domingo, 6 de diciembre de 2009

Náusea

Corría a lo largo del parque una calurosa mañana del verano pasado. Un espantoso talcuache salió a mi paso. Me detuve, obligado. Nunca había visto uno de cerca., tan de cerca. Me provocó mucho asco ver su aspecto. Pero, por su reacción, creo que a él también le causé la misma impresión.

De inmediato dejó de comer y sin dejar de mirarme, haciendo gestos terribles, vomitó cerca de dieciseis veces.
¡Ay! ¡Grosero!



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Un Hombre Invisible

Sorber mi refresco me delató. Creí que en la oscuridad del cine pasaría inadvertido, pero la gente supo que yo andaba por ahí.

Nunca he podido ser el hombre invisible sin hacer ruiditos.



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El Hombre Papalote

Estaba mal de mis rodillas por mucho tiempo de trabajar recogiendo lechugas en el país del norte. Un familiar me recomendó un doctor que utiliza un método alternativo para curar la ruptura de ligamentos y meniscos.

Me lo explicó varias veces: "es un método donde el único riesgo es que se cure, pero se vuelva 100% volátil".

A mi lo que me importaba era que se me quitara este horroroso dolor. Los gases que me inyectó fueron: helio, neón, argón, kriptón, xenón, radón y un poquito de nitrógeno.

Providencialmente desapareció ese molesto dolor anquilosado por años. También me vendió tres carretes de hilo nailón de 4 kilómetros de largo cada uno. Abrió un carrete. Con cuidado le quitó el papel celofán que lo cubría y agarró una punta de toda la madeja y procedió a amarrármelo al cinturón. El otro extremo se lo dio a mi hija Eduardita que me acompañaba.

Ahora soy un globo viviente sin dolor en mis rodillas.



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sábado, 5 de diciembre de 2009

Castigo


Ahora que la vuelva a ver sí le voy a decir lo mucho que me gusta. Que la quiero. Que la voy a cuidar. No seré celoso de quien se le acerque. La próxima vez la reconquistaré con detalles que sé le agradarán.

Me he alterado muy feo últimamente. No la vuelvo a lastimar. No sé qué me pasó.

Allí viene el sacerdote y el verdugo. Creo que no escribiré más.



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viernes, 4 de diciembre de 2009

Truhán

Siempre he tenido la oscura fantasía de robarme las limosnas de la iglesia de la comunidad.

Una noche de domingo me decidí. Una vez que salió toda la gente de misa de siete, me colé hasta atrás del confesionario esperando el momento indicado para actuar. A punto de cometer mi fechoría, unas sombras en la oscuridad del recinto sagrado detuvieron mi afán antisocial.

Vi con tristeza que el sacristán se me había adelantado: se repartía el botín con el monaguillo.



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jueves, 3 de diciembre de 2009

Hambre

Un lobo aullaba sin cesar cada dos noches afuera de la casa, hubiera luna o no. Harto, decidí ponerle fin a sus molestas serenatas. Agarré el bebé de Micaela, la del 2 y se lo aventé por la ventana.

El lobo no volvió a hacer ruido otra vez.



laj

martes, 1 de diciembre de 2009

¡¡La Tierra Corre Peligro!!

Dicen que a la Martina le llegaban las chichis hasta el suelo. Todos los hombres del vecindario, jóvenes y viejos la tuvieron cuando menos una vez en la vida entre sus brazos. Ahora nadie sabe adonde se fue.

Sólo yo sabía su paradero actual y sus planes macabros. Me acostumbré a subir a la azotea por las noches y desde ahí veía vez tras vez show gratuito cortesía de la Martina. Desde ahí pude ver sus planes que cuidadosamente dibujaba en un pizarrón  una vez que salía de su casa su compañero en turno.

Esas trompas de oso hormiguero que salían de su pecho no eran senos. Eran unos brazos articulados para tomar muestras del DNA de los hombres con los que retozaba gustosa. Con el chupetito de al final recogía pedacitos de piel humana para sus nefastos fines. Se sabía que a ninguno le negaba nada. Era básicamente por cuestiones científicas.militares. En el día, uno se llegaba a encontrar filas a la puerta de su hogar.


Nunca envejecía y desde hace unos cinco años que llegó a la comunidad, nadie supo nunca de donde venía, quién era su familia, ni nada de nada.

Un buen día desapareció. Desde la Luna, esperaba tranquila el momento de regresar a la Tierra con sus miles y miles de súbditos selenitas a conquistar nuestro planeta, valiéndose del conocimiento genético de los seres humanos y, por lo tanto, de sus debilidades.

Era una hermosa diosa lunar y en las noches de Luna, desde la Tierra, se podía ver su figura divina de perfil, al lado de un conejo.

En la Luna no saben qué son las chichis.



laj


lunes, 30 de noviembre de 2009

En La Península


Hay gente que asegura haber visto un gorila de buen tamaño que atraviesa la carretera que va de Playa del Carmen a Tulúm. Se sabe que por estos lares aún hay monos arañas, tlacuaches, dragones de Komodo, monstruos de Gila, jabalíes, pequeños dinosaurios, pero lo más raro de todo: ¡gorilas!

Dentro de los manglares que abundan en la zona y enclavado en las montañas pegadas a la carretera, se halla el sitio exacto donde mucha gente asegura haber visto a este animal.

"Yo lo he visto", asegura Willie Po, habitante de esta zona. Dice que preferentemente , este mono atraviesa la carretera a medio día, cuando el sol está en su punto y cuando más calor hace. Unos piensan que es para que la gente que lo vea crea que es un espejismo.

Esta vialidad de trayecto recto a lo largo de 250 kilómetros, es un sitio de muchos accidentes, ya que cientos de conductores se quedan dormidos por lo monótono del camino y lo pesado que se hace manejar bajo los rayos del sol a temperaturas cercanas a los 40 grados centígrados.

"Sale con una bolsa de yute y atraviesa la carretera con suma precaución", dijo un nativo de ojos avispados que pidió el anonimato.

"Yo un día lo vi cruzando con un niño gorila llevándolo agarrado de su mano", dijo otro.

Todos a los que les pregunté coincidieron en señalar que regresaba siempre con la bolsa llena de cocos.

"Es un gorila de buen carácter e inofensivo con la gente que lo llega a encontrar", pensé convencido.

Supe también que cuando pasa del lado de las montañas, donde vive, a la playa, donde recoge los cocos de las palmeras, aprovecha para zambullirse un rato en las cálidas aguas del Caribe; y una que otra vez se le ha visto haciendo castillos de arena sin que nadie lo moleste.

Hay paseantes que le toman fotos de lejos, pero esto, mas que molestarle, como que le gusta; pues siempre que nota que va a ser fotografiado, sonríe lo mejor que puede. Sin secarse el agua del cuerpo, toma su bolsa de yute toda llena de cocos y procede a regresar a su hogar, del lado de los montes, ahí por los manglares.

Sólo come cocos y algunos frutos menores y se sabe que vive con una gorila hembra y un niño gorila, por lo que ella lo espera con afán para prepararles la comida a ambos.

Saben que la vida está difícil, por lo que hasta el momento sólo han tenido un pequeñuelo. Si las cosas mejoran en general, piensan aumentar su descendencia más adelante y hasta se cambiarían de casa. Buscarían una cueva con corrientes de aire y con agua natural-- un río, probablemente-- que les quede cerca.

El gobierno de la región está siempre pendiente de el bienestar de esta especie en extinción y hay dìas que del lado de las montañas pasan a dejarles costales con bayas, moras y cocos, para que este gorila no se arriesgue tanto cruzándose de un lado a otro a cada rato.

Se implementó un dispositivo de seguridad permanente desde hace meses, poniendo señales en la carretera que dicen "Cuidado Paso de Gorilas".



laj

domingo, 29 de noviembre de 2009

Grandeza

¡Ay, papá! ¡Mira qué chichotas!

El niñito de unos cinco años causó risas de la gente que esperaba con ansias entrar al teatro. Un mural con motivos aztecas dentro del mismo fue el responsable de la exclamación espontánea de este pequeño.

Una señora de corta estatura que andaba por ahí, al oír al chamaco, se tapó apresuradamente sus dos chiquitines bolillitos que crecían de su pecho.

Pero había una señora distraída formada en la fila de la taquilla, que creyó que el niño se dirigía específicamente a ella. Apenada por cargar con tremendos bultos de tamaño descomunal, se vio en la urgente necesidad de huir de ahí a toda velocidad.

Se salió de la fila, sin voltear para atrás corrió rauda y veloz. Se cruzó avenida Insurgentes y el Metrobús le dio un aventón.

Hoy se recupera en un hospital del sur de la ciudad por los golpes recibidos y de paso aprovechó para reducirse a tamaño minimosca semejante par de senos, para que la gente deje de meterse con ella.



laj

jueves, 26 de noviembre de 2009

Manjar


Supe de una receta para arañar el cielo. Riquísima, por cierto. La misma llegò a mis manos una tarde que visité una tienda de antigüedades y regalos. Husmeando entre las cosas más polvorientas del local, me percaté de un frasco como de cobre, cuyo contenido eran hojas y hojas de amarillento papel. Con cuidado tomé la hoja que más cuerpo tenía y la que pudo resistir ser agarrada sin maltratarla tanto.

