Internet de última moda y una lap top. "Allá sí hay forma de progresar", pensaba  insistentemente.


Me comunicaba desde aquí, de México, D.F. por teléfono y por mail. El me iba contando cada que podía lo que iba aconteciendo en su vida diaria. Me decía, también, que Lalo, su hijo ya estaba en la escuela. "También nos dan educación", seguía yo embelesado con tanta caridad que escuchaba que tenían los canadienses hacia un grupo de gente que la vida le estaba jugando una mala pasada: los "Refugiados". "Falsos Refugiados", diría , porque hubo, antes que yo, y antes que solicitaran visa para entrar a su país debido precisamente a este tema, miles d epersonas que adquirían nacionalidad canadiense gracias a la patrañosa historia de llegar al aeropuerto

lunes, 21 de junio de 2010

El Gato Nicolás

En un pueblito no muy lejos de la ciudad, vivía en un hermoso castillo, un gato que era inmensamente rico. La muchedumbre del pueblo de Animalia, lo tenía por un gato avaro y despreocupado por los problemas de la comarca. Era un gato en su juventud y no se ocupaba de hacer otra cosa mas que contar una y otra vez sus riquezas, sus propiedades y todo cuanto estuviera relacionado con él. Gustaba que sus criados le sirvieran el té a las cinco en punto de todas las tardes y disfrutaba jugando ajedrez él solo.No tenía amistades porque creía que la población de Animalia lo detestaba como a todo buen rico. Y, sí, efectivamente así era. Si lo veían en la calle, la gente comenzaba a murmurar en su contra haciendo juicios acelerados y muchas veces disparatados. "¿Ya viste? ¡Ahí viene otra vez ese gato engreído, pesado y antipático que vive a las afueras del pueblo!". "De seguro sólo sale de su castillo para presumirnos lo bien que se viste y lo arreglado y limpio que siempre anda". "¡Va a despilfarrar el dinero en el mercado de la señora Borrego, para que nos demos cuenta cuántos billetes puede gastar!". Estas y muchas otras expresiones eran escuchadas cada que al gato rico se le ocurría salir de su casa y darse una vueltecita por el pueblo. Pero los habitantes de Animalia, estaban muy equivocados en cuanto a juzgar al Gato Nicolás, como se llamaba este personaje, según los biógrafos de este hermoso poblado enclavado en pleno bosque y más allá de las montañas. El era mas bien reservado y de carácter tímido y gustaba de andar solo siempre, no porque fuera arrogante, sino que así lo habían acostumbrado sus padres a ser, con esa rígida formación que le dieron desde muy pequeño Fue Nicolás, el hijo único de un matrimonio de ricos gatos hacendados de gran alcurnia y de una estirpe nobilísima, que les dio como fruto una monumental fortuna y aparte, con el comercio de granos, elevaba su estructura financiera cada día más y más. Su fama trascendía más allá del valle del Silencio y del Valle del Conejo, que ya era mucho decir.



Un día, cansado de tanto tedio que provoca la soledad, decidió hacer algo diferente, algo que cambiara su aburrida y rutinaria forma de vida. Salió de su palacio para hacer algo por la población necesitada de Animalia. Pensó una y otra vez qué era exactamente lo que iba a hacer. Pero nada se le vino a la cabeza y se tuvo que regresar para pedir consejo a uno de sus más fieles servidores.



El Gato Nicolás no estaba acostumbrado a preocuparse por los demás animales, sino sólo por él, lo que hacía la situación un poco más embrollada. Se lamía y se restiraba los bigotes estando sentado en el sillón bastante cómodo y elegante, cuando en el fondo del corredor apareció la cansada pero aún fuerte figura de su criado, el Gato Rodrigo. Un leal compañero que conocía a su amo desde que era un cachorro.



-- ¿Qué puedo hacer, Rodrigo? Quiero ayudar de alguna manera a los animales del pueblo, pero no sé cómo-- dijo el amo, preocupado.

El sirviente Rodrigo le observó detenidamente y creyó que Nicolás estaba pasando por un estado de tremendo delirio y le dijo: -- ¿Se siente bien, amo?


-- ¡Claro! ¡Y no te me quedes viendo así, porque no estoy loco ni mucho menos! Simplemente te estoy pidiendo un consejo porque seguramente, ahí abajo, en el corazón de Animalia hay seres que están necesitando con urgencia ya sea comida, refugio para vivir, o están enfermos y necesitan dinero para comprar sus medicinas. --Dijo, un poco airado.

-- Pues...¿por qué no se confunde entre todos los animales en la misa de ocho de la mañana del próximo domingo, amo? Ahí siempre se dice y se sabe qué es lo que se necesita en el pueblo.
-- ¡No lo había pensado! ¡Esa es una idea estupenda, Rodrigo! -- Añadió triunfalmente el Gato Nicolás, con una sonrisa de oreja a oreja que irradiaba felicidad.

Llegó al fin el domingo y Nicolás y su sirviente se disfrazaron de pobres para que en la iglesia no los fueran a reconocer y a impedirles el paso o a insultarlos. Con los pantalones rotos, las camisas deshilachadas, los cabellos alborotados y las caras manchadas de grasa, al igual que los bigotes, hacían ver al Gato Nicolás y al Gato Rodrigo como unos auténticos miserables y muertos de hambre.

Los des gatos, amo y criado, entraron a la iglesia confundidos entre la multitud, mientras comenzaba la ceremonia el Padre Cerdo, era un ser porcino de rasgos finos, que había llegado al pueblo haría cosa de unos cuarenta años; y que a pesar de su edad, gozaba de una lozanía envidiable.

En la iglesia estaba todo Animalia reunido. Nicolás y Rodrigo se sentaron hasta atrás para conocer a toda la concurrencia. Adelante de ellos veían a la Familia Caballo, sentados junto a la respetable Familia Ballena. Un poco de costado y en diagonal, se podía ver a la Familia Oveja, tan atentos estaban a la misa que espantaban. Señor Zorrillo y Señora, se sentaban un poco retirados de los demás, debido a su natural e inherente olor un poco fuerte. Señor y Señora Cotorro, platicaban interminablemente con los vecinos de la fila de atrás, que según pudo ver Nicolás, eran los inquietos Patos. Una de las familias más serias eran los Señor y Señora Búho, junto con el Matrimonio Venado, que a la distancia uno se podía dar cuenta lo finos y educados que eran...