Me la llevé por una irrisoria cantidad. Ya estando en casa preparé todo para llevar a cabo esto que a primera vista parecía ser una delicia. Y lo era.

Era de una simpleza aplastante. Al contenido había que aplicarle agua y una pizca de sal.

Había que licuarlo a la velocidad más baja y durante diez segundos para que no se deshiciera por completo la masa principal, producto de esta receta.

Era necesario que los intestinos, ojos, cabeza, ligamentos, músculos y huesos de los ocho cuyos gorditos, se apreciaran semi-enteros aun despùes de ser licuados, para seguir al pie de la letra la receta.

Al final se podìa agregar un poco de aceite de oliva para quitar un poco el sabor tan fuerte de la sangre, aderezando el platillo con unas seis almendras pasadas por mantequilla.


Nota Final: los cuyos deben tener entre dos y tres meses de nacidos. El agua debe ser embotellada.


laj

martes, 24 de noviembre de 2009

Mutis

¡Eres un monstruo!-- me gritó mi señora inesperadamente, temblándole la papada.

Con no poco enojo recogí mi abombada, grande y escamosa cola, llena de una masa gelatinosa indescriptible. Pesadamente me la enredé en la espalda y agobiado por el mal humor de mi mujer, salí corriendo de la casa en mis 247 huesudas y retorcidas pezuñas.



laj

sábado, 21 de noviembre de 2009

Pasta


Ayer recibí una invitación por correo a una cena-gala que se va a celebrar en Alemania, el último sábado de este mes, con motivo de mis sesenta años de actor.

Nunca, hasta este día, había recibido ningún tipo de reconocimiento. De nada.

Sé que las películas en las que participé no fueron lo exitosas que los productores y directores hubieran querido. Pero no le hace. Al fin había llegado mi momento. Sería nuevamente hermoso estar entre los reflectores, las actrices, la prensa, el olor a éxito.

Al llegar a Dusseldorf, Alemania; la gente de la producción y los patrocinadores fueron por mí al aeropuerto. La prensa me detuvo unos minutos y yo gustoso accedí a dar algunas entrevistas.

Era una noche helada, pero la calidez de la gente que me recibió, hizo que me olvidara del frío.

La noche siguiente era el evento. Los reconocimientos fueron para varios actores y actrices con trayectoria de cincuenta años y más. Primero cenamos unos riquísimos ravioles y langosta, acompañados con vino tinto del Rin. 

Esperé. Esperé.Y esperé. No escuché mi nombre y el evento ya había acabado. Ni siquiera como una mención especial. Nada. La gente se despidió y se retiró contenta. Me dio gusto ver a tanta luminaria con la que había trabajado alguna vez. El glamour del evento fue desapareciendo poco a poco junto con toda la gente que iba abandonando el lujoso lugar.

Ni hablar. Lo tomé con madurez. No quise pedir explicaciones y me fui. Encendí un cigarro. Lo fumé en la calle en el transcurso a mi hotel.

Sí. Tengo más de sesenta años de actor y he participado en películas con la gente que estuvo en el evento. No entiendo qué pudo haber ocurrido.

Hoy es una mitad de Ribotril y dos de Diazepam. ¿O una de Diazepam? ¿Cómo era?



laj

viernes, 20 de noviembre de 2009

Bebé

-- ¡Viejo, el bebé está llorando!
-- Ve tú; la vez pasada me arrancó dos dedos.
-- Está bien.

La mamá lo cargó, lo arrulló y lo depositó nuevamente en la cuna.
En el silencio sepulcral de la noche, el bebé se salió de la cuna con gran agilidad. Una vez que había probado carne humana ya no deseaba conocer otro tipo de alimento.

Se deslizó por debajo de las cobijas y devoró lentamente a su presa de los pies hacia la cabeza. Cuando iba royéndole el cuello, el papá despertó todo adolorido y espantado.

-- ¡Mujer! ¡Haz algo! ¡El bebé! ¡El bebé! ¡El...!

Los bebés han cambiado es estos tiempos. Ya no son como éramos nosotros. Con las hormonas con las que se alimentan las madres modernas, han alterado los cuadros genéticos y los comportamientos que antes se veían. Además, la leche materna también sufre de alteraciones, mismas que son transmitidas al nuevo ser.


El bebé se cenó al papá. Le dio un besito a su mami en la mejilla y con sonrisa triunfal de ambos, regresó a su cuna a dormir plácidamente. Sin culpa alguna.



laj


domingo, 15 de noviembre de 2009

Llegará el Día

--¿Papá, de qué están hechas las estrellas? Me preguntó un día mi hijo Jácome, de seis años. "No sé, hijito. Déjame ver el fut y vete a jugar", recuerdo que le contesté.

Entonces se me quedó viendo fijamente. Cerró sus ojos y con un gesto de denodado esfuerzo provocó que sus órbitas oculares salieran volando como dos proyectiles hacia donde yo estaba, viendo la escena atemorizado. Aventaba por sus cuencas chorros interminables de sangre. De sus oídos comenzaron a salir palomitas de maíz con mantequilla y por su nariz escurrían kilos y kilos de chícharos dulces.

Como poseído, se enfiló hacia la puerta y sin voltear la cabeza hacia atrás, se fue. Se elevó hacia el cielo buscando el horizonte.

Sí. Se había cumplido la última señal que anuncia el fin.



laj

jueves, 12 de noviembre de 2009

Un Duende

Un día me quedé trabajando hasta entrada la noche en mi oficina. Cansado y sin muchas ganas de seguir revisando mis correos en la compu, me levanté a servirme un vaso con agua. A esas horas se oía el agua correr por las tuberías, el sonido de la luz encendida, el que hacía el cpu de la computadora. Eran casi las dos de la mañana. En la calle se escuchaba el ladrido aislado de algún perro callejero.

Debo caminar cerca de veinte metros para llegar al dispensador de agua. Una vez que me serví mi segundo vaso, porque el primero me lo tomé ahí mismo, me regresé a mi escritorio, ya decidido a terminar.

Pensaba que una hora más sería suficiente para irme a casa. En esas estaba cuando vi un ratón atravesarse en mi camino. O eso creí, porque era un ratón vestido como ser humano. "Entonces, no es un ratón", pensé, cuando vi que se asomaba de abajo de un pedazo de alfombra el ser más pequeñito que mis ojos hayan visto. Era un ser del tamaño de medio dedo meñique, hombre, de unos treinta años, y vestido con un suéter con cuello de tortuga de tres colores; azul marino, negro y verde botella, y un pantalón de mezclilla. Se veía contento con su cuerpo y con su forma de ser. Con una seña me indicó que me agachara para decirme algo. La verdad no sentí miedo y me agaché para escuchar lo que tenía que decirme.

--Vivo aquí desde hace tres años y me he alimentado de pedazos de pizza y de pasteles que se les caen a los empleados cuando hacen comidas aquí adentro. no tengo nada contra los carbohidratos ni contra los empleados que me han dado de comer durante este tiempo, pero tú sabes que necesito mantener una alimentación equilibrada, porque al igual que tú, tengo que mantenerme sano para no adquirir enfemedades como osteoporosis o diabetes- dijo.

Hablaba como cualquier ser humano normal, con un ligero acento de americano del sur. Pareciera que hubiera vivido siempre entre nosotros. Me cayó bien. Era amigable el pequeñin.

Platicando más en corto, llegamos a un acuerdo: él trabajaría para mí, con la condición que no le dijera a nadie que él existía.

El, de hecho, nació dentro de una computadora hecha en Sillicon Valley, California, Estados Unidos. Un buen día, esa misma computadora la mandaron para México con él adentro. Fue un error, pero ya no pudo hacer nada este personaje. Eso fue hace como quince años y él ha estado viviendo de corporativo en corporativo y de oficina en oficina. Adonde quiera que mandan la computadora él está presente.

Con cierta pena, me confió que era un experimento de la NASA para arreglar todas las computadoras por dentro y con la inteligencia y forma humana que el caso requería. Era un secreto de estado, por eso sus transistores y circuitos internos le mandaban esconderse para no ser visto por la raza humana. Así como él, había miles en el país del norte. Habían sido diseñados para trabajar. Aun con esto, esta criaturita, poco a poco se iba pareciendo más a los humanos de verdad. Pensaba que era tiempo de ir buscando una compañera y de cuidar mejor su cuerpo.

El arrreglo fue sencillo: me pidió que lo alimentara después de la media noche con comida sana y él podía trabajar para mí. Le dije que en la empresa las contrataciones estaban cerradas y que de mi bolsillo podía pagarle muy poco. Me comentó que con la comida se sentiría pagado. No me pidió prestaciones ni seguro social. ¡Uf!.

Se colocaba sobre el teclado y yo empezaba a imaginarme lo que tenía que plasmarse en la pantalla de la compu. Automáticamente y como si el duendecito y yo estuvieramos conectados con bluetooth, comenzaba a saltar alegremente sobre las teclas a una velocidad vertiginosa. Escribía lo que yo estaba pensando. ¡Era una maravilla!

Mis trabajos y presentaciones me las hacía mi nuevo amigo.

Si no hubiera sido por su espíritu de aventurero que tenía hubiéramos durado más tiempo trabajando juntos. Se cansó que le diera de comer sólo ensaladitas-- "si no soy conejo", una vez me dijo-- y después no pedía, exigía que le consiguiera cualquier cantidad de sopes, huaraches, quesadillas, tamales, tlacoyos y todo lo grasoso, que tanto le gustaba. Se quedó muy mal acostumbrado a su anterior dieta. A mi me preocupaba su salud. Era ya un semi obeso.

Un día le platiqué que toda el área de sistemas de la empresa se iría a Cuernavaca por cuestiones de estrategia empresarial. Estoy seguro que hizo hasta lo imposible para colarse en alguna computadora e irse para allá. Estaba ya harto de la ciudad y el smog que tanto le dañaba sus circuitos. Y sobre todo de la alimentación. Ya no supe de él. Como a un hijo que se va, lo dejé ir sin derramar lágrimas. Allá la va a pasar mejor por el clima y la vida es más relajada. También hay toda clase de alimentos. Aunque no se despidió de mi, no le guardo rencor.

Nunca más supe de él. No supe cómo se llamaba.

Ahora, cada que enciendo la computadora y empiezo a escribir me acuerdo de él y su pequeña figura la imagino saltando de una tecla a otra.



laj







 

lunes, 9 de noviembre de 2009

Cortos II

La policía siguió mi rastro y me encontró cerca del lago del cerro, a un lado del cementerio, alimentándome de hierbas. De nada me sirvió huir a las montañas tratando de evadirme de la acción de la justicia. Fue inútil. Todos en la aldea saben que yo fui el culpable de embarazar a las seis "hijas" de don Ovidio.

Las camadas de becerros salieron todos igualitos a mí.




laj

El Jardín Florido

No. El jardín no era el mismo que yo vi. No era ese lugar cuidado y regado con amor. Había un cierto descuido. Un cierto envejecimiento muy explicable. Los perros también ya eran unos viejitos para su edad. Ladraban con suma dificultad y ya no imponían el respeto de antes.

Las enredaderas habían crecido para todos lados, sobre todo, habían escalado las paredes sin orden alguno. Las plantas de las macetas estaban marchitas y algunas, gracias a estar a la intemperie y alimentarse clandestinamente de agua de lluvia, habían permanecido creciendo y creciendo.

Había tristeza. Mucha tristeza. Porque con el paso del tiempo la basura del jardín se iba acumulando. Era un panorama desolador y ciertamente enfermo. El paisaje se descomponía con el paso de los días. Porque nada puede estar igual de fuerte y de bello con el cruel paso de las horas.

Los pajaritos que aún sobrevivían dentro de sus jaulas de varilla oxidada, comían el poco alpiste que aún había en el suelo de la misma.

Se respiraba un olor a soledad; a olvido. A pesar de las ganas de recuperar el jardín para volverlo a ver florido, como estuvo siempre, el mismo jardín se moría poco a poco. Ya no había forma de revivirlo, porque cuando ya no hay salud, ningún jardín, por bonito que haya sido puede ser como antes.

Olía a tristeza. A lamentos ahogados. A adiós.

Sólo había que esperar, no había otra solución. Esperar. El Jardín Florido dejaría de existir porque así estaba escrito en la historia de los jardines. Había que evitar llorar de tristeza. Si acaso, habría que llorar de alegría. Pues un jardín con tan buenos sentimientos, de tan buena memoria, de tan gratos recuerdos y de compañía infinita, no se puede olvidar. Muy al contrario. Todos quienes le conocimos le quisimos mucho. Disfrutamos cada momento a su lado. Supimos quererlo y él a nosotros. Y por eso, con el infinito e inacabable amor que siempre nos dio y porque sabíamos que ya estaba agonizando, sufriendo, quisimos que mejor estuviera bien; que ya no hubiera dolor en él; porque al padecer él lo hacíamos nosotros. Y quien sabe querer quiere que su parte amada no sufra, no llore, no padezca.
Y si ya lo ha hecho por un tiempo, es momento de rezar por él para que descanse en paz.


2004
laj


La Noche Larga

Le gustaba observar las estrellas todas las noches. Una vez que llegaba la noche no quería hacer otra cosa mas que subir a la azotea y contemplar la infinitud del cielo y el cintileo de las estrellas.

No le atraía ver la televisión, oir la radio y ni siquiera leer. Tenía la firme esperanza de que algún día,-- como le dijo su abuela cuando era pequeño -- sus padres regresarían por él y lo llevarían adonde ellos estaban.
El creía con fervor que lo que le había contado su abuela era verdad. Y así, noche tras noche, en sus ensoñaciones se imaginaba cómo serían sus padres; ya que ellos murieron siendo él un bebé. Su mamá; ¿sería alta, bonita? Su papá, ¿apuesto, inteligente?

Cientos de noches esperaba ese momento mágico y maravilloso que ellos llegaran por él. Se llenaba de ilusión y esperanza, nada ocurría y llegaba el amanecer, seguido de una infinita tristeza que lo hacían deprimirse y dormir la mayor parte del día, con un sólo objetivo en mente: esperar a que llegara la noche.

Conforme fue creciendo se fue volviendo un evasor de la realidad. No tenía amistades y sólo hablaba lo indispensable. Con el correr del tiempo era un fervoroso amante del cielo nocturno y todos sus secretos. El mismo inventaba sus propias historias en torno al negro universo. Se sumergía en toda su magnanimidad y belleza. Estudiaba las constelaciones. Aprendió a reconocerlas. Conjeturaba acerca de cómo serían sus padres; bajo qué forma se presentarían; cómo irían vestidos y cosas así.

Pero cuando nada pasaba en la noche en turno y el sol se asomaba, estallaba en amargo llanto debido a la decepción de la ilusión truncada. Una y otra vez, todos los días era lo mismo. Por la mañana y tarde se llenaba la cabeza de anhelos y ensoñaciones, para esperar la noche con gran afán. Y debido a todo ese fatigoso tren de vida, descuidaba su alimentación, su aspecto y a todo él. Y esto fue lo que acabó con su frágil cuerpo de adolescente.

Una noche de negrura profunda en la que la luna alumbraba con su tibia luz, se quedó mirando al infinito, sin gesto alguno, y poco a poco fue palideciendo hasta que sus pupilas se quedaron petrificadamente fijas.

Muy dentro de él vió cómo llegaban sus padres muy sonrientes, lo abrazaban, lo llenaban de besos y, por fin, después de tanto tiempo de espera, llevarlo con ellos, para ya jamás separarse y estar siempre juntos los tres.



laj

sábado, 7 de noviembre de 2009

Cuento Corto

Era de noche y dormía plácidamente. Un extraño regurgiteo oí en mi estómago. No habiendo cenado esa noche, me levanté de mi cómoda y calientita cama. Me metí a la cocina a prepararme un rico sandwich de algo que saciara esa hambre inmensa que sentía. Ocupado estaba buscando la mayonesa cuando ruidos
raros provenientes del refrigerador llamaron mi atención.

Cuando uno tiene hambre, el primer lugar que revisa, invariablemente es el refri. Al abrirlo sentí que se me caían los pants que llevaba puestos, debido a la repulsión que me causó ver todo aquello. Cientos, miles, tal vez millones de cucarachas iban y venían por todos los contornos del refrigerador, en un bacanal de suciedad y en una orgía de asco inmenso. Sintieron mi presencia, pero ni se inmutaron, las muy cínicas. Las dejé en paz y vi que de ahí no iba a obtener sino pura bazofia.

Buscando alguna otra alternativa me topé con un frasco de cajeta que tanto me gusta. Abrí la tapa y... ¡oh, sorpresa! Había más cucarachas que cajeta. Supuse que los insectos no iban a compartirla conmigo por la cara de enojo que pusieron. Así que también dejé que hicieran y deshicieran dentro del frasco.

Soporté el hambre gracias al asco y náuseas que sentí después de esta terrible experiencia. Me senté en el sofá a ver televisión. Era ya de madrugada. Súbitamente una cucaracha atravesó la sala haciéndome muecas de burla y sacándome la lengua. La correteé y estando a un paso de apachurrarla, me arrepentí, ya que me acordé que ellas eran más que yo, por lo que mejor la dejé vivir. La muy ingrata ni las gracias me dio de haberle perdonado la vida. Seguí viendo la tele y pronto entré en un estado de somnolencia casi total.

Mientras luchaba por no dormirme, encima de la televisión vi moviéndose en una interminable fila india, ejércitos de insectos cafés con antenas y seis patas, bastante repugnantes. Me veían fijamente y murmuraban algo en contra mía. No les hice caso y traté de ignorarlas volteando hacia otra parte. Justamente en ese momento caía del techo una cucaracha cachorro. Era macho, célibe e imberbe. Lo noté nomás le vi. Al caer al suelo con cara de espanto comenzó a correr, pero esta vez no me tenté el corazón para dejarle que probara la suela de mi zapato. Aún pude ver su cara de angustia y pavor congelado que refleja cualquier ser que está a un paso de la muerte. Al oprimir mi zapato contra su pequeña humanidad, emitió un crujido bastante sonoro y agradable. Sus dos pequeños ojos salieron volando y sus sesos quedaron regados en el suelo. Fue algo lindo.