El Sacerdote Cerdo había llegado a la oración en la que se hacía especial énfasis en las necesidades del pueblo. Entre ellas, Nicolás y Rodrigo, pusieron especial atención cuando se dijo lo siguiente: "Concédenos Señor una escuela primaria más grande, con mejores profesores para que nuestros pequeños salgan bien preparados y no como todos los Burros que los han precedido. Así también te pedimos un hospital más limpio y con más enfermeras Monas bien preparadas, porque las que hay no son suficientes. Por último, quisiera que a nombre de toda la comunidad de Animalia, nos ayudes a poner tras las rejas a la Hiena y sus secuaces, y al malvado y desdichado Buitre Carroñero y sus compinches, gracias, Señor". Acabó su semanal letanía el Padre Cerdo, mientras repartía bendiciones al por mayor desde el púlpito.



Antes que los animalitos salieran del templo, Nicolás depositó una fuerte cantidad en limosna en una de las alcancías fijas de metal que circundan a los confesionarios, sin que nadie notara tan amable gesto de su parte. El par de gatos iban de regreso caminando por la Colina del Sur, pensando en lo que habían acabado de ver y oir.



-- ¡Caramba, Rodrigo! ¡Caramba...! -- Decía Nicolás como fuera de este mundo y abstraído por completo en una idea que por su mirada, se veía que poco faltaba para que esa idea acabara de tomar forma.



Rodrigo, que estaba muy cansado por el inusual ajetreo, sólo suspiró y profirió algo ininteligible.
Al salir el sol, al otro día, que por cierto era Lunes, Nicolás jaló una vez más con su confiable mozo. Fueron directamente con el Comisario Lobo, para ponerlo al tanto de sus buenas intenciones y de sus proyectos para sacar a Animalia de el subdesarrollo y elevarlo a potencia mundial.
El Comisario Lobo no lo podía creer y accedió de inmediato a la oferta que le hizo Nicolás, el gato. Rápidamente se pusieron en contacto con la ciudad para solicitar albañiles Hormigas, no para hacer más grande la escuela primaria, sino para hacer otra. Pidieron más enfermeras Monas altamente capacitadas y renovaron todo el material y mobiliario del alguna vez sucio y descuidado hospital. Con la ayuda de los Perros de la Policía, lograron la captura del Buitre, de la Hiena y de sus respectivas bandas.
 
El Gato Nicolás, no conforme con eso, mandó hacer otro sanatorio, un mercado, dos cines, dos cárceles de máxima seguridad; y dejó que los padres que quisieran, llevaran a sus cachorros a jugar al jardín extensísismo que tenía en su castillo de corte medieval, los sábados y domingos.


Todo Animalia estaba infinitamente agradecido con él y con sus buenas obras, por lo que decidieron hacerle una fiesta que duró todo un día. Después, esta misma celebración se siguió haciendo año tras año y desde entonces se celebra a Nicolás, tanto en el calendario Animal como en el calendario Gregoriano todos los días 9 de Mayo.

El Gato Nicolás se decidió a cambiar y lo hizo. Fue más fuerte su deseo de ayudar y de hacer algo que valiera la pena en la vida que su egoísmo, del cual ahora, por estar ayudando a sus semejantes, ya no se acordaba.




1992
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"...Es que Aquí Antes Era Panteón..."

Una buena tarde-noche de verano de hace algunos años mi papá llegó con ganas de cenar pozole y nos invitó a mis hermanos y a mi mamá a cenar con su compadre, Felipe. Su esposa, Ceci, hacía el pozole más exquisito y chupa-dedos que he probado hasta hoy en mi vida. Mis dos hermanas ya estaban listas, Daniel, el menor, se lavó su carita y mi mamá supervisaba con rigor las actividades, declarándonos listos en menos de media hora. Mi papá guiaba el auto hacia donde el vehículo casi casi llegaba solo: la casa de su compadre.


Vivían en la colonia San Rafael, en la calle de Ignacio M. Altamirano no sé qué número --que hoy en día ya son edificios de condominios-- y era una vecindad con un patio amplísimo. Después de traspasar el portón de madera vieja que separaba la calle de el interior, teníamos que caminar unos veinte metros para llegar a la casa de nuestros anfitriones que ya nos esperaban con gusto. Sus hijos eran tres y eran contemporáneos nuestros. Buki, el mayor tendría trece, como yo. Quico, el de enmedio y que lucía una cara cachetona y una gordura simpática, era de la edad de Tita, mi hermana menor por dos años. Y Ocho, que tenía como siete años, justo como Dany, mi hermano. Debo confesar que nunca me aprendí sus verdaderos nombres. Como así les decían sus papás, así les llamé el tiempo que nos conocimos.



Era obligado jugar una cascarita de fut en el patio antes de que las viandas fueran servidas a la mesa.


Recuerdo que Buki, Quico y Ocho, nos platicaban una nueva cada que íbamos a su casa. Eran una chulada de niños, por lo que siempre creí que nunca inventaron nada. Y por lo que nos tocó ver después, confirmó mi sentir. 


En la cocina, se escuchaba un ruido atronador de cómo se caían los trastes, cuando acudían a toda velocidad a ver qué había pasado, se daban cuenta que siempre era una falsa alarma. Un perro lanudo que tenían en el segundo piso y que cada que me veía se ponía todo loco y se me echaba, también decían que en las noches el perro se despertaba y empezaba a corretear a alguien, pero al despertarse ellos, no alcanzaban a ver a nadie ni a nada. Nosotros les preguntábamos azorados si no tenían miedo, si les gustaba vivir así. Los tres se sonreían y nos platicaban que ya estaban acostumbrados y que no les causaba nada, ni molestia, ni temor, ni nada. Convivían con ecuanimidad cada quien en su plano existencial. Esa misma noche nos aseguraban los tres hermanos que en las noches se veían platillos voladores desde el cuarto del piso superior de su casa. Esa noche subimos y el malvado perro no me dejó en paz, por lo que tuve que bajarme antes que mis hermanos sin ver los dichosos platillos. Con los ojos muy abiertos, Tita y Dany, mis hermanos menores, bajaron diciendo que sí habían visto unos platos luminosos dando vueltas en la oscuridad del cielo citadino.