Pronto cesó el ruido que hacían las cucarachas de la cocina, las que estaban en la cajeta, las que andaban de arriba para abajo de la casa y las de la tele. Estas últimas me veían de manera horrible. El ambiente se había vuelto cada vez más denso y pesado. Un nudo en la garganta me impedía respirar libremente. Quise apagar la tele y escapar, pero hasta el control remoto ya había sido tomado por las pequeñas asquerosas. Me levanté del sofá y al voltear la vista a él, éste estaba completamente tapizado de los bichos repugnantes, que cada vez eran más y más.

-- Supongo que están un poco enojadas por la muerte accidental de la cucaracha cachorro, ¿verdad?-- les dije con una voz quebrada e inaudible. Ellas ni me contestaron. Se limitaban a verme feo y a acercárseme cada vez más. Veía cada vez más lejana la ocasión para escapar, ya que las ventanas y la puerta principal estaban repletas de ellas.

Estaba de pie en el centro de la sala y las cucarachas hacían un círculo alrededor mío. Pensé en proponerles una tregua, pero apenas comencé a hablar, se aventaron contra mí. Tuve que saltar encima de muchas de ellas para tratar de escapar. Pisé a muchas, pero muchas más se hicieron para atrás y salvaron el pellejo. Me abalancé hacia la puerta a bayoneta calada; la lucha era cuerpo a cuerpo. Mientras unas me mordían, otras me arañaban y algunas más me escupían, yo trataba de llegar a la puerta principal.

Preso de un pánico espantoso sentí que me vencían; ya se me habían colgado por todo el cuerpo. De milagro logré abrir la puerta y al ver la calle, casi grito de felicidad al ver mi salvación tan cercana.

Mi gusto se esfumó cuando una de las cucarachas más robustas me zancadilló fuertemente y me hizo caer al suelo. La batalla era encarnizada. Caí boca abajo y sentí como entre el pantalón y mi pierna subían infinidad de ellas. Cerraron la puerta. Esta vez quise gritar. Gritar y llorar de ansiedad y desesperación, pero no pude.
Mi boca había sido paralizada de tanta cucaracha que a ella se había metido.

Ya no sentía la lengua, creo que me la habían devorado; ni tampoco oía ni veía. Las muy malvadas se habían apoderado de mis órganos sensoriales. Lo que me estaba sucediendo era algo infrahumano, fuera de toda imaginación enfermiza. Era abyecto, desesperante. Terrible.

Traté de levantarme, pero en la espalda sabía que más de un millón de ellas estaban ahí, mordiéndome, pegándome y devorándome; eran muy pesadas. El aliento poco a poco se me iba terminando.

Mi error había sido grande. Maté a una de ellas sabiendo que eran más que yo.

Por mis oídos entraban y ya las sentía en el cerebro, ¡¡dentro de mí!!

-- Esto no puede estar pasando. ¡Aaaaghh!

"De ahora en adelante no vuelvo a matar a nadie", logré aún pensar, mientras mis ojos se cerraban pesadamente.



laj































     

jueves, 5 de noviembre de 2009

Venganza

--¡Mañana juegan las Aguilas de visitante!-- dijo el novio enfebrecido por la atención que quería que le brindara Juanita, su novia.
Ella parecía francamente muy aburrida por la insulsa plática, que por cortesía, seguía con simulada atención.

Preso de una ardorosa pasión, siguió:-- ¡Y vas a ver, te apuesto lo que quieras que el siguiente partido que van a jugar contra los Titanes lo ganarán por goliza!-- acabó su comentario, con los ojos inyectados de emoción y una mirada clavada en el futuro; en el día del partido.

Juanita dejó de abrazarlo al ver que Julio, el hijo menor de Silvio el cartero, le dedicaba una mirada de puro deseo. "Guapo, joven, con plática interesante", pensó ella. Sin pensarlo mucho le escupió a la cara de su hasta entonces soso novio la mortal frase: ¡Hemos terminado! Prefiero a una persona que me platique de cualquier cosa, menos de futbol, ¡naco!--se justificó la joven prejuiciosa.

¡Sopas! La gente que pasaba cerca de tan desagradable escena gozaba con la cara desangelada y triste de Ramón. Gordas lágrimas de decepción recorrían su cachetona cara. Se secó los mocos con su playerita del América, viendo como su ex-novia corrió hacia su nuevo amor y abrazados se fueron juntitos caminando hacia la Alameda.

Ramón cambió de deporte. Ya no le gusta el futbol. Ahora juega golf y es un pertinaz competidor en todos los torneos a nivel nacional. En sus ratos de ocio se va a Valle de Bravo a surcar las calmadas aguas de la laguna en su velero "Justicia Divina".



laj






 

martes, 3 de noviembre de 2009

Saña


Nunca la había visto en ese plan. Se puso muy pesada. ¡Y cómo no iba a estar así! ¡Si se tomó dos botellas de mezcal con todo y gusano, ella solita! Vomitó. Lo hizo sin miramientos, una y otra vez. Su rostro enverdeció y sus ojos se hincharon espantosamente. Estaba semidesnuda, pero nada parecía importarle. Se desplomó. Se pegó en la nuca y luego comenzó a reír. Rió y rió sin parar. Su risa era nerviosa. Le pedí que se levantara, pero estaba briaguísima; sus ojos me lo decían. Enseguida contuvo el aire al máximo y le reventó el estómago, dejando ver sus vísceras por aquí y por allá. Yo la veía con repugnante asco. ¡Puaj! No soporté más y la pateé infinidad de veces. Después traté de armarla, pero me quedó un ser informe, sin pies ni cabeza. Agarré un pedazo de tabla que estaba a la vista y le pegué con la furia más espantosa que se tenga memoria. Cayó en miles de pedacitos y los revolví con la tierra de una maceta que estaba cerca, para que nunca se supiera otra vez de ella.  


laj

lunes, 2 de noviembre de 2009

Apocalipse

Había hambre, mucha hambre. Se olía en el aire el ruido de la necesidad de comer. Era un pueblo donde, las lluvias, las inundaciones y el mal tiempo habían acabado con las cosechas, plantaciones, huertas y todo tipo de alimentos. La gente estaba prácticamente encerrada en sus casas. El poblado más cercano estaba a tres días de distancia caminando. Había lodazal por todos lados y los dos volcanes que circundaban a su poblado, hacían erupción a cada rato y la lava estaba hecha ya roca, dejando tapadas los caminos de entrada y de salida de este infausto pueblo. La situación ya llevaba dos años así y no se había recibido ayuda de nadie. Ni siquiera se había visto pasar algún avión cerca del lugar. Estaban solos. Sabían que ya no recibirían nunca la ayuda de alguien. No había luz y las telecomunicaciones inservibles.

La gente se decidió a hacer lo que era necesario hacer. Ayudados por sus perros procedieron a buscar a todos los gatos de la comarca. La carne de los felinos era pellejuda y sin sabor, pero y qué; era carne. Después siguieron las ardillas, ratas, tuzas, ratoncitos y los insectos que aún se movieran en este pueblo de muerte. Como los accesorios de comida habían desaparecido y obviamente no había gas para cocinarlos, la idea a seguir era corretear al animalito hasta cansarlo, agarrarlo y así como se atrapara, meterlo a la boca para deleitarse con su poca carnita. La gente ya no tenía asco, ni náuseas. Era peor estar viviendo bajo el lodo. El miedo a los animales había desaparecido. El hambre era ya hambruna. La locura ya era parte de mucha gente que aún sobrevivía ahí. Más de la mitad, en el transcurso de los últimos dos años, habían muerto. Antes se enterraban y se les daba cristiana sepultura. Ahora no. Ya no. Cuerpo que morïa se repartía entre los más débiles y los de mayor edad. Ya no había autoridades en este sitio. Reinaba un orden trágico. Una cierta disciplina por guardar educación y valores hasta lo último.

Después de los gatos, los perros--que estaban bien gorditos-- fueron los siguientes en ser engullidos por los pobladores. Los nativos libraron desgarradoras batallas contra los carnosos canes. Era una guerra a matar o morir. Pero de todas todas, ganaron los humanos. Había gente que en el afán por comerse a los perros llegaban a sucumbir ante ellos en sus tremendas fauces.

Todos contra todos. Una vez que se acabaron los animales siguió la madre de todas las batallas. Los niños, enfermos y gente mayor, fueron los primeros en caer ante los más fuertes. Los aldeanos se correteaban entre sí. Al final sólo quedaron dos individuos hombres, entre 25 y treinta años.

Acordaron no volver a padecer hambre nunca más y si había que morir se morirían los dos juntos. Según recordaban y habían leído en un artículo de internet hacía años, el cuerpo humano es un caudal de nutrientes .
Se alternaron para irse comiendo uno al otro, poco a poco. Primero se sacaron los dientes. Se dejaron seis cada uno para poder comer de ahí en adelante. Los molían con piedras y se los comían como si fueran chamoy. Dicen que era muy bueno para no padecer osteoporosis. Después uno y luego el otro, se fueron arrancando los dedos de los pies. Ya no se podían levantar. Sabían lo que vendría. Cada pedazo de carne era una delicia; un manjar. Una caricia para sus estómagos maltratados de tanto padecer hambre. Ahora era abundante y hasta escogida. El ojo izquierdo; las dos orejas; pedazos iguales de mejilla y barba. Uno y otro un trozo de lengua. Tragaban cada bocado con la misma sangre a chorros que manaba de sus cuerpos despedazados. La debilidad por la pérdida de sangre la compensaban con las energías adquiridas por las mismas proteínas ingeridas.