Me negaba a creer que algo así era capaz de pasar. Para darme mi importancia me hacía el escéptico, pero lo que platicaba mi papá sí era para erizar la piel del más pintado. Decía mi papá que él se llegaba a quedar dormido en el sofá de la sala de la casa de su compadre, Felipe, cuando la velada había estado muy recia y el brandy no le dejaba manejar bien. Antes de amanecer--mi papá siempre fue muy madrugador--, se preparaba para ver lo que siempre veía: un hombre elegantemente trajeado, con un sombrero de esos que se usaban en las películas de Joaquín Párdave y agarrando un portafolios con su otra mano bajaba las escaleras parsimoniosamente, con seriedad y le daba vuelta a la perilla de la casa y salía como para irse a trabajar. Sin voltear a ver a mi papá, el señor salía y atravesaba el patio difuminándose su figura en ese mismo sitio. "¡Es aterrador!", nos contaba en aquél entonces. Claro que los compadres y los hijos sabían todo lo que ocurría en su casa y ya estaban tan acostumbrados a eso que se les hacía muy normal. 


Mi mamá salió al patio a gritarnos que ya nos metiéramos para cenar. ¡Rico! Ahí íbamos de regreso Buki, Quico, Ocho, Tita, Dany y yo. Al entrar a la casa le pedí permiso a la señora Ceci que me dejara entrar al baño que tenían en la azotehuela que se anexaba a la cocina, tratando de evitar al perro cochino, del piso de arriba, que daba una guerra sin cuartel. Cada que me veía me buscaba bronca.


El baño estaba al lado de una pequeña placita donde había tendederos y el lavadero de ropa. Era un lugar oscuro, aparte de que no había luz, de un metro y medio de frente por unos cuatro de fondo. A tientas tuve que descubrir la taza. En esos momentos cambié mi decisión, en vez del uno haría del dos. Ahí estaba  en la soledad de mi vida y haciéndole caso a la naturaleza, cuando un gruñido o un suspiro tras mi oreja, no sé qué fue, me hicieron sentir un escalofrío tan inolvidable, que nomás me subí los chones con todo y pantalón y ya ni por equivocación tomé algunas medidas de higiene. Salí lívido a la cocina y nomás me ejuagué las manos. La señora Ceci me vio y se rió. "¡Ay, hijo! Tú perdonarás, es que ¡cómo dan lata estos canijos!". Y diciendo esto me dijo que me sentara, que ya iba a servir la delicia que fabricaban sus manitas.

En la mesa ya estaban devorando el caldo de los dioses, mi papá, mamá y hermanas. Dany no porque no le gustaba y estaba viendo la televisión con el más pequeños de los tres hermanos. Ocho.


La señora Ceci se sentó y casi estábamos todos por acabar, cuando de la nada, lo juro, de la nada, una botella de cristal de Coca familiar, dio un saltito coqueto y comenzó a dar vueltas sobre su propio eje, con una inclinación que ni agarrándola uno con su mano lo podría haber hecho. Estaba casi acostada y la velocidad que llegó a alcanzar fue inaudita. Todos nos quedamos boquiabiertos. En paz. Sin movernos. Volteé a ver a Buki y a Quico y estaban como divertidos. En eso la señora Ceci se enojó con los invitados y les empezó a gritar cosas como las siguientes: "¡Con una chingada, cabrones! ¿No pueden respetar? ¡¿Tenemos visitas!? ¡Hijos de la chingada, ya cálmense!". Textual. La botella de un sopetón se detuvo en un solo movimiento. Todos esperábamos que si se iba a detener lo hiciera de a poquito, pero no. Fue de un jalón. Obviamente nadie estaba agarrando esa botella. Eli, mi hermana mayor, sólo palideció y con la mirada le decía a mi mamá "¡Vámonos de aquí!".


El señor Felipe y la señora Ceci estaban muy apenados con nosotros porque sabían que esa era la última vez que nos atreveríamos a pisar su casa. Y así fue. No fue exactamente por esta causa. La vida les tenía deparada una racha dolorosa de decesos y sufrimiento.



Recuerdo que tierna, como era, doña Ceci nos decía como una niña traviesa: "¡es que aquí antes era panteón!".


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miércoles, 16 de junio de 2010

Tecnología a Nivel de Cancha

   Apurado estaba arreglando el tinaco que surtía mi casa, cuando en plena azotea se encontraron dos comadritas y se pusieron a platicar abiertamente enfrente de mí sin haber notado que estaba agazapado detrás del redondo artefacto de asbesto que en ese momento estaba reparando.

-- ¡Comadre! Desde el otro dia quería verla, pero no se me había hecho hasta hoy. ¿Por qué dice que consiento mucho a mi hijo? Ya me enteré que anda diciendo en todo el barrio eso.

    La aludida creyó que le iba a pegar la doñita, que un poco airada le hacía esa pregunta a boca de jarro. Viéndola fijamente y tomando fuerzas de su interior le respondió.


-- Pues, porque todavía le da leche materna.

-- ¿Y eso a usted qué jijos...?

-- Nada, comadre. Es que sé que Robertito acaba de cumplir treinta y cinco años. Quizás por ese consentimiento y tanta ternura con la que lo trata nada que se casa.

.. ¡Ejem! Bueno, sí. Debo confesarle que para mí no es muy agradable darle su biberón de piel cuando me lo pide. El otro día estábamos en el banco y le dio una sed tremenda. Dice su cardiólogo que en el mismo momento que pide su lechita, yo debo obedecer, estemos donde estemos. La gente se nos quedaba viendo como juzgándonos. Pero a mí eso no me importa. Me interesa que mi Betito esté bien nutrido y tenga su corazón fuerte. Aunque a veces me hace cosquillitas con su bigote y barba. Una vez, en plena iglesia, un dolor en el estómago de mi hijo precedió a la consabida solicitud de su ración láctea. Nomás se me quedaba viendo con su mirada de dolor y me enteraba que necesitaba eliminar las agruras que sentía por fumar o beber en exceso y me decía: "¡Mamá, necesito mi leche!". Yo, sin chistar, me levanté la blusa y ...¡sobres!
Mi Betito se pegaba como becerro hambriento y se veía tiernísimo cómo se arremolinaba como si fuera un bebé cachetón.


   A la comadre chismosa  le brillaban los ojitos al saberse poseedora de tan vasta información. Las aletas de la nariz ganchuda le temblaban y ya le andaba por ir a contar a todo el mundo las confesiones que acababa de escuchar. Aunque el barrio estaba enterado de esto, ella creyó que pronto se granjearía la amistad de la gente que no la conocía o de la que no le hablaba. Era una cucharada de vigor para su alicaída autoestima.


    La madre lechosa continuó.


-- Mi Betito sólo ha tenido dos novias, y una de ellas fue Garcilaza, la muchacha que tuvimos hace unos años en la casa. La muy malcriada le destrozó su corazón, engañándolo con un muchachito que era electricista y le ayudaba a don Cuco, el peluquero de la cuadra. La otra no sé quien fue. Es hijo único y sólo me tiene a mí en la vida, desde que su padre me abandonó justo al nacer. ¡No puedo dejarlo a la deriva!

-- Creo que le sentaría bien que conociera a otras mujeres. Mi sobrino Jaime trabaja en un bar donde me platica que hay chicas que bailan y se desnudan. ¿Quiere que le diga que lo lleve algún día?


    Estremecida, la madre cayó fulminada por un infarto mortal por necesidad. 

    Estando yo de testigo atrás del tinaco descompuesto, y habiendo grabado con mi teléfono celular toda la conversación y el deceso de doña leches, de inmediato bajé por el otro lado de la azotea y me metí a un café internet a subir el video a la red de redes. 


    La comadre hizo llamar a la ambulancia, explicó lo sucedido y se hizo cargo de los penosos trámites para despedir a la mamá de Betito. Este, destrozado, pidió asilo con la vecina con la que platicaba su mami antes de sufrir la muerte inesperada. A ella no le desagradó la idea, pues sus hijos tenían muchos años que se habían casado y todos vivían en Estados Unidos y su marido tenía cuatro años de muerto. 
    Luego paso por el Betito para ir a jugar billar o a tomar unas caguamas en la banqueta. De la venta de su casa y de su nuevo estatus no le gusta platicar. Tampoco sabe que la historia de su vida está en Internet.


    Ahora, en nuestra vecindad, Betito, el bebé crecido, ve televisión todo el día, no trabaja y se la pasa tomando calostro y algo de jocoque que aún le salen de las chichitas a esta septuagenaria de buen carácter.



laj

Cucharaditas de Humor I

-- Tengo los pies y los pezones agrietados, ¡no podemos ser amantes!

-- ¿Y eso qué? Yo te quiero a ti, toda. No me interesa una pequeñez como esa.


  Nunca le dije a este buen hombre que yo soy chimpancé.



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lunes, 7 de junio de 2010

Platero y Yo

Parte de una formación escolar en escuela de gobierno; de ejemplos vistos en otras personas; por una jugosa curiosidad por conocer lugares y gente de todo tipo, me presenté al casting de un programa de concursos que aparece regularmente en televisión. Dos semanas antes había ido al mismo foro a participar como público junto con mi hermano. Ese día nos tuvieron como seis horas ahí, grabaron tres programas y nos hicieron gritar y aplaudir como monos sin derecho a cacahuates.
Sentía pena por mí. He hecho cosas absurdas, vergonzantes y raras. Pero no podía evitar padecer esa incómoda sensación de calor y sudor por todo mi cuerpo. El día del casting había mucha gente que iba a lo mismo que nosotros. Muchos de ellos destilaban una confianza inmensa que rayaba en la soberbia. Procuraba olvidarme de la tensión platicando con mi hermano, que parecía niño en el circo. Quedó impresionado con cuanta planta vio encima de unas macetas que adornaban los pasillos antes de llegar al set de grabación, en este caso, de casting. Las torres de luz, los equipos de producción, los foros lo volvieron loco. Cuando veía pasar actores o actrices y llegaba a reconocer a alguno de ellos, saltaba y aplaudía moviendo la cabeza por aquí y por allá. Inmediatamente después su cara se transformaba en algo raro. De la misma emoción de ver tantas cosas nuevas, se cruzaba de brazos, movía la cabeza, ahora pendularmente, metiendo y sacando la lengua. Se veía extraño. 



Después de formarnos dos horas afuera de donde nos iban a hacer el casting, nos hicieron pasar. Nos esculcaron y nos registramos. Siempre es un poco difícil para mí no salir de mi casa sin un peine en la bolsa izquierda del pantalón. El policía que me tocó me pidió que vaciara el contenido de mis bolsas de los pantalones. Sin pensarlo y guardando el aplomo, le enseñé lo que ahí traía. Unas monedas, un cortauñas y un sacapuntas. En la otra, mi querido peine para peinar mi cabello, poco, pero rebelde; unas llaves y mi cartera. Me vio como con indulgencia, sonrió y me dejó pasar. "¡Poli payaso!", pensé. Si lo revisaran a él seguramente traería una cuchara de peltre, un rollito de papel higiénico y una lata de atún.



Llenamos unos formatos y enseñamos la contraseña que previamente nos habían pedido. ¡Listo! Me recreaba ver tanta gente que confiaba tanto en sus conocimientos y que con la ceja alzada estaban a punto de hacernos un examen escrito para comprobar nuestra sabiduría. Nos metieron a un salón como para unas cien personas. Una señora bajita, de lentes con una bolsa al hombro como de peluche, platicaba animosamente con un joven de unos veinte años, y le enumeraba todos sus logros escolares: licenciaturas, 2. Posgrados, maestrías, diplomados, seis doctorados. "¡Qué envidia!", pensé. "¡Cómo no soy ella!", me susurró mi hermano, preocupado. Tragué saliva y respiré hondo. Por allá, lejos de nosotros se escuchaba la poderosa voz de un hombre maduro, alto, calvo, de casi de dos metros de estatura, con el brazo derecho extendido y con el otro abrazando con ternura dos libros voluminosos. Parecía profesor de alguna universidad, de esas de las buenas.-- Va a ser fácil para mí. Toda mi vida la he dedicado al estudio, a la inverstigación, a la enseñanza. He sido un erudito de tiempo completo-- dijo. Las tres señoras que lo escuchaban tenían la boca abierta y los ojos como extraviados. El sonreía, dichoso. Mi hermano se acercó a mí y con el rostro perlado por el sudor, musitó: "¿Y si mejor nos vamos?". Yo tenía unas inmensas ganas de vomitar de la intimidación que ya habían logrado provocarme los demás participantes. Aún así, levanté su carita que veía hacia el suelo y sus hombros que también los tenía caídos y lo miré firmemente para que no se dejara vencer antes de tiempo. Nos acomodaron en un pupitre a cada uno y el terror iba crece y crece. Mi hermano, en su lugar, estrujó sus manos, bajó la cabeza y rezó. Ya no dijo nada. Me pasé el dorso de la mano derecha por mi frente, para quitar el interminable sudor que no cedía ni un segundo.