Una pierna, la otra; el brazo izquierdo, la nariz. Uno y otro se nutrían con las partes del otro. El cabello, las pompas, los genitales. Todo. No había desperdicio.
Así se la pasaron dos semanas. Un riñón, un pulmón, el intestino delgado, los huesos, el bazo, el apéndice. ¡Mmm!
¡Era un festín!

Lo último fue el ojo derecho, el cerebro y rápidamente, el corazón. Lo hicieron rápido para que murieran mientras seguían comiendo.

Días despúés nuevos pobladores llegaron al lugar. Ya había paso. Lo único que quedaba del antiguo poblado eran estos dos glotones hechos una masa amorfa, aún con sangre escurriendo por todos lados y oliendo a desperdicio.

La autopsia reveló que estos dos sujetos estaban bien nutridos. Con la exacta cantidad de proteínas, vitaminas, minerales, y carbohidratos que requiere un ser humano.

"¿¡Cómo unas personas tan sanas pueden morirse!?" Fue el comentario de los nuevos lugareños.



laj















viernes, 30 de octubre de 2009

Sucedió en la Ciudad


-- ¡Súbete, infeliz!

El pobre y atolondrado Gumersindo no tenía alternativa. Se subió al coche que manejaba su leonina novia y guardó religioso silencio sin levantar la mirada.
-- ¡Ahora sí, cabroncito, me vas a explicar, ¿por qué, por qué y por qué me regalaste rosas rosas y no rojas, si ya sabes que las rosas rosas las detesto en extremo!?
Gumersindo, con un profundo pesar, intentó hablar: -- Er... er... cof,cof...yo...este...
-- ¡Háblame, carajo contigo! Ah, y ahora que recuerdo, quiero que me digas por qué me estuviste llamando el fin de semana anteriosr, si ya sabías que me fui a las playas de Cancún con el mamado de Eufrosino y sus amigos-- arremetió ella.

Pedra, al ver que su pusilánime y estúpido novio estaba a punto de soltar el llanto, lo instó a que le diera una buena razón de las preguntas que le había hecho.
-- ¡No te hagas, Gumer! --Y acto seguido la emprendió contra él a golpes, patadas, bofetadas y piquetes de ojos, al saber que podía protestar, ya que estaba siendo atacado e insultado sin causa aparente.
Gumer retiró con suavidad a su novia Pedra y procedió a hablar:
-- ¡Oyeme, remedo de vendedora de jitomates! ¿Qué crees que porque me ves flaquito, con lentes y muy nerd, por eso vas a abusar de mi paciencia?
Ya no pudo seguir hablando, pues de la frenética emoción por la que atravesaba, la voz le temblaba, un sudor frío apareció en su rostro y espalda, así como una lágrima titubeante se estremecía en uno de sus ojos color gris cielo.
-- ¿Cómo? ¿Cómo me dijiste? ¡Imbécil, idiota, estúpido! Pero ya me lo decía mi fina y educada mamá Dorita, "Ese tipo no te conviene. El sí fue a la escuela y tú no, hijita. Búscate un chofer o un carretonero, o alguien que vaya más con tu categoría de muchachita asirvientada.".

Gumer volteó a ver a su atribulada y esquizofrénica novia y notó que empezaba a hacer pucheros en el silencio oscuro del auto. Sin perder tiempo, dijo: -- ¡Aquí me bajo, nos vemos!
Pedra, con agilidad felina lo detuvo de la chamarra y lo jaló con inusitada fuerza, para seguirle pegando y descargando toda su fea neurosis.Sólo que al jalonearlo se lastimó una uña, y entonces sí lloró. Y lo hizo con unas ganas grandiosas, pues le dolía más la uña que el hecho de que su ratonil novio se estuviera defendiendo a capa y espada.

-- ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me haces sufrir así?. Se hizo un largo e incómodo silencio. Gumersindo, al ver llorar a moco tendido a Pedra, quiso hacer algo, ayudarla, abrazarla o besarla. Pero esa situación lo hizo volverse un hombre duro; un hombre a prueba de todo, y sólo se le quedó viendo con complaciente indulgencia.

Pedra rompió su mutismo:-- Ya me voy, bájate, pero nunca se me va a olvidar esto que me hiciste.
Gumersindo se bajó y antes de cerrar vio que su novia estaba hecha un mar de llanto y le espetó:-- ¡Ni a mi tampoco!
Se oyó un rechinido de llantas, el coche se alejó a toda velocidad y a dos semáforos de distancia, se le atravesó un árbol que pacíficamente reposaba en el camellón, quedando el auto y el cuerpo de Pedra completamente deshechos.
Gumer se tornó cabizbajo y meditabundo. Era un hombre de carácter recio. Encendió un cigarro, enarcó la ceja izquierda y se retiró del lugar, quedando emocionalmente dañado. Desde entonces no tiene novia.
 


laj

jueves, 29 de octubre de 2009

Inscripción en Roca

Juré que nunca contaría lo que a continuación relataré, pero un amargo sabor a culpabilidad me ha orillado a hacerlo. Y lo quiero difundir porque necesito que se enteren de una historia que ahora es leyenda, que no por eso es menos importante.

Al final del arcoiris, justo atrás del volcán más alto de la región, en una de tantas cavernas vivía una familia común, de clase media acomodada, que disfrutaba las bondades de vivir en plena comunión con la naturaleza. En esta familia había una pequeña cavernicolita de nombre Claudia, quien a pesar de sus escasos ocho años, ya correteaba osos y estrangulaba jabalíes con sus manitas, labor propia de todos los habitantes hombres del lugar.

Ella contaba con la admiración de los integrantes de la aldea y sonreía cuando se le adulaba, era muy feliz. Bueno, eso creían todos los aborígenes naturales del lugar y hasta su familia, pero nadie más que yo sabía de su gran secreto.que me confesó tiempo atrás. Quiso que no relatara su "tremenda pena", que yo no considero sino como una pequeñez infantil.

Con el transcurso del tiempo, cuando Claudia se ponía metas que no alcanzaba, se sumergía en una depresión intensa que curaba con sueño. ¡Sí! Como lo leyeron. La vida llegaba a tornarse tan difícil y poco llevadera, que sanaba sus ansiedades con pegar sus grandes ojos. Y cuando despertaba todo era fascinación y alegría., y en su sonrisa se notaba una grata sensación de comodidad con el mundo y con ella misma, salvo por un pequeño detalle que sólo yo, que sigo siendo el ser vivo más longevo en la comarca, pude darme cuenta aun antes que me lo contara.

Claudia lloraba con la mirada. Un largo lamento surgía de esos ojos desconfiados e inquisidores. Pero todo tiene un porqué en esta vida.

Como es natural, Claudia llegó a la edad en que dejó de pensar en cazar animales menos salvajes que ella y volteó la vista a su vecino de cueva, Ifigenio, hijo de su madre y de su padre, quien era un joven muy apuesto y buen partido para Claudia, la jovencita de las cavernas, terror de los osos y azote de los jabalíes. Pero como las cosas del amor son tan inexplicables como el mismo amor, Claudia e Ifigenio rompieron por una tontería: Ifi le ponía los cuernos con la mejor amiga de Claudia. Y así, sentida con las cosas del amor, se dedicaba a dormir para alejarse de la realidad para siempre, hasta que despertaba, claro.

Esto fue suficiente para dejar una huella indeleble en su recuerdo y en su grandiosa sensibilidad, que se transluce en sus grandes ojos que buscan sinceridad y no traiciones en la demás gente.

Se dice que lo malo del primer amor es que nos va a marcar para toda nuestra afortunada vida, para bien o para mal, pero nos marcará. Será un lastre que arrastraremos a la tumba o será un suspiro eterno que llevaremos albergando con suave ternura en lo más rojo de nuestro corazón.

Y Claudia reía a carcajadas y lloraba con una mirada digna de ser plasmada en una de las cuevas de nuestro poblado. Y con su mirada se acordaba del cariño devoto que le profesaba a su primer amor, que a pesar de todo, lo extrañaba y lo quería tal vez más ahora que al inicio de su efímera relación.

Hace mucho que no veo a Claudia, pero espero que nunca olvide que no conté lo que juré no le contaría a nadie, y de hecho, cumplí mi palabra. Pues no se lo conté verbalmente a nadie, sino que lo inscribí en el interior de una cueva cercana al volcán para que todos vieran este escrito y se enteraran de algo que de vergonzoso no tiene nada.


Inscrpción dejada en una cueva por el volcán
cerca de donde pasaban los tigres dientes de sable
Valle de México 


laj

La Gata Loca

La gata Mercedes tuvo severos problemas con las drogas. Su pasión era la marihuana, el thinner y sobre todo el cemento. Ni aun la leche le gustaba tanto como el mismo hecho de ponerse hasta atrás con los inhalantes. Era tremenda. Una vez puesta en el viaje nadie la detenía. Se colgaba de las cortinas, arañaba a los vecinos, se mordía la cola con rabiosa fuerza, atacaba a quien fuera al menor descuido. Era todo un caso de la vida real.