Una vez que nos dieron el examen cada quien estaba en lo suyo. Empezamos. ¡Bang! ¡Zas! ¡Pum! ¡Chin! Y todo en un ratito, acabó. ¡Qué rabia! De las diez preguntas que venían en la prueba, ya una vez que salimos y buscamos y comprobamos las respuestas por celular, tuve tres buenas. ¡Tres! Mi hermano una buena más. ¡Chispas! Como era de esperarse nos dieron las gracias y el señor que estaba a cargo nos pidió encarecidamente que estudiáramos y leyéramos más.
¡Adiós a casi todos! Mi decepción y enojo no pudo ser más grande ya que un estúpido dolor en el pecho hizo que derramara lágrimas de dolor, de impotencia, de rabia... de burro. Ahí íbamos caminando  hacia la salida como borregos sin pastor. Todos viendo al suelo. Mi carnal lloró como nunca lo había visto llorar. Como lloran los hombres. Entre sollozo y sollozo escupía al piso. Lo hacía de rabia. Se veía y se escuchaba en ese llanto, ese querer ser y no lograrlo. Mientras tanto yo me metí al w.c. a sonarme la nariz y a limpiarme los ojos. Al salir seguía llorando. Lo abracé y le dije que pronto pasaría, que no se preocupara, que ese dinero que daban de premio a los ganadores del concurso algún día lo juntaríamos entre los dos trabajando doscientos años sin parar, noche y día. Caminamos hacia afuera de la empresa televisiva y anduvimos hasta que nos perdimos el uno al otro. Desde ese día no nos vemos. No sé nada de él.
El señor calvo, la chaparrita y más de cien personas salimos por la puerta grande y cada quien se fue a llorar su derrota a su casa. Se quedaron siete indivisuos, cuatro mujeres y tres hombres que contestaron todo bien.
Fue un espectacular golpe al orgullo, al ego. 




Por burros no nos quedamos., En los anales de la historia, ese día ha quedado marcado como el día de "Platero y Yo".



laj






jueves, 13 de mayo de 2010

Los Niños Chichudos

BP --British Petroleum-- es una petrolera inglesa que hace exploraciones en la parte americana del Golfo de México y hace pocos días derramó miles de litros del oro negro en esa misma zona por una falla en su maquinaria colocada a cientos de kilómetros de profundidad de la superficie del mar.


Estos días algo rarísimo ha estado pasando en la población infantil masculina de seis a quince años de edad, específicamente. Los gobiernos de Estados Unidos y de México lo quieren mantener en secreto, pero yo que pasé hace un par de días por ahí, tengo que dar a conocer al mundo la verdad.


Los sedimentos del mismo petróleo y la flora y fauna de esta zona tan adentro del mar, así como los químicos que ha utilizado esta compañía para extraer el preciado tesoro, han provocado reacciones extrañas en los organismos más desprotegidos y daños irreversibles en niños, varones, con bajo nivel de nutrición., sin olvidar que a las ballenas, tiburones, camarones, peces y demás animales que ancestralmente se han multiplicado y vivido en la zona, la mancha del derrame sólo las está matando.


La mezcla de químicos que usaba la compañía extranjera se mantenía desde hace unos diez años en un muy alto nivel de secrecía por los gobiernos tanto de aquí como del otro lado de la frontera, por su alto nivel de peligrosidad por contener sustancias alteradoras de hormonas y cancerígenas,  recordando que una tercera parte de el Golfo es de los gringos y el resto, de México.


Mis ojos han visto en estos días que anduve por allá, en una expedición de santuarios para fomentar la procreación del búfalo bicolor, una cosa inexplicable que puede ser tomado a broma para la vida normal. En ambos países, Estados Unidos y México en su parte este, justo en el área de conflicto de contaminación del Golfo, hallé en ciertas aldeas y poblados algo que ni en las más crueles y retorcidas novelas o cuentos o relatos reales o mitos o leyendas me he enterado. Niños pequeños --sólo hombres--, ¡con senos de todos los tamaños, tipos, olores, sabores, consistencias, texturas y formas!


¿Será el fin del mundo? ¿Son las señales esperadas?


Al llegar a San Pedro de Chulís y bajarnos de la camioneta donde viajábamos todos los integrantes de la expedición, varios niños y niñas se acercaron a pedirnos dinero. Ellas estaban normales,  pero Daniel, el jefe del grupo, me hizo notar lo que les comento, sin pudor alguno: -- ¡Mira! ¡Esos niños están chichones! ¡Aquél hasta se va para adelante de los melonzotes que se carga! ¡Y ése de más allá los tiene chiquitos como de gato!


A los pequeños deformes no les parecía importar que nos les quedáramos viendo con mucha curiosidad, pero siempre guardando un alto grado de respeto. Andaban paseando por todos lados enseñando sus protuberancias como si fueran unos trofeos ganados en combate, desnudos del torso se pavoneaban entre la población, que, a su vez, dividían las opiniones. Unos decían que era un castigo divino y otros que era una bendición insospechada e inesperada la que les había mandado Diosito. Los más ancianos de las comunidades decían y quizá razón no les faltaba, que el petróleo al ser olido todo el día, combinado con la alimentación del 90% de alimento del mar, había causado estragos en los pequeños cuerpecitos de estos infantes mal comidos.

La gente con cada día que pasa se va acostumbrando rápidamente a este proceso nuevo para los poblados involucrados. Quienes han podido salir se van a vivir a otro lado. Quienes se quedan procuran comer carne de anmimales terrestres, frutas y verduras.


Con mucha sospecha leo en las noticias que tres compañías de brasieres extranjeras ya habían instalado hace dos  semanas  plantas maquiladoras en tres estados de la zona.



laj

sábado, 8 de mayo de 2010

Muertes con Misterio II

Se dice que Josefino Ramírez, arquitecto, pulcro hombre de palabra y con valores a prueba de todo, murió un día caluroso del verano pasado. 

Niño en la década de los 80´s y fiel seguidor de algunos juguetes y golosinas de aquel entonces, no pudo con la inacabable tristeza que le provocó enterarse que la empresa que fabricaba chiclosos Kori los iba a descontinuar por ser un producto incosteable. Aunque él ya ni se acordaba de ir a la tienda y comprarlos desde hacía algunos años, el día que se enteró de esta tremenda noticia, cayó en brazos de una depresión tan profunda, que lo llevó directo a la muerte.


Le sobreviven su esposa, dos hijas y un perro lanudo.



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Muertes con Misterio I

Hay una noticia que salió en el periódico hace unos días que me tiene contrariado y hasta cierto punto incómodo. Cuenta la nota que un individuo en el sur del país murió a causa de tantos golpes en la cabeza...¡provocados por él mismo! 

En este lugar que, como forma de respeto y en homenaje al caído, omitiré el nombre, abundan mosquitos de todo tipo y razas en todas las épocas del año. 

Resulta que José Zacarías falleció a consecuencia de traumatismo craneo-encefálico después de una interminable noche donde miles, quizás millones de mosquitos se metieron a su casa y él, en defensa propia, y creyéndose más listo que ellos, esperaba a que se acercaran sin moverse y cuando los oía encima de su cabeza, cara y cuello, ¡zas!, soltaba zapes contra su propia humanidad. Así pasó toda la noche, cada golpe era con más fuerza y vehemencia que el anterior por la desesperación de no poder acabar con esta plaga casi bíblica.
Al otro día amaneció muerto y con la cara, cuello y cabeza amoratados. Y un chorro de ronchitas por todo su cuerpo.

Diagnóstico de su muerte: contusiones cerebrales severas auto infligidas.



laj


miércoles, 5 de mayo de 2010

Mitología Ardilla

En este lado de la ciudad donde vivo existe una leyenda prehispánica que es muy rara. 

Recuerdo que mi abuelito contaba a toda la familia, después de cenar, que en el pasado muy lejano, existían manadas de ardillas que convivían con los aztecas y demás fauna que en aquellos tiempos existía. Los aztecas es bien sabido, eran una raza guerrera por tradición. Se cuenta que entre las mismas tribus se organizaban competencias para ver quienes eran los más hábiles para cazar a estos roedores con cola abombada. Las trampas que utilizaban y las maneras de arreglárselas para capturarlas eran muy variadas y algunas hasta divertidas. Platicaba mi abue que nuestros antepasados desarrollaron una gran pericia para lazar a los animalitos en el aire y en la tierra. En el aire, mientras las ardillitas realizaban saltos y volteretas; y en la tierra, cuando huían despavoridas de estos salvajes. A pedradas era una de las técnicas más utilizadas. Pero como eran muy conocedores del arte culinario, preferían que estas ratitas con cola de alfombra, no sufrieran de estrés y así no contaminaban su sangre y carne con la misma ansiedad y terror de escapar. Por lo que, los  aztecas siempre andaban destapados del torso, sobre todo los hombres.


La treta era fácil de entender. Uno se recostaba con la panza al aire y espiaba con los ojos a medio cerrar hasta que llegara una ingenua ardillita a tratar de comerse el ombligo de la supuesta presa humana y en ese instante agarrarla con suavidad, evitando sus peligrosos dientecillos. Así, el animalito tenía su estómago lleno de felicidad creyendo que iba a disfrutar de un suculento ombligo, pero al final acababa estrangulada en las manos de estos cazadores de primer nivel. Es necesario conocer que esta especie de roedores se alimentaban de ombligos de la gente. Al engullirlos, dejaban un hueco en el estómago del desdichado que se desangraba irremediablemente. No había cura alguna. Si la persona mordida y desombligada trataba de moverse se desangraba, y si no se movía moría de una infernal rabia apabullante que lo destrozaba desde dentro de su organismo en cuestión de minutos.

Esos bichitos --seguía relatando mi abuelito--, se reproducían como sus primas las ratas: interminablemente. Las hembras quedaban preñadas hasta con un estornudo del macho. Eso dice la ciencia. Y a cada ratito aventaban hijitos al mundo. Como nacían dentro de un ambiente hostil donde la consigna era matar o morir, se mimetizaron con la forma de ser de los guerreros de aquel entonces, que aunque eran humanos, unos y ardillas, otros, había una convivencia extraña. Quien se descuidaba moría.

Dentro de los relatos nocturnos diarios de mi recordado abue, él nos decía que no fueron los españoles los que acabaron con estas tribus de antepasados nuestros, sino las voraces ardillas. Los cuadros, frescos y pinturas que aún se conservan, no consignan en ningún lado la existencia desde entonces de estos roedores come-ombligos. Ni aún en la gran obra de Bernal Díaz del Castillo aparecen mencionadas estas criaturas.

Debieron ser batallas encarnizadas de cuerpo a cuerpo. La habilidad de unos contra la velocidad y fortaleza de dientes de las otras. Guerras épicas.


¡Es increíble! Pensaba yo desde aquel entonces.


Hoy en día, es por eso que hay criaderos de tiernas ardillitas en algunos bosques, parques y viveros en toda la ciudad. Es por eso también que se ha encontrado gente desangrada en las calles y las autoridades invariablemente le echan la culpa al crimen organizado. Los criadores de estos animales les dan de comer bien, por lo que ellas no tienen que atacar humanos. Eso pasa cuando se escapan de los lugares donde las tienen alimentándolas y cuidándolas y les sale su natural instinto

En la ciudad se ha dejado de comer ardilla. Mas bien se come en los alrededores, en los lugares que hay selva y bosque húmedo.


La última noche que cenamos con mi abuelito nos contó que él mismo había agarrado a una ardilla de la cola y le dio como seiscientas vueltas hasta que la pobre se murió de mareos. Nos la cenamos. En la mesa, el cuerpo inerte del animal se le quedaba viendo de una manera casi mágica, horrible a mi abue. Esa noche murió atragantado con una pieza de ese infernal animal.


Ahora de adulto, no le tengo miedo a los perros, ni a las ratas, ni a los coyotes. Mi miedo más grande es hacia esas criaturas que pueden parecer indefensas y hasta simpáticas. Cada que veo a una de ellas rezo para que no se les ocurra atacarme y dejarme sin ombligo ni sangre. Si puedo les echo piedras desde lejos, aunque un brillo de maldad y de venganza aparezca en sus ojillos saltones color café miel.