Una vez pasado el efecto de los enervantes volvía a la tranquila y normal paz a la que estaba habituada. Le ardía la garganta, le lloraban los ojos y la cabeza le dolía espantosamente. Su lengua reseca buscaba afanosamente algún líquido refrescante que le hiciera olvidar el amargo sabor de la droga.

Sus amos, cuando sabían que había vuelto a drogarse, le dejaban de hablar por algunos días hasta que se les pasaba el coraje. La gata Mercedes se llenaba de pesar, pero lo más jocoso es que no se arrepentía. Lo único que sentía era que le había fallado a sus dueños, puesto que una vez prometió solemnemente sobre la Biblia que no lo volvería a hacer.

Harta de la situación y viendo que las drogas eran su vida, y que aun sin el permiso de sus amos lo seguiría haciendo, la gata pensó en tirarse a las garras de los gatos y abandonarse a su suerte incierta. Su amo se dio cuenta de las cosas y de inmediato la llevó a un Centro de Readaptación Social para Gatas en Mal Estado Mental.

Pasaron los meses y la gata Mercedes salió como nueva de ahí, pero con una mirada de fastidio e infelicidad que no podía ocultar; así como una inquietante pérdida de peso y unas ojeras enormes.

Su vida siguió siendo normal en casa de sus amos. Todo parecía ser dicha y felicidad en ese hogar, cuando sorpresivamente, un día gris, de esos que el destino de vez en cuando nos envía, Mercedes apareció ahorcada en el cordón del cortinero. Tirada en el suelo había una nota aclaratoria que a la letra decía: "No se culpe a nadie de mi muerte, lo hice como hice todas las cosas en mi vida: porque quise. No me arrepíento, no lloren, no vale la pena. Quiero que sepan que siempre los quise y me encariñé mucho con ustedes, pero esto de las drogas fue más fuerte que yo. Adiós. Un beso a todas y arañazos y lenguetazos a todos. Mercedes, su Gata"

Se oyó un sollozo ahogado provocado por los ahí presentes y la casa se tornó gris, muy gris. Mercedes fue aventada de inmediato a los perros bravos de la señora gorda del 5, para que ya no sufriera-- si es que aún lo hacía --.

A treinta años de tu muerte, te recordamos como al ser que más hemos querido todos y cada uno de los miembros de esta familia. Te extrañamos. Reza por nosotros.



laj

domingo, 25 de octubre de 2009

El Profesor Logaritmo


El profesor Logaritmo acababa de despedir a sus alumnos y así concluía una jornada más de su larga y extenuante profesión, cuando escuchó gritos extraños que provenían del patio principal de la escuela. Con toda la curiosidad que a pesar de su avanzada edad aún conservaba, bajó apuradamente las escaleras y corrió al lugar donde provenían los alaridos. Al llegar al patio principal sólo observó al perro del conserje jugando con un trapo y a uno que otro estudiante rezagado que todavía no dejaba la escuela. Con un gesto de curiosa indiferencia y rascándose la cabeza regresó al salón por sus cosas. En el pasillo que daba a su salón lo estaban esperando unos raros seres de formas terribles, de caras descarnadas y cuerpos ensangrentados que se le abalanzaron amenazadoramente. El profe gritó a todo pulmón y nadie fue en su auxilio. Sus gritos rebotaban en las paredes de la escuela. Corrió hacia el otro lado del pasillo y como pudo se escondió en la bodega de intendencia. "Dios mío, ¿me estaré volviendo loco?",  se preguntó con sobrada razón mientras limpiaba sus gafas y tomaba aire con todas las fuerzas que un septuagenario tiene. Cuando hubo pasado el peligro el profe salió de la bodega con asombrosa cautela y nuevamente enfiló hacia su salón, mientras la suave luz lunar bañaba los salones y patios de la escuela. Una vez frente a la puerta del salón la abrió lento, muy lento y de un solo movimiento se introdujo a él. Apurado se dirigió al escritorio y recogió su portafolios y su gabardina y un silbido escalofríante le hizo saber que no era el único en el salón. Encendió la luz y vio que las cincuenta sillas del salón estaban ocupadas por seres extremadamente pequeños, espeluznantes y sangrantes, feos. Lo miraban amenazadores. El profe Logaritmo sintió que el suelo se le hundía y que algo grande en su garganta le impedía gritar. Un sudor frío paralizó su cuerpo, mientras los raros entes se levantaban de sus sillas para ir tras él. Sofocándose alcanzó la puerta y tirando gabardina y portafolios trató de huir como pudo. Una vez en el pasillo tropezó con un bote de basura, se recuperó y echó a correr nuevamente, hasta que un centenar de cabezas flotantes de estos descarnados seres le salieron al paso y se reían en su cara.

Fue todo lo que el profe pudo soportar y con su débil cuerpo se subió al barandal y se tiró desde el tercer piso hacia el rocoso suelo del patio menor. Entre sus ropas se hallaron ocho frascos de Prozac de 400 pastillas cada uno y una anforita de ron de caña, casi vacía.

Los días siguientes al funesto hecho, las autoridades escolares decidieron incrementar las colegiaturas de la escuela. La noticia de la muerte del atribulado docente había dado la vuelta al planeta y el colegio era mundialmente famoso.




laj


Un Relato

Viendo las esculturas traídas desde Europa en la sala principal del Museo de Arte Post Modernista Cubista, me sucedió algo inusitado, increíble.

Absorto me encontraba contemplando la estatua de mármol de un hombre joven de proporciones griegas, cuyo título era el de "Nachito el Machito", cuando sentí un suave murmullo en mi oído, seguido de un aroma de mujer único. Con toda la desconfianza que el suceso me provocó, volteé lentamente sin pensar siquiera lo que mis ojos iban a ver: la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida. De cabello rizado y castaño, ojos azul-verdoso, con un brillo excepcional en ellos y una figura de ensueño.

Sus senos grandes, turgentes, se asomaban por entre la sedosa blusa blanca que intentaba cubrirlos; sus caderas resaltaban por debajo de una falda negra entallada, que hacía lucir intensamente su cuerpo de diosa.

Ahí estaba frente a mí sonriendo de un modo angelical y con un aire de picardía que me entusiasmó conocerla. Me habló en alemán, supongo, y luego en francés. No le entendí. Le pregunté que si hablaba inglés, no me entendió. Me alcé de hombros y reí divertido, mientras ella dibujaba en una tarjeta en blanco una casa y dos muñequitos, un hombre y una mujer besándose. No quise echar a volar mi violenta imaginación, pero eso me sonaba a una abierta y franca declaración. Hizo un movimiento con su dedo índice y la seguí.. Salimos del museo y tomamos un taxi. En un español malísimo combinado con algo de francés, le dijo al chofer que nos llevara al hotel donde se hospedaba. En el camino intercambiábamos miradas de complicidad y reíamos, aunque no hubiéramos cruzado algún diálogo por corto que fuera.

En el cuarto del elegante hotel, lo primero que hizo después de cerrar la puerta tras de sí fue desnudarse apresuradamente y meterse a la cama. Sin entender muy bien seguí su juego e hice lo mismo. Fue algo formidable. Acariciar su exquisito cuerpo, deleitarme haciendo el amor, fascinado de estar con ella, tan linda, tan única. Toda la noche gocé como nunca lo había hecho en mis más de cuarenta años de existencia. Fue una velada delirante.

Al despertar oí que el agua de la regadera caía y caía. Después de quince minutos me alarmé al escuchar el mismo ruido monótono del agua cayendo sobre el suelo del baño. Al asomarme vi lo que sospechaba: no había nadie. Dejó abierta las llaves del baño para distraer mi atención, pero, ¿por qué? La respuesta la obtuve casi de inmediato cuando vi a través de la ventana cómo una nave gigantesca tendía una escalerilla por la cual subía la desconocida con una gran sonrisa en la cara.

¿Cuál habrá sido el motivo de su raro proceder? No sé, pensé mil cosas y de inmediato corrí a verme al espejo y descubrí que inoculó en mí algunas características espaciales, como un par de antenas de plástico y una larga cola de ratón que hasta la fecha no puedo hacer desaparecer.


laj







Desconsideración

Bajé despavorido las escaleras y al alcanzar la calle volteé  hacia la ventana de tu departamento. Ahí seguías haciendo muecas y ademanes descompuestos. Amenazaste con aventarte al suelo si no te hacía caso. Te grité que todo había acabado entre los dos. Y terca, como siempre fuiste, te dejaste caer desde tu ventana en el piso 18. Ahí venías a toda velocidad por el aire con cara de susto y sin una sola prenda que cubriera tu cuerpo. En tu vertiginosa caída libre arrancaste dos antenas de tv, tiraste una maceta y una jaula de pericos voladores.

¡Cock!, se oyó de repente y todo en un instante acabó.

¡Qué bárbara! No te alcanzó el tiempo ni la vida para darte cuenta de qué modo ensuciaste el suelo y el dinero que tuve que desembolsar para pagar las dos antenas que tiraste y a los pobres pericos voladores que se murieron del susto.