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viernes, 16 de abril de 2010

Jumanji-jiji

Cerca de mi casa llegó un circo. He sido desde mi más remota infancia enemigo acérrimo de ver cómo se puede maltratar tanto a los animales a costa de la diversión de la gente. Mis hijos Serapio de cuatro años, Cicerón de cinco y Sinforoso de seis, me veían con ojitos lacrimosos y una vocecita que me pedían ir sin falta al espectáculo circense. Fuimos. Mi señora se quedó lavando los trastes y viendo el box. ¡¿Qué tal!?


Ahí íbamos los cuatro. Yo con los nervios de que un gorila no se fuera a comer a la jirafa, o que los enanos no espantaran a mis hijos. Cuando se es padre, la integridad de los hijos es lo básico, lo esencial.


El circo estaba bien piojito. Por ahí se asomaban osos, camellos, entre otros ejemplares.. Dos jirafas escuálidas y ojerosas. Pobres. Una  avestruz que estaba tuerta y chimuela, daba tristeza. Su gracia era cargar a los niños pequeños de menos de seis años y darles una vuelta al redondel. Serapio fue el único que quiso subirse. Fue feliz, su carita reflejaba el triunfo del hombre sobre la bestia.


Cuando salieron los payasos espantosos mis tres hijos se echaron a llorar. Aparte de no tener ningún chiste, sus ropas, sus miradas, sus gestos... ¡a cualquiera hubieran hecho llorar! ¡Qué mal! Rutinas que veía cuando  era niño las repetían sin causar ningún efecto.


Lo padre fue cuando salió la mujer barbuda tropezándose con su barba y correteando a un enano malandrín que al parecer le había robado un bolillo de su lunch. Creo que esto no fue actuado porque el chiquitín corría con los ojos muy abiertos, despavorido y con sus nalgotas de un lado para el otro. Tanto era el miedo que reflejaba su rostro al huir de la mujer velluda, que interrumpió el acto del domador de los tigres de Bengala, justo cuando éste hacía la suerte suprema de meter su cabeza en las grandes fauces de ese hermoso felino. El chaparro correlón le dio un tope en las pompas al domador, el animal se espantó y se comenzó a comer a su ex amo. Había otro tigre en un pedestal al lado de la escalofríante escena. Al ver tanto desorden dentro de su lugar de trabajo, se le fue encima al pequeño hoimbre quien estaba paralizado del susto. Lo despedazó frente a todo el público. No se comió el bolillo que traía en la bolsa trasera del pantalón. El pedazo de hombre ni pío dijo. No hubo tiempo.


La mujer barbuda vio que había provocado un desastre total. El circo era de tres pistas, entonces, un malabarista que aventaba pinos de boliche hacia arriba, volteó a ver qué pasaba y uno de esos pesados y peligrosos pinos le dio en el mero coco y cayó desplomado, sin conocimiento al suelo, sangrando por un oído. Al mismo tiempo dos trapecistas volaban por los aires y es lógico que los gritos de horror de la gente los distrajeran en plenas volteretas, y sin completar sus giros de rutina, voltearon curiosos hacia abajo y uno le pegó de lleno al otro, cayéndose los dos en forma descompuesta. El acto era sin red.


Para ese momento, la gente ya huía por todos lados. La mujer barbuda dejó abierta la jaula de los tigres, quienes se veía que todavía tenían mucha hambre. Era una escena dantesca. Volteaba a ver a mis tiernas criaturitas y sólo atinaban a mirarme fijamente con caras largas y asustadas. Quise abrazarlos con calidez y decirles que son cosas que pasan en la vida, que debían tomar la situación con madurez, con calma. Pero no. Al grito de "¡sálvese quien pueda!", salí huyendo por un hoyo que se hizo en la carpa abajo de las gradas donde estábamos. Todo era caos. Por mi cabeza sólo pasaba un pensamiento: salvarme. Me olvidé por unos instantes de mis hijos. No por eso los dejé de querer.


Los dos tigres hambrientos, seis cebras, dos leones pelones, una llama, dos rinocerontes, tres hipopótamos, cinco changos marangos, dos vacas chichonas, un toro de lidia, una tortugota con cerilla, cuatro caballos percherones, ocho camellos, dos cocodrilos, tres cobras venenosas, un jabalí cachetón, un perico con estrabismo, un borrego, un chivo sucio, dos lechoncitos, seis gallinas, ocho gatos con roña, muchas cucarachas y como ochocientas ratas salieron todos huyendo del circo corriendo todos para todas partes, junto con el público, que esa noche habíamos hecho un lleno absoluto.


El circo estaba ya en llamas por alguiien que en el desorden estaba fumando y tiró su cigarro encendido. Todos los seres vivos que hacía unos instantes convivíamos juntos debajo de la gran carpa del circo, corríamos cada quien para donde podíamos, como si huyéramos de un volcán en erupción. Muchos animales fueron atropellados y la gran mayoría muertos por no usar el puente que cruza a las casas donde estaba mi hogar. Sólo se salvó un cocodrilo, el jabalí y todas las cucarachas que eran de las gordotas que tienen alas.


Cuando llegué a casa mis tres hijos amados y adorados estaban ya bañados, cenando cereal y viendo tele junto con su madre. Los cuatro me recibieron con una mirada gélida de reproche y me ignoraron enseguida. De inmediato me subí a dormir espantado, triste, deprimido.


Recuerdo que en el camino a casa, pude ver a la mujer barbuda sentada en una banqueta, mesándose la barba y comiéndose un bolillo, pensativa. Creo que para el susto.



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El Chico Chic

Desde que tengo uso de razón mi mamá y mi papá me han cobijado con su amplio y acolchonado manto de amor y a veces hasta de sobreprotección. Dice ella que cuando nací, no permitió mas que una enfermera y un doctor me vieran en pelotas y con el cordón umbilical colgando y sangrando bien recio, porque aun cuando ella estaba en pleno trance de parto, tenía preparado un pequeño frac tamaño bebé 0 meses debajo de su almohada, mismo que me puso quién sabe cómo y le ordenó a los doctores y cuerpo de enfermeras que me lo dejaran puesto, que  la categoría de nuestra familia así lo merecía. Aunque mis padres entraron en taxi al hospital y salimos de regreso en metro, mis papás tenían bien claro que era lo que querían para mí: lo mejor.
La situación económica de la familia era precaria, y desde aquella infancia óptima, todas las señales me decían que yo no era rico, o tan rico, bueno mas bien era pobre, bien pobre.


Los Reyes Magos y Santa Claus llegaban cada año puntualmente, aunque no siempre me traían lo que  les pedía, siempre eran llenados esas omisiones con un chorro de dulces de todo tipo y algunas veces  con calcetines. Aún así, yo veía que me traían más cosas que a mis amiguitos y vecinitos. Eso me trajo algunas dificultades con algunos de ellos, los más envidiosos. Y me comenzaron a decir el Chico Chic.


No sufría mucho con ese apodo, pues en vez de darme coraje, sentía que me quedaba cada vez más y más al puro centavo. En eso me estaba convirtiendo: en un chico amante de la buena vida, un sibarita. No obstante que nuestra casa estaba al lado de las vías de un tren que cada vez que pasaba por enfrente de la casa  y se detenía, mis amigos y yo nos metíamos por debajo de los vagones y hurtábamos granos, semillas y carga que llevaba atravesando el paìs. Cuando llegaban los repartidores de refrescos, fruta, tortillas, tintorería, etc. no perdíamos la oportunidad para darles baje con algunas de sus mercancías. Varias veces me robé cosas y lo dejé de hacer cuando mi papá me cachó tomándome un refresco fruto del hurto de esa mañana en plena azotea con otros tres vecinitos que deleitaban el líquido conmigo.


Al esperar de mí lo mejor desde muy pequeño, mis padres buscaron alternativas para inscribirme en las mejores escuelas del país desde esa mi nostálgica infancia. Como creo no buscaron mucho, la primaria, secundaria, prepa y superior las estudié en escuelas de gobierno. Veía que mi padre sufría al no poder darme esa educación que siempre añoró para sus hijos y entre ellos, yo. Vendía frutas con limón y chile piquín afuera de la primaria donde iban mis hermanos y yo. El dinero no alcanzaba. y como que el estudio no era lo mío. Era burro.


Con todo y eso, me empecé a distinguir de los grupos que frecuentaba por mi exquisito gusto para vestirme, por la comida, la música, las artes, los deportes y las lecturas, sobre todo las lecturas.


Cuando salíamos a comer en familia no íbamos a los sopes, quesadillas o pambazos de la zona. No. Mi madre fue educada en las mejores escuelas de monjas de su época y nos llevaba al mercado de la colonia. Eso empezaba a darnos clase, a mí y a mis hermanos.Categoría. Comíamos arrocito con huevo estrellado, guisado y frijoles con agua de sabor. Los domingos mi papá nos llevaba a desayunar al lado del aeropuerto, unas memelas con harta cebolla y mole, dignas de un rey. Eso me empezó a abrir las puertas del jet-set (a mi nivel).


En la música nunca escuché rolas guapachosas como todos los de la colonia, ni siquiera las que estaban de moda. Mi objetivo era ser diferente a la gente con la que convivía diariamente. Empecé a oir música clásica y de ahí nadie me detuvo. Aunque estaba en casa, ponía el tocadiscos a todo volumen. El chiste era que el vecindario se enterara de mis gustos diferentes, aunque a mi me hiciera dormir. Hoy en día cuando en cualquier circunstancia alguien me pregunta que quiero oir, siempre pido clásica y atraigo las miradas como siempre lo quise hacer desde niño. Llamar la atención, ser alguien. Si la reunión exige tomar un trago no pido tequila ni mezcal. Pido whisky en las rocas y de lo más caro. Siempre distinguiéndome. Un bon vivant.


Tenía una tía que nos quería mucho y nos compraba fayuca cada dos años a mis hermanos y a mí. Era la sensación. Ropa barata y del otro lado. Eso era ser poco a poco, chic. La ropa, si no era de ahí, íbamos con una señora que mes a mes traía ropa de "paca" de los Estados Unidos. Sólo la desinfectábamos y nos la poníamos. ¡Ah! Pura clase.


Si era cuestión de ir a hacer ejercicio, me inscribí a un deportivo popular en una colonia vecina y a mis amigos les decía que estaba en un club exclusivo. Eso sí, siempre llegaba en mi bicicleta donde mi hermano repartía periódicos en las mañanas. Cuando pude entrar a trabajar me metí de cerillito a una tienda departamental, también un poco alejada de mi zona de vida. Yo decía que laboraba de ejecutivo en una empresa trasnacional sin decir el nombre. El toque de misterio que daba ese silencio mío, me daba más y más importancia.


Cuando en familia salíamos a Acapulco nos íbamos en camión, pero en el más caro y así también escogíamos los hoteles más exclusivos dentro de la zona de la Roqueta y de Caleta. Siempre distinguiéndonos de la demás pelusa.


Los espectáculos a los que asistían eran escogidos por mí con detalle. Cuando empecé a tener novias siempre las escogía de zonas diferentes a la mía. Las sorprendía con mis decisiones de ir a ver películas de arte, conciertos de ballet, música clásica, jazz. Paseos para turistas dentro de la misma ciudad. Era un turista dentro de mi lugar de nacimiento. Y al final del día acaba tomando el metro, transbordando y luego tomando un microbús que  medejaba en mi casita lejana de los demás, de interés social.


 Por cierto, mis conquistas se aburrían rápido y me abandonaban a los pocos días de iniciar. Especialmente cuando conocían mi casa. Bu.


Para alzar más mis cejas y la de los demás, compraba diariamente mi periódico especializado en finanzas, aunque no entendiera ni un comino. Sólo leía los monitos y mi horóscopo. Cuando tuve acceso a las tarjetas de crédito, saqué diez, nomás para empezar. Lociones, corbatas, trajes y zapatos, principalmente fue lo que compré a destajo. Desayunaba, comía y cenaba en restaurantes de moda, me gustaba ser visto por la socialité. ¡Cuánta chingada falsedad! ¡Qué barbaridad! !Esto tiene más de quince años y aún sigo pagando mis deudas de entonces!


No de mucho me ha servido comprar como rico y usar mis cosas como lo que soy, como pobre. He sido un rico pobre. Un mentiroso a los demás, que estoy seguro, nunca nadie se tragó el cuento de que yo era  muy-muy. De que era un chico chic.



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