Calidad

Apuró el último sorbo de su bebida. Debió de haber sido de lo más barato y corriente a juzgar por las caras que hizo. Tiró su última carta con los ojos caídos y las cejas sin moverse un milímetro. "¡Flor imperial!", gritó el que la hacía de tallador. Los invitados a la mesa y los contendientes aplaudían y felicitaban al ganador.

Al estar recogiendo su dinero, un fulminante dolor de hígado lo llevó al suelo, muerto.

Se dice que en este bar no toda la bebida es buena.


laj

sábado, 24 de octubre de 2009

Una Muñeca

Cuenta una añeja leyenda de tiempos de la Colonia que una muñeca se escapó de la llamada Isla de las Muñecas, cerca del Canal de Xochimilco. La situación no tendría nada de peculiar si no fuera porque hace menos de una semana se le vio paseando por un centro comercial del norte de la ciudad. Desparpajadamente, como si el tiempo no hubiera pasado, la muñeca --se dice-- era exactamente igual que hace años. Se sabe que en los muñecos el tiempo pasa de diferente forma, pero aún con esto, no dejaba de ser extraño.

Un vigilante de dicho centro comercial la vio escogiendo cepillos para el cabello en el departamento de belleza. Su sorpresa fue tal, que se le creyó demente al solicitar ayuda por su radio, antes que cayera desmayado por la impresión.

Cronistas y biógrafos de la ciudad saben que esta monita es conocida como La Maffys. Ni siquiera ellos pudieron saber su verdadero nombre hurgando en su árbol genealógico. Sólo averiguaron su alias. Saben que desde entonces esta Maffys es rebelde por naturaleza. Fuma hierba, asalta camiones y dicen sus allegados que nunca, pero nunca usa chones. Estuvo presa por intento de homicidio dos veces. Ambas ocasiones atentó contra la vida de Chapete, muñeco de gran prosapia y elegantes maneras, que por poco sucumbe ante las embestidas envidiosas de esta muñeca loquita.

Ahora sobrevive de robar cosas en centros comerciales. Por su estatura no han podido echarle el guante. La policía ha calculado, según estudios concienzudos que en unos 45 años podrán tenerla tras las rejas.

La comunidad aplaude tanta determinación y valor de nuestras autoridades.



laj

Egoísmo


Abandonado a tu suerte volviste a pensar que la vida te debía rendir tributo por un equivocado y egoísta sentimiento de grandeza que nunca llegaste a comprender. Solo, pensando qué fue lo que dejaste de hacer aun habiéndolo deseado y qué fue lo poco o nada que hiciste en tu vida. Así, llorando quedo para que nadie te viera ni escuchara, quisiste reunir toda tu miseria de existencia que siempre fue eso: una basura interminable de caídas sin levantadas, de fracasos sin éxitos, de una mediocridad aplastante que reflejó toda tu personalidad y esencia en tus actos, en tu conducta ajena a todos, en tus resultados, en tus ojos distantes y permanentemente ausentes, en tu encorvada figura que buscaba refugio en el suelo para evitar a los demás. Al mundo que tanto te lastimaba , a la gente que no entendía los conceptos que guardabas de la vida, a la gente que se mofaba de ti y a toda aquello que obstaculizaba tu felicidad.

Y ahora, sin más ni más te avientas a las vías del metro provocando desorden, congestionamientos y molestias a la gente que sólo quiere llegar a tiempo al trabajo sin complicaciones.

¿Se te hace eso una gracia?


laj

viernes, 23 de octubre de 2009

Concierto Para Dos


Volteé por última vez a verte y al fin nuestras miradas se encontraron. Un vuelco dio mi abatido corazón al ver que te habías percatado de mi presencia. Apreté los dientes esperando a que tomaras la iniciativa. Tú, impasible, me atravesaste con una mirada de inigualable desdén. Te levantaste de tu butaca y saliste de la sala. Sufrí lo indecible al saber que no era de tu más mínimo agrado. El Director de la orquesta se dio cuenta de nuestro involuntario espectáculo y detuvo la música para carcajearse de mi poca suerte. Me señaló con la batuta y en un segundo todos los miembros de la orquesta reían descaradamente.

Tragué saliva varias veces y decidí salir de la sala para que tocaran para ellos mismos. El Director, entonces, soltó un despavorido grito que retumbó en la mismísima bóveda celeste, al saber que mientras él dirigía a su orquesta, no habría público en la sala que los escuchara.


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El Gas

Te rodaste de la cama con sensual habilidad y quedaste justo de espalda a mí. Te contemplé cuán bella eras. Tus hombros, tu espalda blanca, tus piernas torneadas y tu cabello largo y suave me orillaron a acercarme. Con ternura te abracé y después te comencé a besar, en el preciso instante que un trueno sonoro hirió el adorable silencio de la habitación, seguido de un infame olor a frijoles pozoleros

-- ¡Vete!-- te dije, indignado.
-- ¡Fue sin querer!-- dijiste, asustada y apenada.
-- ¡Lárgate!-- repetí con furia indecible.
-- ¡No lo vuelvo a hacer! ¡Se me salió!-- proferiste, con lágrimas en los ojos.
-- ¡Cochina!
-- ¡Perdóname!-- snif.
-- ¡No! ¡¡¡Mil veces te he dicho que los frijoles se me antojan cada vez que los huelo y ya sabes el daño que me hacen!!!


laj



  

Los Tacos de Jamón

Era un día común, como cualquier otro. Iba caminando por una de las calles de la enturbiada capital. Caminaba y caminaba, cuando de repente, sentí unas inmensas ganas de volver el estómago, la cabeza me daba vueltas y la vista se me empezó a nublar. Sentía que el tiempo había dejado de avanzar, como si las aves hubieran dejado de cantar, como si yo no fuera yo. No sentía el suelo y, sin embargo, aún estaba de pie. Mi cuerpo languideció junto con mis piernas, desplomándome en el acto.

Al recuperar la conciencia me vi rodeado de unos raros seres de inmensos ojos rojos, de una delgadez extrema, con cabeza alargada y pelos en toda la cara. Estos entes me miraban feo, cosa que me asustó y temeroso les pregunté: --¿Quiénes son ustedes? ¿En dónde estoy? ¿De qué caverna de las profundidades de la Tierra vienen? ¿De qué cochambrosa coladera han salido?-- les dejé claro que tenía algunas dudas.

El ser más alto y el que parecía ser el jefe de todos dio un paso al frente y dijo: -- Tú no nos conoces, pero nosotros te conocemos a ti más de lo que imaginas.

Los miré dubitativamente, sentía una escalada de miedo que poco a poco se iba convirtiendo en pánico, no atinaba a creer lo que me había dicho ese feo ser.

Sin dejarme articular palabra alguna, el horroroso engendro continuó: --Sí, nosotros somos esos seres microscópicos nocivos que vivimos contigo. Somos todos los parásitos, virus, bichos y bacterias que radicamos en tu lombricienta barriga, repleta de suciedad y no sé cuantas porquerías más que comes-- me explicó muy dueño de la situación.

Casi conmocionado, agregué: --Entonces...¡Estoy en mi propio estómago!, exclamé más sorprendido que aterrado.
-- Sí, contestaron ellos con voz cavernosa.
-- ¿Y cómo puedo salir de aquí? ¿Qué debo hacer?-- pregunté, ya sumamente angustiado.   
Al acabar de decir la última palabra, se me abalanzaron gritando, enardecidos y excitados. -- Es que... ¡eres nuestro alimento! ¡Te estamos empezando a devorar! Es que... ¡acabas de morir!

La piel se me enchinó, mis dientes castañeteaban y mis rodillas temblaban sin cesar. En ese momento no podía pensar, no sabía qué hacer. No sabía si enfrentarme a esos raros seres o huir. Opté por lo segundo.
Corría y corría con todas mis fuerzas y con todas las ganas de no ser alcanzado. No quería quedarme a averiguar las temibles intenciones de esos seres diabólicos.

Muy pronto encontré en mi loca carrera un túnel oscuro y lúgubre y decidí meterme por ahí. Era un camino angosto, con un camino bastante estrecho y de superficie muy lodosa. Cada zancada que daba se me hundían las piernas hasta las rodillas, pero eso no era obstáculo que no pudiera librar para seguir huyendo de esa turba de demonios modernos que me correteaban . Me pisaban los talones, ya los sentía muy cerca de mí. Percibía sus respiraciones super agitadas en mis orejas. A lo lejos del túnel pude divisar una luz salvadora. Vi cercana mi salvación, apreté el paso y corrí como nunca en mi vida había corrido. En todo ese ansioso momento pude notar que había vientos cruzados y remolinos violentos por todos los lugares que confluían en el túnel oscuro.

Al llegar donde estaba la luz, pude ver que era el fin del camino. Sintiendo un fuerte rasguño en la espalda, me aventé hacia el cruel vacío dando un salto felino. Caía y caía dando vueltas por el aire. Todo era confusión. Por la vertiginosa velocidad a la que caía, no podía abrir los ojos y así, no sabía en qué iría a caer. En fracción de segundos sentí un fuerte y húmedo golpe en todo mi cuerpo. Al abrir los ojos me di cuenta que estaba sumergido en aguas turbias y nauseabundas. Nadé hacia arriba y haciendo un gran esfuerzo pude alcanzar la superficie. Al llegar a ella, divisé dos grandes troncos de tremendas dimensiones, de consistencia pastosa y de un olor particular y sumamente desagradable. Me trepé como pude a uno de ellos y al estar justo encima de él, éste se desbarató y volví a caer al agua, quedando justamente abajo de un pedazote del tronco que se acababa de deshacer. En ese mismo instante, los seres de los que huía hasta hacía algún rato, estaban aventándose desde el final del túnel y caían a discreción por todos lados. Hacía esfuerzos sobrehumanos por salir del enredo en el que estaba, pero el trozo era tan grande que no hallaba la forma de llegar nuevamente a la superficie. Los entes malévolos nadaban en dirección a mí. Sentía una espantosa angustia y desesperación. No podía aguantar más la respiración, todo se comenzó a ensombrecer, mi corazón latía terriblemente aprisa, creí que era el fin.

Me levanté de la cama y me fui a dar un paseo por el parque para olvidar el angustioso sueño que acababa de tener. Estoy seguro que este mal sueño fue provocado por los tacos de trompa con jamón que me comí la noche anterior, ahí afuera del metro Balderas.


laj




  







 












 








 

La Guajo

Había una pandilla en la colonia que desapareció gracias a que su jefe pereció en una situación muy extraña. Eran muy malos y despiadados. No perdonaban cuando se decidían hacer daño a alguien. Se cuenta que el "Pelé", cabecilla de la banda, dejaba corazones rotos por los barrios donde andaba haciendo de las suyas.

Pues bien, la "Guajo", mesera en un establecimiento de comidas corridas de primera calidad, fue la principal sospechosa en la curiosa muerte de este indeseable ser.

Se dice que el  "Pelé", fue a comer a la fonda "Susy" con dos de sus secuaces. Días antes, el "Pelé" le había prometido el cielo y las estrellas a la "Guajo", y ella, ingenua, le creyó y le abrió las puertas de su corazón. Este sujeto le mintió, como a las demás y después ya ni se acordaba de ella.

La "Guajo", apócope de guajolota, mujer de gruesos encantos, despechada, se volvió peligrosa y urdió una venganza tan cruel como perfecta.

Sabiendo que al "Pelé" le gustaba comer rico y barato, sospechaba que regresaría. Y como fue. Ese día fue el último que vio el sol este truhán. La gruesa mesera les sirvió sopita de fideos calientita; arroz con un huevo estrellado y un mortal bistec de rodilla de gorila. La carne estaba tan, pero tan dura, que el "Pelé" y sus secuaces, al hincar el diente en el guisado, más de tres piezas dentales de cada uno se fusionaron con el bocado, provocando una dolorosa y lenta asfixia en los tres malandrines. Al ir cayendo al suelo todavía quisieron decirle algo a la "Guajo", pero sólo se le quedaron viendo feo y se desplomaron al piso, muertos.

La "Guajo" fue encerrada por triple homicidio. Se sabe que en pocas horas saldrá de la cárcel. Sólo le dieron seis días y tuvo que pagar una multa de quince pesos por los gastos de la policía al trasladarse a la fonda "Susy", en metrobús.



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Hubo Una Vez

Hubo una vez un sueño dentro de mí que gritaba y quería llegar al mundo de la realidad, a toda la velocidad que fuera necesaria utilizar. Quería hacerse tangible, ser real. Ya no quería pertenecer al mundo de las sombras, de lo etéreo. Sentía que podía beber del agua de tu vida, formar parte de algo de ti, quería ser visto por tus ojos y necesitaba que lo aceptaras.

Hubo una vez un sueño que quería salir al mundo de los vivos y deseaba enterarte de su presencia. Era un sueño guardado con celo, cautivo por la ansiedad de conocer a alguien como tú. Era un sueño inquieto, agobiado por la soledad, perseguido por la tristeza.

Hubo una vez un sueño que necesitaba sentir ternura , oir palabras de aliento, tenerte entre sus brazos y murmurarte "Te Amo". Saber que estaba viviendo , sentir el tibio roce de tu cuerpo y dejarse querer por él.

Y ese sueño que una vez existió se fue apagando poco a poco, al no verte ni tenerte cerca.

Hubo una vez un sueño que quiso ser realidad y no pudo.

El Amor lo hubiera vuelto vivo, tangible, real. Tu Amor.

Pero ese sueño murió y no existe más.

Hubo una vez un sueño...



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Un Rico Desayuno

"¡Unos ricos huevos revueltos con jamón!" --grité, decidiendo lo que iba en ese momento a desayunar.
Desmenucé a conciencia el embutido y mentalmente ya me estaba saboreando mi dulce manjar. Salivaba. "¡Mmm, qué rico!".
El sartén estaba adecuadamente dispuesto para ser utilizado, con su aceite brincando aquí y allá.
Vacié los trocitos de jamón y enseguida agarré dos huevos del refrigerador. Estos eran un poco más grande que los habituales.

Tengo un amigo que tiene una granja allá por Querétaro y un día antes había ido a la casa y me regaló una caja de huevo fresco, diciéndome que eran riquísimos, que me iban a encantar y que las gallinas eran alimentadas con granos importados de una isla cerca de Oceanía.  

¡Ahhh!, qué olor tan sabroso al partir el primer huevo contra el filo de la estufa.
Sentí que mi cara hizo un gesto de asco inmenso al notar lo que mis ojos veían. Un alarido ahogado de susto y de sorpresa se quedaron en mi garganta. Con cuidado retiré mis manos después de haber vaciado el contenido del blanquillo y me hice para atrás instintivamente.

Una especie como de feto de pequeña ave, que no era pollo, un pato, quizás; con sus ojos inyectados de sangre y venas moradas atravesándolos; con una especie de alas, con deditos humanoides sin desarrollar; un pico como de tucán apenas naciendo; orejas redondeadas como de cualquier humano, llenas de vellosidades; así como unos impresionantemente largos colmillos que salían de su pico, pero hacia arriba; acompañados de una maligna mirada , amenazante, se me quedaba mirando con ganas de atacar, no obstante que estaba empezando a freírse. 

Al ir cayendo al sartén había ido extendiéndose unos veinte centímetros. Este horrendo ser empezaba a morirse, encima del aceite y del jamón, una vez que pude subir la flama de la estufa al máximo.

Fueron sólo unos segundos. Con un gesto de derrota cerró sus feos ojos y descansó en paz, teniéndome a ní como testigo de los hechos y asesino, a la vez.

Aguantándome todo lo mal que me sentía y al haber presenciado el nacimiento y muerte de esta extrañeza de la vida, decidí echarlo en una bolsa de plástico y corrí a tirarlo a un depósito de basura que se encuentra a unas cuadras de la casa. Le pedí ayuda a un vecino para poder ir a dejar la caja de huevos en el mismo sitio donde quedaría el engendro embolsado. Traté de no darle explicaciones, aunque me preguntaba cada diez segundos por qué la tiraba. Su curiosidad quedó saciada cuando le dije que olían mal y que el primer blanquillo que ocupé había salido con gusanos.

En la semana siguiente supe por medio de vecinos que muchos perros, gatos y hasta ratas, habían encontrado la muerte al ir a alimentarse al basurero.
Por internet primero, y luego por el periódico que habitualmente compro, me informé que había pequeñas islas que estaban desapareciendo con todo y gente en el área de Oceanía. Algo raro pasaba.

También supe que mi amigo de Querétaro desapareció con toda su familia y todos sus animales de la granja, sin dejar rastro. Nunca volví a saber de ellos.

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Un Profesor de la Secun

Mi profesor de historia de la secundaria era mi más grande referente que tenía en mi adolescencia. Sabía que si estudiaba mucho podía llegar a dar clase tan padre como él.

Sabino, se llamaba. No sé si la etimología de su nombre tenía algo que ver con toda la sabiduría que nos compartía, pero sospecho que sí. Los conocimientos que nos transmitía eran inacabables. Su mirada, siempre fija, me indicaba que sufría cuando notaba que no le entendíamos o cuando le contestábamos mal.
Cuando le respondíamos acertadamente era una gran felicidad en todo el salón. Sus ojos pardos se tornaban en una mirada de gratitud inconmensurable. Una sonrisa infantil hacía que su rostro, joven aún, transmitiera una energía positiva muy padre. Era un buen ser humano. ¡Yo quería ser como él! Era mi grito de batalla cada que salía de su clase y platicaba con mis compañeros de grupo.

En la secun no era tan importante para mí el señor dinero. No sabía lo que ganaban los profesores. De todas formas fue para mi un gran ídolo. Hasta la semana pasada, que después de muchos años lo volvi a ver, manejando un microbús y en su radio sonaba la "Fantasía Para Piano, Coro y Orquesta" de Beethoven.

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Cortos 1

-- ¡Qué baile la Roñas! -- se oyó desde el fondo del oscuro antro que apenas estaba empezando a ambientarse.
Inesperadamente la pista de baile se pobló de jovencitas grotescas, sudorosas y gordas. Entre ellas intercambiaban miradas como reconociendo que todas eran dignas de estar ahí, bailando solas, sin pareja.

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